sábado, 13 de diciembre de 2014

Especial Navidad: "El usurpador de mentes".

En estas navidades reedito la publicación de mi relato más exitoso a nivel de webs de relatos de terror, además de haber sido emitido en su momento por una emisora de radio cántabra. Digamos que es lo que más se salva de la mugre que escribo.
Por cierto felices fiestas y que se pasen cuanto antes, además de la estupideces esas de una buena entrada de mierda de año 2015.





Fuiste tú. Eres el asesino. El responsable de su muerte - me susurró una voz en el interior de mi cabeza.
Estaba paralizado. Quieto. De pie en la antesala de la entrada a aquel callejón angosto y estrecho sin salida final. Delante de mí estaba aquella persona. Vestía un amplio gabán marrón oscuro de aspecto pulcro y limpio. Parecía casi de estreno. La prenda le cubría hasta las pantorrillas de los pantalones. Sobre su cabeza, una especie de sombrero de ala ancha. Estaba lloviendo. Jarreando con fuerza. No me fijaba en los rasgos de su rostro. No podía fijarme en nada. Estaba inmóvil en cuerpo y espíritu. En palabra y pensamiento.
Aquella entidad me habló de nuevo.
Sujeta esto. Lo necesitas para justificar tu participación en los hechos. Has matado a una muchacha. Le has abierto la garganta para verter su sangre. Una sangre que yo necesito. Y que me llevo. Ya no me verás más. Eso espero por tu bien. Ellos te juzgarán. Te culparán de mi hazaña. No te entenderán. Aborrecerán tu actitud. Te pudrirás en la cárcel por mí. Eso en el mejor de los casos. Eres mi escudo. Otro tanto de cientos que tengo por el mundo. Gracias a la cantidad, mi existencia sigue vigente.
La figura se apartó de mi campo de visión.
Desapareció de mi vista.
La lluvia me cegaba.
Al poco pude recuperar los sentidos de nuevo y aprecié lo que me había dejado entre los dedos de la mano. Un feroz estilete de acero. De aspecto ancestral. Perteneciente a una cultura de siglos atrás.
El filo estaba sucio de sangre fresca. Al igual que parte del mango. Las gotas de la lluvia diluían su contenido sobre la manga de mi chaqueta. Desesperado, lo dejé caer sobre el suelo encharcado. Alcé el rostro protegiéndolo con la palma de la otra mano para así entrever el final del callejón. Unas piernas desnudas surgían desde detrás de un contenedor de basura. Los pies relucían del brillo de la sangre recogida en un amplio charco. Se suponía que aquella persona estaba muerta.
Asesinada vilmente.
Su futuro quedó truncado por mi instinto homicida.
Yo era un criminal sin remordimientos.
Una brutal bestia que ansiaba la muerte ajena.
Todo esto lo comprendí en escasos segundos.
Mi mente me había jugado una mala pasada.
Dándome cuenta que corría un grave riesgo permaneciendo cerca de mi víctima, eché a correr.
Me di a la fuga sin un rumbo fijo. Simplemente corría todo cuanto mis piernas me permitían.
¡Dios Santo! El asesino del estilete ha matado a una chica - escuché detrás de mi conforme me alejaba de aquel callejón.
Quise ganar metros, pero fue inútil.
La gente se arremolinó en mis cercanías. Se me relacionó con los hechos por la manga de mi chaqueta impregnada en sangre. Se inició una persecución por las calles adyacentes. La calzada estaba compuesta de adoquines. El suelo estaba deslizante por la humedad. Me resbalé y caí de bruces. Cuando quise incorporarme, ya era demasiado tarde. Fui agarrado y zarandeado.
¡Criminal! ¡Pagarás todos tus abusos con tu propia vida!
Recibí golpes y escupitajos. Alguien facilitó una soga y fui atado con los brazos sobre los costados. Luego otra soga con su final en forma de lazo con un nudo corredizo fue lanzada por su extremo alrededor del soporte de la luz de una farola de hierro. Quise evitar que me pasaran el lazo por el cuello, pero fue imposible.
Yo era responsable de mis delitos.
Por ello se pusieron a tirar de la cuerda.
Mis pies perdieron contacto con el suelo.
El nudo se apretó contra mi nuez.
Me resistí como pude, pataleando en el vacío.
La turba reía y me vilipendiaba.
Estaba claro que deseaban mi muerte.
Tanto como yo deseaba la de los demás.


Los segundos finales pasaron con una lentitud exasperante.
En el fondo de mi ser estaba plenamente convencido de ser una alimaña sin escrúpulos.
Un asesino de mujeres jóvenes.
Hasta que, estando ya a punto de morir ahorcado, contemplé entre el grupo de justicieros a la figura conocida del gabán. Mi mente dejó de estar nublada.
"¡Soy del todo inocente!", quise proclamar sin demora, pero la cuerda estaba ya demasiada ceñida y de mis labios amoratados no surgió ni siquiera la primera sílaba de la frase.
Lo tenía claro en ese instante.
Yo era en verdad un ciudadano normal y honesto.
Sin embargo iba a morir ahorcado como un vulgar perro callejero, observando como últimos detalles de mi ingrata realidad al verdadero rostro de mis pesares.
¡Así se trata a los cerdos! - gritó una voz estridente sobre las del resto del grupo.
Era la entonación del auténtico asesino.
Este me sonrió con ironía.
Sería lo último que me quedaba por ver en vida.
El sucio regodeo del causante de dos muertes esa misma tarde.
La de la muchacha y la mía propia.

martes, 11 de noviembre de 2014

Arlequín

Sujetaba cuidadosamente la aguja de hueso de paloma entre el pulgar y el índice de su mano derecha, mientras con la izquierda asía el traje formado por cuadros y rombos, remiendos de otras prendas usadas y deterioradas. Por ello tanto el pantalón como la chaqueta eran muy coloridos, de diversos tonos. El hilo trazaba costuras irregulares. De vez en cuando se pinchaba las yemas de los dedos con la afilada punta de la aguja. Cuando eso sucedía, gritaba irritado, sumamente enfadado, maldecía y soltaba imprecaciones a la soledad que le rodeaba en el sótano húmedo y frío de la casa que fuera de sus amos, ya fallecidos y enterrados. Ellos habían sido sastres, de cierta reputación entre la clase media de la localidad. Silecio y Dalmacia fueron quienes le enseñaron la manera en que podía confeccionarse su propia ropa. Lo único humanitario y destacable que habían hecho por él, pues en lo demás había sido despreciado y maltratado como si fuera un vulgar esclavo. Mal alimentando. Con un salario insignificante.
Continuó con la creación del traje. Lo hacía con más apremio del necesario. El anterior que había lucido hasta entonces estaba descosido por varias partes, desgarrado por la pechera e impregnado de sangre. La sangre de sus amos.


Pasaron las horas. Cuando estaba a punto de despuntar el alba, tuvo la vestimenta terminada. Ansioso, se vistió con ella. Estuvo bastante acertado en las medidas y rió con gusto. Buscó su sombrero de tela clara con la cola de un zorro adornándolo, se ciñó el cinturón negro con un palo que pendía como si fuera una espada y recogió una media máscara negra con facciones demoníacas con el cual se recubrió el rostro. Una vez convenientemente ataviado, abandonó el lóbrego sótano subiendo por las escaleras hasta el piso bajo. La tienda tenía los ventanales con unas lonas tupidas tapando las vidrieras. Varios maniquís estaban tirados por el suelo, acompañando a los cristales hechos añicos de los espejos de los probadores. Las manchas de sangre ya estaban viscosas en el suelo formado por tablas de madera sin barnizar. Por fuera de la puerta de entrada al establecimiento estaba colgando del pomo el letrero que informaba que estaba cerrado al público. Era sábado. Si transcurría el día con normalidad, tendría dos jornadas para dedicarse a su papel, al ser el domingo día festivo. Tranquilizado por el silencio absoluto que imperaba en el interior de la sombría tienda, se tendió en el suelo, encima de la ropa diseminada, y confiando en que nadie iba a molestarle en todo el día, se abandonó a un sueño profundo y reparador.



El guardia imperial estaba cumpliendo su ronda nocturna por las callejuelas estrechas de la villa, cuando vio el personaje estrafalario asomando de una esquina. Lucía una indumentaria mal cosida, formada a base de múltiples remiendos, con una pernera más corta que la otra. La chaqueta tenía una caída desigual por los faldones. Sobre la cabeza llevaba un gorro con una sucia cola de zorro. El rostro permanecía medio oculto por una máscara con adornos en forma de cuerno. Y al lado de su costado derecho, colgando del cinturón, un largo palo con la punta roma.
Los labios de la persona disfrazada de tal guisa esbozaron una sonrisa, enseñando los dientes.
El militar tardó en darle el alto. Le impresionó sobremanera observar que la mayoría de las piezas dentales eran puntiagudas.
- ¿Qué hace usted merodeando a estas horas de la madrugada? Hay toque de queda. - le advirtió el guardia.
Aquel personaje se rió por lo bajo y de repente dio unos brincos de medio lado, acercándosele.
Cuando lo tuvo al lado, vio como desenvainó el palo.
- ¿Qué hace? ¿Busca que le atraviese con mi espada? - dijo el guardia sumamente serio.
El movimiento que realizó aquella persona con el palo le sorprendió de tal forma, que le dio la ilusión óptica de ser atravesado a la altura del corazón por la punta del madero. La luz desprendida en oblicuo sobre ambos reflejó sobre la pared del fondo la sombra del palo hincado en su cuerpo. Y cuando sintió una fuerte punzada de dolor en el pecho acompañado de una debilidad súbita, supo consternado que aquél palo estaba ejerciendo presión como una espada de acero. Sus piernas fueron vencidas por su peso, cayendo de rodillas sobre el empedrado de la callejuela. En un sutil instante, el Arlequín rasgó el aire con su palo, sesgándole la cabeza con la precisión de un experto maestro de esgrima. Una vez decapitado, el resto del cuerpo del guardia imperial se derrumbó en el suelo, cerca de las puntillas de los pies del eficaz atacante nocturno.
Arlequín sonrió con satisfacción indisimulada. Se puso a danzar de manera irreverente alrededor de la cabeza y el cuerpo del militar, glorificando su insensatez con una euforia desmesurada.
Pasado un rato, dejó el cadáver abandonado en la calle y se marchó por el mismo lugar por el que vino.



Las ventanas de las casas estaban sin cerrar. Esa noche hacía mucho calor, y los postigos estaban abiertos de par en par.
En el dormitorio de un niño llamado Antonio, un personaje se adentró por la ventana y se quedó quieto en cuclillas al lado de la cama del pequeño. Este tendría poco más de siete años.
El halo de la luna se dispersaba entre penachos de nubes, colándose por el hueco de la ventana, iluminando tenuemente el lecho donde dormía Antonio.
Arlequín alargaba hacia arriba las comisuras de los labios, mostrando su dentadura afilada, sonriente. Feliz de estar al lado del niño. En un momento dado, la punta de su palo rozó el suelo emitiendo un sonido brusco que despertó a Antonio. El muchachito se sorprendió al ver aquella persona situada al lado de la cama.
- Hola - le dijo Arlequín.
El niño se sobresaltó, apartándose del borde de la cama.
- papá... papá... - dijo, asustado.
- Quietecito... Si vuelves a hablar, te ensartaré con la punta de mi espada - gruñó Arlequín.
- ¡Antonio! ¿Te ocurre algo, hijo? - llegó la voz del padre del chiquillo.
El visitante se alzó cuan largo era. La puerta del dormitorio quedó entornada hacia adentro, con la mano del padre de Antonio aferrada al pomo. Desvió su mirada hacia la silueta vestida con un traje repleto de triángulos de diversos colores.
- ¿Quién es usted? ¿Qué hace en el dormitorio de mi hijo?
El extraño hizo una rápida reverencia descubriéndose la cabeza. En cuanto se colocó el sombrero sobre la misma, extrajo el palo de la funda de su cinturón.
- Luchemos. Tendrás una espada.
- Si.
- Pues ve a por ella. No me causa emoción matarte estando desarmado.
Lo dijo asomando la punta de su lengua blanquecina entre las dos hileras de sus dientes afilados.
El padre de Antonio echó a correr. Transcurridos unos segundos, regresó armado con su espada.
- En guardia - le animó Arlequín.
Ninguno de los dos eran expertos espadachines. El asaltante del atuendo llamativo se abalanzó sin miramientos hacia el cuerpo de su oponente, haciendo entrechocar la madera de su arma contra la espada del padre del niño, quien se defendía del ímpetu atacante de Arlequín a duras penas. Para su asomo, el palo le partió su arma por la mitad.
- Imposible - siseó el hombre, incrédulo.
- Pero cierto - le replicó Arlequín, atravesándole de lado a lado con su peculiar arma.
- ¡Papá! - lloró Antonio al ver como Arlequín mataba a su padre.
- Antonio - dijo este en un hilo de voz, derribando un mueble conforme perdía toda la estabilidad del cuerpo. En cuanto llegó al suelo, ya estaba muerto.
- Así se culmina un duelo con sangre- dijo Arlequín, feliz.
Dio unas cabriolas y se colocó al lado de la cama. Antonio estaba gimiendo y sorbiéndose los mocos, impresionado por la muerte de su padre.
- Calla. No llores. Es la noche del dolor. No conviene malgastar lágrimas por un hecho consumado - le dijo Arlequín.
- Has matado a mi padre...
- Y qué.
Se subió sobre la cama, colocándose de rodillas, y como si tuviera una capa que los cubriera a ambos, se situó sobre el niño, acercándole el rostro al suyo.
- Tengo que enseñarte algo, Antonio - se presentó. - Soy Arlequín. Visto así por obra y gracia de mis amos. Estos necesitaban alguien que hiciera mucho por ellos. Así que hace muchos, muchos años fueron a ver a mis padres, y a cambio de unas cuantas monedas me compraron como siervo suyo. Eran crueles y tacaños. Me golpeaban a todas horas y me obligaban a realizar tareas desagradables y muy penosas. Un día traté de huir, pero me cogieron. Estuve una semana encerrado en un sótano, desnudo y encadenado a la pared, muerto de hambre y de frío. Pero lo peor estuvo por llegar. Para evitar que volviese a intentar escapar, esculpieron mi rostro. Me lo cambiaron. De esa manera no se me ocurriría querer mostrarme ante los demás habitantes del pueblo. En eso tenían toda la razón del mundo. ¿Cómo querría yo por aquel entonces compartir mi rostro con los demás?
Arlequín miró fijamente al niño. Luego se quitó la máscara que cubría la parte superior de su rostro. Ante el horror de Antonio se le presentaron unos ojos inyectados en sangre encajados en las cuencas de una calavera viviente. Pues desde los pómulos hasta la frente, aquella persona tenía el hueso a la vista, con ausencia total de músculos faciales, tejidos blandos y la piel que debiera recubrirlo en su conjunto.
- Pero ahora estoy dispuesto a mostrarme. Mis amos ya no existen.
 > Pues quien ha de temer a Arlequín, eres tú y el resto del vecindario. Quienes vivís de día y dormís de noche - dijo aquella criatura, antes de arrancar una nueva vida.
Segundos después, cuando eludía de un salto el alféizar de la ventana para alcanzar la calle, la iluminación débil y mortecina reflejada por la luna remarcó su dentadura puntiaguda cubierta de sangre fresca.
Era su noche.
La de Arlequín.
Un ser débil, que ahora era fuerte.
Un ser acomplejado, que ahora se regodeaba de todos aquellos que no lo habían considerado como uno de sus semejantes.

domingo, 12 de octubre de 2014

El error de Bertelok

Bertelok era un demonio menor de la discordia. Su objetivo principal consistía en sembrar el caos y la incertidumbre en el discurrir de las andanzas de los seres mortales. Amén de recolectar almas para el fuego eterno. Su diferencia con el resto de los miembros del inframundo pecaminoso era una habilidad singular que le permitía adoptar una figura normal con apariencia humana, sin necesidad de tener que poseer un cuerpo verdadero.
Bertelok vestía llamativos ropajes , similares a los de un trovador, e incluso con la ayuda de ciertos silbidos conseguía atraer la atención de quienes le contemplaban. Pero aún a pesar de ser un demonio, se encontraba fuera de su hábitat natural, y debía de comportarse con cierta cautela para no ser descubierto. Pues si alguien adivinaba su lugar de procedencia, perdería su disfraz, debiendo de regresar con presteza a la seguridad de las mazmorras inferiores, donde el contenido de las calderas con ácidos bullentes era removido constantemente para ser aplicado sobre los cuerpos de los condenados. Una vez allí, sería castigado con tareas humillantes por el pleno fracaso de la misión, habida cuenta que se le permitía la salida al plano terrenal condicionada con la recolección de un número indeterminado de almas que contribuyeran al incremento de la población habida en el averno.
Bertelok, llevado esta vez por su extrema cautela, recurrió a la forma más sencilla de cosechar almas cándidas. Decidió visitar una aldea pequeña e inhóspita, de unos cien habitantes, ubicada en las cercanías de un terreno de difícil acceso por hallarse enclavado en la ladera empinada y escarpada de una colina rodeada por vegetación agreste muy tupida. Le costó sortear las plantas silvestres y los matorrales por su condición humana. Cuando alcanzó la entrada al insignificante poblado encontró cuanto ansiaba. Los hombres estaban ausentes por sus tareas y únicamente estaban las mujeres con los niños pequeños y los ancianos que apenas podían caminar erguidos por el supremo peso de los años.
Bertelok se acercó a una señora y le hizo una ridícula reverencia. Acto seguido la miró a los ojos, y sin musitar ni media sílaba, la convino a que le siguiese. Ella obedeció con docilidad, eso sí, andando muy despacio y arrastrando los pies. Así fue visitando cada choza y cada rincón de sitio tan miserable. Su capacidad de hechizar a la población femenina de la localidad hizo que congregase a treinta y siete mujeres en edad de aún poder mantener descendencia en lo que pudiera considerarse la plaza principal del pueblo. No tenía intención de reclutar a los habitantes enfermos, ni mayores ni de corta edad.
Bertelok las miraba medio satisfecho. Su lengua se deslizó por los labios con cierta lujuria, aunque no le estaba permitido mantener relaciones con la especie humana. Para ello, antes tendría que ascender en el rango del inframundo. Aunque cuando esto sucediese, sin duda escogería algo más decente.
Las mujeres permanecían quietas de pie, con la vista perdida como si estuvieran con los pensamientos congelados. Los brazos colgando a los costados. Las piernas estaban algo descoordinadas. Sus mejillas pálidas, como si evitasen el contacto del sol diurno. Algunas mantenían las mandíbulas desencajadas, mostrando una dentadura imperfecta.
Era su instante de gloria personal. Bertelok pronunció una única frase en un idioma desconocido para las aldeanas. Una recia neblina fue rodeándolas y cuando a los pocos segundos quedó dispersada, todas habían desaparecido camino al infierno.



Transcurrieron algunas horas. Los hombres del lugar fueron llegando poco a poco, con la ropa destrozada y colgándoles en harapos y la piel hinchada y recubierta de arañazos profundos. Se incorporaron a la vida propia de la aldea sin en ningún momento extrañarse de no hallar a ninguna de las mujeres. Tan sólo estaban las personas más ancianas y los niños en la localidad. Caminaban sin rumbo fijo, tropezándose los unos con los otros. A veces perdían algún miembro. Otras veces gruñían y se enzarzaban en alguna pelea que conseguiría empeorar su pésimo estado externo. Pasaban horas y horas. No descansaban en todo el día y continuaban durante la noche desangelada. Vagando de un lado para otro. Abandonando el pueblo, recorriendo las cercanías, sin poder ir más allá de las lindes por la espesura de la vegetación que les rodeaba, manteniéndoles apartados de la civilización.
En el pasado cercano fueron gente normal y sana, hasta que por causa de una extraña enfermedad o contagio, habían dejado de ser seres vivos, para limitarse a los movimientos inconexos de los muertos vivientes.
Pues ese había sido el grave error de Bertelok, y que sin duda le supondría una reprimenda de lo más severa, ya que aquellas mujeres que se había llevado consigo estaban desprovistas de toda vida, y sus almas hacía muchos días que emigraron a un lugar mucho más acogedor que el averno.

jueves, 2 de octubre de 2014

El gusano

Era un impulso desconocido que le asaltaba cuando menos se lo esperaba. Repentinamente su mente se ponía en blanco. Su cuerpo se paralizaba, hasta recostarse en el suelo. Seguidamente juntaba los brazos contra los costados. Otro tanto las piernas. Y con un esfuerzo ímprobo se desplazaba reptando, causando estupor en quienes le rodeaban…



- Me llamo Patricia Limms.
- Tu nombre familiar. Con el que sientes confianza entre los tuyos.
- Patty.
- Bien, Patty. Tienes treinta años. Trabajas de administrativa en una empresa de seguridad.
- Si.
- ¿Estás satisfecha con tu lugar de trabajo?
- Si.
- ¿Te llevas bien con tus superiores?
- Si.
- ¿Cómo dirías que es tu relación con el resto de tus compañeros?
- Neutro.
- No tienes mucha afinidad con ellos.
- Me limito a mi trabajo. No me pagan por hacerme amiga de los demás empleados.
- Estás soltera.
- Si.
- Y eres hija única.
- Si.
- Háblame de tus padres.
- Ambos están muertos.
- Profundiza un poco más, quieres.
- Mi madre murió cuando yo tenía cinco años. De cáncer de mama. Era maligno. Mi padre falleció el año pasado, de un ataque de miocardio. Tenía sobrepeso y la presión muy alta. A pesar de mis advertencias, no se cuidaba en lo relativo a la dieta ni en la práctica activa de ejercicio físico.
- Bien, Patty. Veo que llevas una vida algo solitaria.
- Se puede considerar así.
- Pero tendrás alguna persona que forme parte de tu círculo de amistades.
- Las tengo contadas.
- Bueno, a veces es mejor tener pocos amigos, pero que sean fieles y de confianza.
- Da lo mismo. Siempre terminarán traicionándote.
- No se puede ser tan negativa, Patty.
- El ser humano es nocivo. Somos descendientes de bestias, y como tales, buscamos el beneficio propio, en menoscabo del resto. Si yo triunfo, qué más da lo que les suceda al resto.
- Es una opinión muy personal, Patty.  Demasiado egoísta por tu parte, si me permites mi simple punto de vista.
- ¿Sabe lo que le digo?
- No, Patty.
- Que ya estoy harta de esta sesión de hipnosis. Es más, le he estado siguiendo el juego para servirme de usted.
- Cómo.
- Fíjese en mis ojos. Usted será lo que yo desee que sea. En el momento que yo lo estime oportuno. Las veces que yo quiera que lo sea usted al día. Delante de sus conocidos. Y de gente ajena a su entorno.
“Usted será mi gusano.
“Una lombriz enorme que se arrastrará sobre su estómago…


Aquella sensación de desasosiego...
La obsesión por avanzar centímetro a centímetro. 
De manera trabajosa. 
Sudando como un cerdo. 
Reptando como un animal invertebrado, blando, alargado, contráctil y sin extremidades, conforme los compañeros de profesión observaban su insólito comportamiento en la convención de psicoanalistas de Boston.
En aquel instante era un mero gusano...
Huyendo de la sensación de ser pisoteado por la suela de un zapato gigantesco.

martes, 30 de septiembre de 2014

Balada del Paladín Sanguinario

Espada empañada de sangre.
Muéstrame el camino hacia la destrucción.
Vivir es sinónimo del sufrimiento,
más mi instinto primigenio me pide sobrevivir
al amparo del dolor de los demás.
Pertrechado en mi armadura desgastada,
marcho a pie sobre el terreno con pisadas pesadas y pausadas,
pues hace tiempo que mi cabalgadura ha muerto,
inclinada ante el peso de mí implacable destino.
Recorro senderos de locura,
entrelazados hasta formar nudos 
donde la cordura queda atascada e inmovilizada.
Mi aliento gélido surge de mis labios agrietados,
atraviesan las hendiduras de mi yelmo
y se desvanecen en la quietud de la noche.
El frío del invierno demuestra lo liviana que es la protección que utilizo,
al igual que el calor del verano persiste en la inconveniencia de su uso.
Es mi marcha.
La marcha del dolor que inflijo a la normalidad que rodea a las personas.
Pues una vez que desenvaino la espada,
sesgando vidas sin reparar en la importancia de las mismas,
el sosiego es sustituido por el espanto,
gritos,
aullidos,
lloros,
súplicas,
gemidos.
Todo ello conforma la antesala del silencio.
Cuando todo queda transformado en la nada,
guardo mi arma
y con cada lámina que conforma mi armadura recubierta de fresca sangre,
abandono las tierras de los caídos ante el irrefrenable frenesí de mi ira irreprimible,
marchando al encuentro de nuevas almas
que contente a mi señora,
la  Dama de la Muerte.

domingo, 24 de agosto de 2014

Tristeza infinita

No soporto la ausencia de mis seres queridos…
Nada cambiará mi pesar. El camino tiene un recorrido final ineludible.
Recogeré mis enseres y lo recorreré hasta llegar al límite de la linde.
Luego...

Entregaré mi alma a quienquiera recibirla.

jueves, 22 de mayo de 2014

Cosas de críos

Cronología de los hechos:
Arboleda de robles conocida por “La Ratonera”, situada a milla y media de la población rural de Palo Largo (California – 3755 habitantes).
Los menores de edad, Jade Thomas, de 11 años, Pedro Ramírez, de 12 y Elsa Hamings, de 9, estaban disfrutando de un rato de ocio en el citado robledal. Hacia las 11:22 horas de la mañana, mientras jugaban al escondite, Jade Thomas alertó a sus compañeros de un hallazgo.
Oculto entre matorrales, encontraron una cabeza de un hombre joven en relativo buen estado aún a pesar de faltarle el resto del cuerpo.
Consternados en un principio por el significado del horrendo descubrimiento, los chiquillos, liderados por Pedro Ramírez, decidieron quedarse con la cabeza cercenada. Fueron a casa de Elsa Hamings por bolsas de plástico de basura, y con premura, para las doce y media decidieron guardar tan particular trofeo en un lugar seguro, conocido por ellos tres.
Se juramentaron por no decirle a nadie nada sobre el asunto.
Pedro había convencido a Jade y Elsa que podían presumir de ser piratas, y que esa cabeza, pasadas unas semanas, sería su calavera de la suerte.
Cosas de niños.

Cronología de los hechos:
Dentro de dos noches tocaba luna llena. Era la fecha indicada para la ofrenda.
Con cierta anticipación, desmembró el cuerpo de aquel joven de veinte pocos años, y cargándolo sobre la espalda dentro de un saco, se alejó de aquella arboleda, presto para conservar los restos dentro de la cámara frigorífica de la bajera de su casa hasta tanto llegara tan significativa fecha.
Al llegar a casa, fue cuando se dio de cuenta que había perdido la cabeza de aquel sacrificio humano. Se puso sumamente nervioso. Mordisqueó con fiereza sus propios nudillos hasta dejarlos despellejados y sangrantes. Cuando el dolor le hizo de entrar en razón, decidió retornar hasta el lugar de los hechos, donde la víctima fue abatida por la enorme fuerza de sus manos.
Al llegar a la arboleda, vio de lejos a dos niñas y un mocoso saliendo de la linde hacia la pradera, acarreando algo dentro de una bolsa de basura negra.
Cuando apreció el ligero reguero de sangre que iban dejando por la fina hierba, supo que la cabeza era el extraño bulto inmerso en el interior del plástico.
Se chupó los nudillos con fruición. Decidió seguir a los tres menores con la mayor discreción posible.

Cronología de los hechos:
El matrimonio Ramírez llegó a casa antes de anochecer. Estacionaron el coche en el garaje particular. Al instante, Lucinda Ramírez se fijó en el detalle de la ventana frontal de la cocina. Estaba destrozada, con las cortinas oscilando en un vaivén arbitrario por la corriente que discurría por el hueco del marco.
Arturo Ramírez accedió visiblemente alterado al interior por la entrada principal. Recorrieron las dependencias, encontrándose con los cuerpos de tres niños. Se hallaban diseminados por el linóleo del suelo de la cocina. Reconocieron a su propio hijo entre los restos.
Lucinda gritó aterrada. Perdió el conocimiento por la fuerte impresión.
Arturo Ramírez se arrojó de rodillas ante su Pedrito.
Entonces se fijó en el oscuro rincón cercano al horno.  Sentado sobre una silla, un extraño permanecía observándole en silencio.
Separó los labios, enfurecido por la presencia del asesino de los niños.
Se alzó, recorriendo el firme resbaladizo del suelo empapado de la fresca sangre emergida del interior de Pedrito, Elsa y Jade.
El intruso se incorporó a su vez, y con acertada precisión hincó un cuchillo de carnicero en el pecho de Arturo, matándole en el acto.
Rodeó el cadáver del hombre, acercándose hacia la figura desvanecida de la mujer. Se agachó, tiró de su cabeza por los largos cabellos y le abrió la garganta con una precisión definitivamente mortal.
Arrojó el cuchillo sin preocuparse por las huellas en él dejadas.
Recogió la bolsa de basura situada encima de la mesa y se alejó de la casa empleando amplias zancadas.

Cronología de los hechos:
La túnica de seda negra le llegaba hasta los tobillos. Sobre la cabeza llevaba subida la capucha.
Con paso resuelto, se dirigió hacia el pequeño altar dispuesto en el ático de su hogar.
Estaba satisfecho.
El cuerpo desmembrado de la ofrenda estaba esparcido en trozos sobre el mantel purpúreo.
En un sitio destacado, la cabeza recuperada.
Rodeándola, algunas partes adicionales de la familia Ramírez y de los chiquillos.
Cerró los ojos y relajó la respiración, entrando en trance, musitando una letanía pecaminosa…



"Come little children" (with lyrics)

domingo, 4 de mayo de 2014

El Híbrido Nocturno (relato en audio)

Detroit en caída libre (o el escenario de una película postapocalíptica)

En realidad es usual en un país como Estados Unidos. Zonas habitadas en torno a una economía emergente de lo más boyante. Cuando por motivos de agotamiento (carrera del oro, carbón, etc) esas poblaciones quedan abandonadas, convirtiéndose en las habituales ciudades fantasmas del oeste. Lo más llamativo es que en esta ocasión hablamos de una ciudad ya asentada en décadas pasadas, que en su pleno apogeo con 1890000 habitantes se ha pasado a apenas contar en la actualidad con 700000. El motivo, la excesiva dependencia de su producción automotriz. Con la pérdida de ventas por la enorme competencia en el sector, los habitantes se vieron forzados a la búsqueda de empleo en los estados vecinos. La Capital del Motor estadounidense quedó tocada de muerte. Ahora la que fuera ciudad bulliciosa es una metrópoli con amplias zonas abandonadas, en franca decadencia, en ruinas, como si de verdad hubiera sido afectada por un cataclismo militar de una guerra brutal. Se incrementa su inseguridad ciudadana con infinidad de incendios y con la tasa de delincuencia y asesinatos más alto del país entre 1960 y 1990. En el año 2013 el gobernador declaró la ciudad en bancarrota, con una cifra de desempleo que superara el cincuenta por ciento... Ahora Detroit es un escenario natural para las grandes producciones de zombies. 































miércoles, 2 de abril de 2014

La presencia

Mishimara miraba fijamente al enorme baúl de hierro ubicado en el centro del cuarto. Estaba sellado a cal y canto, asegurado para tal efecto con un candado.
Por las juntas de la tapa con el resto del conjunto rezumaba cierto líquido grumoso rojizo. Algunos hilillos se iban desplazando por los costados del baúl, sin alcanzar aún el límite de contacto con el suelo de hormigón.
Mishimara no permanecía distraído. No podía.
La tentación podía surgir en cualquier instante.
Aquel objeto podría servirle de protección momentánea.
Aún así...
Se miró los brazos, tensos y con las venas en relieve.
Su frente estaba perlada de gotas de sudor frío y viscoso.
Sus cabellos apelmazados sobre las sienes.
Toda su indumentaria destrozada, con su anatomía estigmatizada con hematomas y cicatrices recientes.
El dolor irradiaba cada ramificación de su sistema nervioso.
Aún así procuraba evitar manifestar su malestar físico y anímico.
Aquello que albergaba el baúl tenía que presentir su entereza. Su encomiable decisión en vencerlo.
Mishimara tomó descanso en una silla ordinaria de madera. La habitación tan sólo constaba de los dos muebles mencionados y de un sucio jergón tirado de mala manera sobre el frío y sucio suelo.
La puerta...
Estaba cerrada, con tablas claveteadas al otro lado, impidiéndole salir de ahí.
Era por su bien, y por el de los demás de la familia.
Ante todo, tenía que evitar que la maldad encontrara un nuevo hogar donde aposentarse.
Si no la vencía, sucumbiría a su inercia destructiva, sin involucrar a nadie más.
Ocultó el rostro compungido entre las manos. Estaba terriblemente agotado. No le quedaba ni un gramo de fuerza. Su mente estaba dividida en cientos de pensamientos que no conducían a ninguna trama coherente.
Estaba empezando a decaer.
La presencia encerrada dentro del baúl percibió su nueva debilidad.
Golpeó la tapa con fuerza, buscando liberarse de su encierro.
El candado resistió sus primeros embates.
Mishimara se incorporó, visiblemente espantado.
Iba a conseguir evadirse. Con lo que le costó inmovilizarlo en su interior.
7 horas de tremenda lucha espiritual.
Estaba concienciado que jamás podría resistir una segunda confrontación de semejante tipo.
El baúl se sacudió con mayor virulencia. El candado estaba al borde de la ruptura.
Y así fue.
La tapa quedó alzada.
Aquello que albergaba el baúl consiguió escapar de su prisión. No tardó nada en encontrar a Mishimara.
Este segundo envite fue demasiado para él.
Se dejó llevar por aquello.
Su cuerpo dejó de responder a los impulsos remitidos por su cerebro.
Dio rienda suelta a la locura total.
Golpeaba con frenesí las cuatro paredes y el techo, levitando, dejando su propio rastro de sangre en las superficies.
Se le voltearon los ojos hacia dentro. Su lengua fue arrancada para luego ser tirada de mala manera dentro del baúl.
Acto seguido, cuando Mishimara falleció víctima de heridas internas, aquello que lo poseyó lo depositó dentro del baúl, cerrando la tapa con fuerza, para acto seguido dar los golpes acordados en la puerta para que retiraran las tablas y le abrieran.
Su futuro anfitrión aguardaba fuera.
La puerta fue abierta.
- ¡Mishimara! - llamó su hermano y su mujer, pero no lo hallaron.
Vieron el baúl con la tapa cerrada.
Y al instante se sintieron distintos.
Pues la presencia podía multiplicarse y poseer a más de un cuerpo al mismo tiempo...
En buena medida era una especie de Youkai (妖怪)*

*(demonio, fantasma en el folklore japonés) (N. del A.)

miércoles, 19 de marzo de 2014

Los ciclistas

Arthur Mash estaba conduciendo de forma demasiada temeraria por una carretera comarcal. Eran las once y media de la noche. Hacía mucho viento. El cielo estaba plomizo, presagiando el inicio de una tormenta. La soledad marcaba su tránsito por el asfalto deteriorado. El cansancio mental y físico de más de ocho horas sin descanso tras el volante manifestaba sus síntomas en forma de bostezos y amagos de cabezadas. Lo correcto sería estacionar media hora o más en la cuneta para descansar.
No lo consideró oportuno.
Un par de horas más, y estaría en la Gran Ciudad. En casa. Durmiendo como un bendito en su cama.
No pensaba levantarse hasta mucho después del mediodía. Podía permitirse un día libre. Había hecho el negocio de su vida como cazatalentos, firmando para los Yankees a un excelente lanzador de veintidós años. El hijo de un granjero, que jugaba en un equipo aficionado de Iowa. Estaba convencido que iba a ser la sensación de las ligas mayores en un par de años.  Su instinto casi nunca le fallaba. Eso si, siempre y cuando el chaval no se lo creyese antes de tiempo, atiborrándose de Budweisers, drogas y chicas fáciles.
Sus párpados cedieron al sueño. No fueron ni dos segundos. El vehículo continuó avanzando por la interminable recta por su propia inercia. Cuando abrió los ojos, vio al ciclista.
Llevaba un chaleco reflectante anaranjado y una gorra de béisbol. Estaba justo en el centro de la carretera. Arthur fue frenando a tiempo, evitando arrollarle.
Se sacudió la cabeza. Estaba del todo sorprendido. El ocupante de la bicicleta persistía en la mitad del camino, pedaleando con pereza, con el cuerpo excesivamente agachado hacia delante, como si se esforzara en contra del viento, que precisamente le daba de espaldas.
Arthur se restregó el ojo derecho y tocó la bocina, indicándole que se apartara hacia la cuneta.
El ciclista ni se inmutó. Exasperado, optó por adelantarlo por la izquierda, ocupando parte del margen sin asfaltar de ese lado de la carretera.
- ¡Tío imbécil! – se quejó, enojado.
Conforme lo superaba, giró la cabeza hacia su derecha para atisbar a través de la ventanilla la presencia del sujeto que montaba en la bicicleta.
A su vez, el ciclista hizo lo mismo.
Un rostro terriblemente inhumano, destrozado por la acción de algún tipo de ácido que pudiera haber deformado aquellas facciones, lo contempló con unos enormes ojos negros, donde el blanco y el color del iris de las pupilas era todo uno. Aquel ser sonrió con desprecio, enseñándole una dentadura puntiaguda, con las encías ennegrecidas y emponzoñadas por una saliva gelatinosa.
Arthur lo dejó atrás sobresaltado por aquella aparición monstruosa e increíblemente real, conduciendo a velocidad elevada para dejar aquella terrible figura en el olvido.
La visión del ciclista consiguió despertar sus cinco sentidos.
Fueron pasando los minutos. Poco a poco fue tranquilizándose.
Hasta que un par de millas más adelante, vislumbró dos ciclistas ocupando el centro de la carretera estrecha.
Ambos lucían chaleco fosforito. Uno anaranjado y el otro amarillo. El ritmo de sus pedaladas era cansino.
Los nervios le jugaron una mala pasada cuando echó un vistazo al espejo retrovisor, apreciando cómo se le acercaba por detrás a una velocidad escalofriante el ciclista recién adelantado.
Al mismo tiempo, los dos que le precedían se desviaron en abanico para situarse a su costado.
Los semblantes horriblemente mutilados lo examinaron con una rabia exagerada. Se aferraron al coche por los espejos y fueron destrozando el cristal de las ventanillas a puñetazo limpio.
Arthur quiso apretar a fondo, pero el puño del ciclista situado a su lado llegó con claridad a su rostro desde el marco de la ventanilla ya sin vidrio que lo protegiese, sumiéndole en los claroscuros que precedían a la pérdida del conocimiento.
El coche fue decreciendo en velocidad, hasta detenerse sobre la hierba, fuera del tramo de la carretera.
Arthur quiso espabilarse. Se sentía muy mareado. Fue obligado a salir del vehículo. Una vez fuera, tumbado sobre la hierba, recibió una paliza brutal por parte de los tres extraños que viajaban en bicicletas. Intentó protegerse de las patadas, los puñetazos, los arañazos, los mordiscos… De hecho, tardó casi cinco minutos en ser vencido.
No… Parad… - gimió, ya agonizante.
Cuando murió, los tres ciclistas se alimentaron de su cuerpo.
Una vez saciados, abandonaron los restos y montaron en sus bicicletas, prosiguiendo su viaje nocturno por aquella carretera abandonada y solitaria.

lunes, 24 de febrero de 2014

Genoveva Ducrati Tisdale, la Asesina de Pésimos Actores de Teatro

               Genoveva Ducrati Tisdale, nacida en la discreta localidad de Broken Fields, en el estado de Nueva York, en el año 1868. La fecha en concreto es una incógnita. Sus padres la dejaron abandonada a la puerta de la mansión de la ilustre estirpe de los Morrisbeg, quienes a su vez ordenaron a una de las criadas que llevara a la recién nacida ante la entrada principal del hospicio de la citada población neoyorquina. Se tiene constancia que la criatura pasó gran parte de la infancia entre las paredes de la institución caritativa, sobreviviendo a las epidemias de la época como las paperas, la viruela y la gripe, enfermedades en gran medida causantes de la elevada mortandad infantil de aquella segunda mitad del siglo XIX.
                En los archivos de los registros de seguimiento de los huérfanos de padre y madre, se refleja que Genoveva abandonó la institución a los quince años, siendo adoptada por un tal Jerónico Todorakis Cucliotis, y por su amante, Dora Condoraikis Constatinnaina, dos emigrantes griegos que se hicieron pasar por un joven matrimonio sin hijos, cuando realmente eran los promotores de un ínfimo circo ambulante. La adolescente fue reclutada de manera tan hábil para que formara parte del trío Celestino, los payasos que alegraban poca cosa el intermedio de las actuaciones de la programación circense. Los tres payasos ataban a Genoveva a un poste con cadenas, convenientemente amordazada para acallar sus indisimuladas protestas y practicaban la puntería con ella, lanzándole con muy buen tino desde la distancia tartas rellenas de arándano y de nata. Puede afirmarse que Genoveva acabaría odiando por este motivo toda actuación de cara al entretenimiento del respetable, deseando a su vez poder descargar toda su furia vengativa e incontenible en contra de quienes ejerciesen tal oficio.
                Aún formando parte activa del circo "Peloponeso Agonicus", Genoveva empezó a asistir en sus escasas tardes libres a los teatros locales donde tenían lugar la representación de obras insignificantes y  soporíferas, cuyo elenco de actores y actrices solía estar integrado por gente tan mala para la actuación en público, que en realidad su único fin parecía más constar como cierta válvula de escape para los asistentes al teatro, concitando las burlas, la mofa, el escarnio, los abucheos y el arrojo final de todo tipo de objetos, verduras y frutas en estado pútrido y de lo más pringoso que estuviera al alcance de la mano, constituyéndose en el motivo principal por el que se acudía al recinto en sí.
                La joven Genoveva Ducrati, aprovechándose del anonimato que representaba para ella estar en medio de una multitud, en vez de lanzar al escenario una coliflor de lo más blanda, un tomate licuoso o unos huevos malolientes, atinaba su puntería hacia cualquier protagonista de la obra con un ladrillo, un adoquín o con tornillos impulsados por un tirachinas, generando lesiones diversas para el deleite del resto de la gente congregada en el patio de butacas del teatro. Cabe hacer el inciso que los directores de las compañías de teatro de tan escaso nivel obligaban a la permanencia de sus actores y actrices en el escenario para contentar el malestar del público, llegando a apuntarles con un arma con tal de evitar su huída entre bambalinas.
                En estos primeros escarceos dentro del vandalismo público, Genoveva se maravillaba de su impunidad al formar parte de la masa de descontentos espectadores, quienes  expresaban su disconformidad en contra del elenco artístico más allá de meros abucheos, recurriendo a la violencia más extrema. En una de sus asistencias como espectadora a uno de tales eventos, fue cuando decidió dar un paso por encima del propio gamberrismo. Aprovechándose de la siguiente bronca, tenía decidido acabar con la vida de uno de los intérpretes.
                Por el año 1886, Genoveva Ducrati abandonó el circo, y se dispuso a recorrer las localidades que ella bien conocía de sus anteriores giras con el "Peloponeso Agonicus". Sin duda, quería ejercer sus tropelías en los teatros que por ella habían sido más frecuentados.  Sin oficio conocido, y dada su afición por la bebida de absenta, debía de conseguir ciertos emolumentos manteniendo relaciones esporádicas con algunos caballeros de vida alegre, asiduos también a los eventos culturales de la zona. La citada Genoveva era verdaderamente atractiva, luciendo a veces pelucas rubias decoradas con largas trenzas y lacitos de colores.
                El 15 de abril del citado año, en el teatro “Red Flames”, de Blue Coast, durante la actuación de la obra cómica, “Un amor fragmentado en mil trozos por la ira de los celos de mi hermana, la tuerta”, en el acto tercero se desencadenó el reproche espontáneo de los espectadores. Los comediantes se tropezaban entre ellos en el escenario, se quedaban a veces con la mente en blanco, improvisando líneas que no tenían ningún sentido con el diálogo que se tenía en ese momento, los gags eran horribles. Un verdadero desastre de compañía. La lluvia de lechugas, coliflores, tomates, patatas, huevos, excrementos de perro, no tardó en dejar a los actores principales hecho una pena. De repente, un tal Joshua Tarret, de 29 años, recibió una cuchillada en pleno tórax. Seguidamente, otro cuchillo se clavó en el cuello de su compañero de reparto, Negus Twain, de 33 años , atravesándolo de lado a lado. Ambos fallecieron en el acto entre espasmos de dolor sobre la tarima, sin que cesaran de caerles encima verdura en mal estado y fruta madura.
                27 de mayo, en plenas fiestas del honorable pueblo de Apricot Season, se representaba un número del género musical. En este caso, la compañía era de cierto nivel dentro del gremio, pero debido a la abundante ingesta de alcohol de los espectadores, no dejaron de interrumpir la actuación con gritos, quejas altisonantes, insultos variados, y el lanzamiento masivo de objetos y verdura. En medio de semejante barullo, la actriz principal, Salomé Nebie, de 45 años, fue alcanzada por un machete entre ceja y ceja, partiéndole el hueso de la frente y dividiéndole parte del cerebro. Desde ese día permanecería ingresada en una clínica de reposo hasta su muerte natural, a los 67 años.
                Una semana más tarde, el 2 de junio de 1886, en el Salón de Actuaciones Variadas, de Lime Town, la compañía de teatro “Raibonda”, llevaba a cabo la representación de su obra original y genuina, titulada “Un remanso de paz entre familias enfrentadas”. El reparto era muy numeroso, facilitando la puntería de los espectadores cuando mostraban su desagrado por la nula calidad de los actuantes. En medio de la escandalera, la actriz Rosemary Troop, de 19 años, fue alcanzada por una lanza que le atravesó el corazón, causando su muerte al instante. El niño Trickie Ballon, de doce años, quien estaba haciendo sus primeros pinitos como actor infantil, recibió la certera puntería de dos cuchillos en ambos ojos, dejándole ciego de por vida. Y por último, un agente de la policía local que vestía de paisano por estar fuera de servicio, tuvo la genuina ocurrencia de subirse al escenario para intentar de imponer un cierto orden, siendo alcanzado en plena barriga por un tridente de aventar la paja. El infausto policía era James Snort, de 55 años. Murió en pocos minutos, sin poder dejar testamento a su esposa y diecisiete hijos.
                Algunos testigos se fijaron en las prisas con que una joven mujer se alejaba del lugar, dejando detrás una daga en el asiento que había ocupado instantes antes en la tercera fila más próxima a las tablas del escenario.
                Con la muerte de un agente de la ley, se inició una investigación exhaustiva, relacionando los hechos acontecidos en los tres teatros de las tres localidades afectadas con una única persona agresora. Era una mujer, de entre veinte y treinta años, estatura media, lucía vestidos llamativos y usaba pelucas rubias adornadas con lazos y tirabuzones de colores más oscuros.
                Como el área de actuación de la asesina comprendía localidades muy cercanas entre sí, siempre con actuaciones artísticas en los teatros de las mismas, se determinó que su siguiente aparición podría tener lugar en el pueblo de Ever Heaven. Iba a celebrarse una obra de carácter religioso en la propia iglesia de San Pedro El Inflexible.
                Genoveva era desconocedora del despliegue policial. Cuatro agentes de paisano se situaron entre el público, ocupando los bancos de la nave central. En la zona del altar, utilizado como escenario eventual, estaban los actores interpretando la obra evangélica “Ojo por Ojo, Diente por Diente”. La iglesia estaba llena de gente, y Genoveva se buscó sitio en la antepenúltima fila de bancos, confiando en su buena puntería y así tener la salida más cercana de cara a su huída.
                La obra era de lo más deplorable. Las actuaciones eran bochornosas. Aún así, el público asistente guardaba silencio absoluto, manteniendo cierto interés en la trama de la obra. Genoveva se reía por dentro, incapaz de comprender la nula reacción del respetable hacia semejante desastre, así que empezó a dar palmadas, pateando el suelo y gritando, esperando ser imitada por el resto.
                Los policías infiltrados recelaron del comportamiento anómalo de la joven, y sin esperar a más, la rodearon y la sacaron de la iglesia. Una vez fuera, fue registrada, encontrandose en su posesión un hacha de mango corto, siete bolas de petanca de acero reforzado y una cajita de chinchetas de destacable tamaño. La vestimenta y la peluca que llevaba Genoveva coincidía con la descripción que se tenía de la persona que aprovechaba los tumultos y pataleos de los espectadores que se daban en los teatros para asesinar discretamente a algunos de los artistas, así que fue detenida y llevada a la comisaría de Lime Town, la capital del condado y lugar donde se cometió la muerte de una actriz horrenda, la de un intrépido policía y se dejó ciego a un joven actor infantil de lo más prometedor.
                Genoveva Ducrati Tisdale no tardó ni medio interrogatorio en confesarse autora de los hechos que se le imputaban.
                “Han hecho bien en descubrirme. Tenía  grandes planes. Uno de ellos era introducir un mini cañón rodante disimulado bajo la falda de mi vestido, para lanzar de un único disparo cuchillos, navajas, cristales rotos, cadenas, etc, en forma de munición múltiple. Con tanto proyectil, podría acabar con todo el reparto en un santiamén.” – remarcó a uno de los detectives que la interrogaron sin inmutarse lo más mínimo.
                Genoveva Ducrati Tisdale fue juzgada el 13 de diciembre de 1886 en el Tribunal de Justicia de Lime Town por el juez Robert Ferraro de 95 años. Fue sentenciada a morir en la horca el 16 de diciembre a las once de la noche. 
        Estaba a punto de cumplir los 19 años de edad.