jueves, 30 de abril de 2009

La ventana abierta

Rodolfo era escritor de terror. Tenía cincuenta años y era soltero. Como había tenido un cierto éxito en la venta de sus escritos, vivía en una casa solitaria en pleno campo, alejado de todo contacto con la civilización más cercana. Su medio de comunicación con el mundo que le rodeaba era el ordenador e Internet. De ese modo publicaba sus obras y mantenía contactos con gente amante de la literatura más tenebrosa.
Una tarde de invierno, oscura y fría, estando concentrado en la redacción de un relato corto, escuchó como alguien llamaba al timbre de la puerta principal. Contrariado y receloso, pues no era habitual que recibiera visitas inoportunas, se dirigió hacia la misma. Atisbó a través de la mirilla, pero no encontró a nadie en la entrada. Extrañado, con las cortinas corridas, miró por los cristales de las ventanas de la parte frontal de la casa. Afuera todo estaba en penumbras. No se veía ningún vehículo que representara la presencia del visitante, dado lo alejado y solitario de su vivienda de la localidad más cercana. Consternado, regresó a su estudio. Situado frente al teclado, sus nervios fueron puestos a prueba al oír el timbre por segunda vez. En esta ocasión fue pulsado en más de una ocasión, casi con vehemencia, deseando que se le abriera.
Rodolfo abandonó su lugar de trabajo y se dirigió por el vestíbulo hasta la entrada. Escrutó a través de la lente de la mirilla. No había nadie.
Estaba empezando a sentirse incómodo. Tenía previsto avisar a la policía.
Entonces se acordó de la ventana de su dormitorio. Siempre tenía la hoja medio alzada antes de acostarse. Encaminó sus pasos hacia allí. A medio camino, justo antes de llegar ante la jamba de su cuarto, vio la figura. Era una silueta enorme. Con el rostro enmascarado. Vestía de oscuro y portaba un machete entre sus manos.
- Para ser escritor, tendría que haber previsto esta posibilidad - musitó Rodolfo, vendido a su suerte.
En la abertura del pasamontañas destinado a la boca quedaron perfilados los dientes sucios del asaltante. Estaba esbozando una sonrisa de pesadilla.
Era su noche.
La hora preferida.
Fue a por Rodolfo…
No, no era buena idea haber dejado aquella ventana sin cerrar del todo.

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