martes, 29 de septiembre de 2009

El juego de los tres vasos

La mesa era de tablas de madera rústica sin barniz de ningún tipo que adecentara mínimamente su superficie. Sobre la mesa estaban los tres vasos de cerámica. En frente de ellos, el garbanzo.
Pujalte estaba sentado en contra de su voluntad sobre un taburete de patas cortas sumamente incómodo. A su lado estaba uno de los sicarios apuntándole con el cañón de una pistola semiautomática.
Al otro lado de la mesa estaba Ontario. Estaba sonriente. Miraba a Pujalte con cierta arrogancia, sabedor de que llevaba todas las de ganar. Recogió el garbanzo duro sin cocer con los dedos y lo ubicó debajo de uno de los vasos.
- Me debes un buen pellizco, cabrón. Pero hoy es tu día de suerte. Si adivinas en cuál de ellos está la bolita, te lo perdono todo, incluso tu miserable vida.
- No es una bolita. Es un garbanzo - resaltó Pujalte.
- A callar y a fijarse. Que puede que sean los últimos treinta segundos que respires - le amenazó Ontario.
Sus manos manejaron los vasos con fluidez. Sin cesar de rotarlos. Hasta que en un momento determinado detuvo el movimiento del último de ellos. Se quedó escrutando el rostro sudoroso y ceñudo de concentración de Pujalte.
- Llegó tu hora, burrito. ¿En cuál de ellos está la chinita?
Pujalte dudó cinco segundos.
El sicario le arrimó el cañón a la sien.
- En la del medio- contestó de inmediato.
Ontario sonrió, complacido con la respuesta.
Alzó el vaso…
quedando el garbanzo a la vista.
- ¡Maldito hijo de la gran chingada! Siempre tienes suerte - rugió Ontario, disgustado.
Al mismo tiempo una bala del sicario atravesó la frente de Pujalte, quedando su cuerpo tendido en el suelo, inerte.
Miró a su jefe e hizo un ademán con los hombros.
- Lo siento. Se me ha escapado. Tengo un tic nervioso en el dedo índice…

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