miércoles, 7 de octubre de 2009

El videojuego

Prefería la escopeta para disparar de cerca, aunque la beretta era mucho más cómoda de llevar.
Avanzaba por un pasillo sin fin. A oscuras. Continuar por las ramificaciones de aquella institución escolar abandonada requería el uso de la visión nocturna. El silencio era insano. Los pasos de sus botas militares eran lo único que quedaba registrado en su sensor de movimiento.
De repente, sin saber cómo, una de aquellas criaturas diabólicas emergió de una pared.
Era espantosa. Babeando mucosidades por todo el rostro deforme y con un olor nauseabundo a putrefacción de meses de entierro. Eran conocidos por la definición de Redivivos. Aquel Redivivo se abalanzaba sobre su cuello con la intención de alimentarse de su yugular, pero su pericia le salvó al encañonarlo con la escopeta directamente al estómago. Disparó y sus restos quedaron esparcidos por la estancia.
Su pulso estaba acelerado.
La adrenalina al máximo de su nivel.
Esa parte de la misión estaba siendo demencial. Estaba pasando miedo de veras.
Continuó avanzando por el corredor.
No sucedió nada fuera de lo normal.
Llegó ante las escaleras que comunicaban a la planta superior.
Fue subiendo con precaución.
A un tercio del ascenso del tramo, un par de Redivivos surgieron de la parte superior. Bajaron los escalones de tres en tres, dispuestos a ir por él. Se había olvidado de cargar la escopeta, así que tuvo que recurrir a la pistola. El cambio de arma fue sencillo. Uno de los seres inmundos recibió un disparo certero en plena sien. El otro se movía mucho. Para su sorpresa, intentó recular. Huir. Le disparó a las piernas, alcanzándole en la corva derecha, consiguiendo que perdiera estabilidad motriz. Entonces le descerrajó dos balazos en la nuca. La criatura cayó fulminada.
Respiró hondo.
Se secó el sudor de la frente.
Esta vez recargó ambas armas.
Dios, tenía que encontrar una tercera. Una de las automáticas. No podía permitirse el lujo de tener una ranura vacía.
Prosiguió ascendiendo por las escaleras hasta alcanzar la segunda planta.
Todo continuaba a oscuras.
Era un videojuego cojonudo.
Nunca había jugado a uno tan terrorífico desde Doom.
Estaba acercándose a la puerta de una de las aulas.
Repentinamente, la visión nocturna no le servía.
El lugar quedó iluminado del todo.
Se la tuvo que quitar para evitar quedar cegado.
Era de día.
Un día cualquiera.
En el Instituto Lettisier Venture.
Detrás de sus pasos estaban los cuerpos tendidos de dos compañeros del centro. Estaban ubicados en el tramo de escaleras.
Se miraba las manos.
Portaba una escopeta de verdad.
Las sirenas del recinto aullaban de manera estridente.
- Es una emergencia. SE RUEGA A TODO EL MUNDO QUE ABANDONE LAS INSTALACIONES - decía una voz.
La voz del Director del instituto.
Con determinación se aproximó a una de las ventanas.
A través del cristal vio a decenas y decenas de estudiantes, profesores y personal del centro huyendo a pie por el patio frontal del edificio.
De inmediato, las fuerzas del orden estaban acordonando el área.
Vio la llegada de un par de vehículos blindados de la brigada de asalto.
En cuanto quedaron estacionados, descendieron de su interior agentes perfectamente equipados con blindaje y equipo pesado.
Entonces se dio cuenta de que aquello ya no era ningún videojuego.
El temblor de sus manos le impedía ya sujetar la pistola.
En este caso, la realidad sí que superaba a la ficción.

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