martes, 29 de diciembre de 2009

Muñecos de nieve

Estamos en invierno. La nieve hace su acto de presencia, como debe ser. Es entonces cuando niños y adultos recurren a los juegos invernales. Las batallas a bolazo limpio. Patinar sobre el hielo. Y lo más encantador. Formar muñecos de nieve.
Aunque viendo el perfil de Natalia Tubbs, algo me da que no profesa simpatía hacia ellos...





Natalia Tubbs estaba dispuesta a efectuar su última visita puerta a puerta de la tarde noche. Eran las seis y media y la noche invernal se había adueñado del firmamento. Hacía tres grados bajo cero, y tras tres días seguidos de intensas nevadas, la climatología había moderado su inclemencia por unas horas. Todo estaba cubierto por nieve, y en ciertas zonas, como las aceras y el asfalto, los funcionarios municipales de la localidad habían esparcido sal para retrasar las heladas. También los vecinos habían colaborado de manera mancomunada retirando nieve y abriendo los caminos con el apoyo de las palas.
Natalia Tubbs era una veterana vendedora de enciclopedias a domicilio. Tenía cuarenta y cinco años, y llevaba ejerciendo de comercial desde que abandonase la universidad en su segundo año, es decir, a los veinte años. Tenía una facilidad de palabra y de convencimiento, que pronto se ganó cierta fama como una vendedora rentable y por tanto, cobraba buenas comisiones a fin de mes con las ventas alcanzadas. No paraba en todo el año en recorrer el estado de Nueva York de cabo a rabo. Su transporte, un Honda Civic de los 80, y su descanso, en moteles de carretera de Lunes a Sábado, con horario laboral continuado de nueve de la mañana a seis de la tarde, con los pertinentes descansos para el almuerzo y la comida.
En esta ocasión estaba prolongando ligeramente su horario laboral por culpa de una pérdida de tiempo consistente en una larga hora en casa de una anciana a la cual había estado a punto de hacerle invertir parte de sus ingresos como pensionista en la compra de una colección de libros centrados en los grandes patrimonios de la humanidad. Tenía ya su firma en el albarán de venta, cuando justo llegó el hijo único de la mujer. Nada más ponerse al corriente del sentido de la negociación, desgarró el contrato en dos y la puso literalmente de patitas en la calle.
Por este motivo estaba sumamente irritada. No había conseguido una sola venta en todo el día y estaba decidida a emplear el último cartucho con la casa de un tal señor Hicks. Según constaba en la ficha con sus datos personales, vivía en una zona ligeramente apartada del pueblo. Situada al frente del volante, fue conduciendo con prudencia. La iluminación de la última de las calles con viviendas de dos plantas a ambos lados de la misma fue disminuyendo conforme la distancia entre las farolas iba distanciándose. Según su GPS, la casa del señor Hicks se hallaba a media milla de la salida de la calle Siete de julio. Los faros delanteros del coche le iban marcando el camino por donde debía ir sin salirse de la carretera en mal estado. Unos cinco minutos después dio con la vivienda unifamiliar de su última visita del día. La luz de los faros iluminó una cerca de madera cubierta de nieve que rodeaba la parte delantera de la casa. Natalia aparcó el Honda Civic en paralelo a la misma y abotonándose el abrigo hasta el cuello, provista del maletín con los catálogos y los contratos, salió del interior confortable del coche para dirigirse con pasos pausados sobre la nieve hacia la entrada principal del hogar del señor Hicks. El frío le pareció más intenso. Conforme se aproximaba a la puerta, a su derecha, de lo que debiera ser el jardín delantero, ahora disfrazado bajo un tupido manto blanco de nieve, había colocadas tres figuras de nieve. Estaban alineadas en fila. La mayor mediría metro y medio y las otras dos eran un poco más pequeñas. Por lo visto el señor Hicks y su familia apelaban a la tradición cuando caía una nevada copiosa. Los tres muñecos llevaban cada uno un sombrero de paja sobre la cabeza redondeada. En los rostros, los botones negros que representaban a los ojos, la zanahoria a la nariz y una tela roja en forma de sonrisa que hacía de boca. A Natalia le llamó la atención el rato que habría llevado formar las tres figuras, pues la nieve empleada por el cálculo del grosor de sus cuerpos debía haber sido en gran cantidad. Acumular tanta nieve y sobre todo con las temperaturas tan gélidas era un acto del todo heroico.
Se olvidó de los muñecos y sin más espera, pulsó el timbre de la puerta.
Aguardó medio minuto, pero nadie acudió a la entrada.
Repitió la acción.
Nada.
Estaba ya helada de frío.
Insistió varias veces. Malhumorada.
Menudo día llevaba. No tenía ganas de cenar. Tan solo tomarse un baño caliente y relajante en la habitación del motel Principal Avenida.
Estaba volviéndose cara a los muñecos de nieve
(ahora los consideraba ridículos y grotescos. Sin duda que el señor Hicks y sus hijos no iban a destacar como escultores)
cuando la puerta fue entornada hacia adentro con presteza. Natalia giró su cuello, dispuesta a encontrarse con el señor Hicks...
Su sorpresa fue monumental. En el quicio había una persona de gran envergadura, vestido con ropa de leñador y con una bolsa de cartón de supermercado colocado en la cabeza a modo de careta. Tenía los preceptivos agujeros para los ojos y la nariz.
- Qué - atinó a decir Natalia antes de que aquel individuo le arremetiera con un bate de béisbol en la cara.
El impacto le dio de lleno en la nariz, fracturándole el tabique nasal y ocasionándole le pérdida del sentido. Su cuerpo perdió el equilibrio sobre las piernas, el maletín se soltó de los dedos de su mano derecha, abriéndose en la caída, mostrando los catálogos de las enciclopedias, con algunas hojas de los contratos desparramándose en su derredor y su figura se colapsó contra la nieve que cubría el suelo ante la entrada a la casa.
La persona de la careta de cartón arrojó el bate contra una pared del vestíbulo. Examinó con detenimiento a la mujer. Una vez comprobado que estaba completamente inconsciente, entró en su casa. Sus movimientos eran exageradamente precipitados, fruto del temor que su visitante pudiera recobrar el conocimiento antes de que le diera tiempo a reunir las herramientas indispensables para solucionar aquel ligero contratiempo.



Natalia Tubbs despertó demasiado tarde para su gusto. Primero fue el dolor insoportable producto del golpe del bate en su rostro. Seguido de la enorme sensación de frío que sentía al estar simplemente vestida con su ropa interior. Lo siguiente fue mucho peor. Nada más abrir sus ojos, el horror de la realidad más terrible la sumió en un estado de paroxismo extremo. Quiso gritar con fuerzas, pero sus labios estaban sometidos bajo una apretada mordaza. Igualmente quiso mover su cuerpo. Cosa harto imposible. Aquel sujeto que escondía su personalidad dentro de una bolsa de cartón de supermercado había cavado un profundo hoyo en la nieve y la tierra del jardín delantero de su casa. En el hoyo hincó un poste de madera de metro y medio. Acto seguido la había asegurado al mismo, con los pies enterrados dentro del hoyo, los brazos entrelazados a la espalda por detrás del poste y asegurados con cuerda. Después de eso, había rodeado el resto de su cuerpo con más cuerdas alrededor del grueso madero, dejándola completamente inmovilizada. Natalia hizo todo lo buenamente posible por desasirse, pero estaba firmemente atada y desvalida ante las oscuras intenciones de aquel chalado.
El estrafalario personaje quedó satisfecho del inicio de su obra.
Entonces puso en marcha la segunda parte de su plan.
Con la ayuda de una pala, fue amontonando nieve al lado del cuerpo de Natalia.
La mujer agitó su cabeza con rabia.
Fue cuando pudo ver por el rabillo del ojo que estaba alineada al lado de los tres muñecos de nieve.
Mordió la mordaza con fuerza. Imploró ayuda desesperadamente, pero nadie podía escuchar sus murmullos.
La careta de cartón no aminoraba el ritmo de paladas.
Estaba ya cansado. Quería acumular la cantidad de nieve necesaria para formar un nuevo muñeco de nieve. Deseaba que este fuese el último.
Ya había tenido suficiente con ocultar los cuerpos de su mujer y sus dos hijos...

2 comentarios:

  1. Robert aun no he podido ponerme al dia con tu blog, ya sabes... estos dias son complicados.. pero lo hare lo antes posible. Mientras, paso a desearte que tengas una Feliz año, cargado de sueños cumplidos y éxitos logrados.
    Feliz 2.010.
    Besos

    ResponderEliminar
  2. No hay prisa. Los relatos no van a mudarse de aquí. Ni van a irse a la competencia, pues por algo tengo el copyright, ja ja.
    Mis deseos son idénticos para ti y tu estupendo blog. Besotes desde Pamplona la Fría.

    ResponderEliminar