martes, 20 de octubre de 2009

Sleepy, el Zombi

Sleepy tenía una sensación de hambre algo extraña. Nunca se había imaginado que al morir uno pudiera seguir teniendo ganas de comer. No vio el túnel con la luz al fondo. Según le dijo una voz muy temperamental, le correspondía el purgatorio antes de poder llegar a recorrerlo en su totalidad. Así que allí estaba, en medio de las tumbas del cementerio del pueblo. Las tablas de la tapa de su ataúd cedieron relativamente ante el impulso de las uñas largas de sus manos, y tras un rato de escarbar en la tierra que le cubría, pudo salir al exterior y contemplar el camposanto bajo el halo lúgubre de la luna en cuarto creciente, con el cielo despejado de nubes y perlado de estrellas lejanas.

viernes, 16 de octubre de 2009

Menuda picadura de mosquito

Fue terrible. Estaba sentado en el parque con la espalda apoyada contra la corteza del tronco de un roble, dispuesto a darle un mordisco a su emparedado de salami, cuando un molesto mosquito de abdomen alargado y alas finas se aposentó en su brazo derecho. Antes de que tuviera tiempo de poder reaccionar, la trompa del insecto perforó su piel con la suficiente rapidez como para succionarle su ración diaria de sangre humana.
Tom soltó un grito de mala uva. Espantó al mosquito con la otra mano, dejando escapar el sándwich sobre las briznas de hierba del suelo. Demonio. Le había dado un buen picotazo. A los pocos segundos le picaba tanto que no tuvo más remedio que aliviarse rascándose la zona afectada con las uñas.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Despedida de soltero a lo bestia

El suceso devastador y grotesco duró menos de tres minutos.
Elevemos las oraciones al Cielo por la corta duración del mismo.
El caso era que Antoine Collete iba a casarse dentro de quince días con su querida y coquetona Susanne Omelette, y como era preceptivo en estos casos, los amigos del muchacho decidieron organizarle una despedida de soltero a lo grande. La fiesta fue un exitazo. Comieron como fieras y bebieron como orangutanes sedientos. La hecatombe llegó cuando, ebrios a más no poder, condujeron a Antoine al zoológico municipal.

lunes, 12 de octubre de 2009

Nunca pases por debajo de una escalera

Code Dumars era un hombre de cuarenta años sumamente delgado y enclenque. Era conocido en el East Side de Manchuria City como don Espagueti. O Mister Fideo. En ocasiones como Esqueleto Andante. Vamos, que el señor era tan famosillo casi al mismo nivel del alcalde. Y Code comía de manera sana sus verduritas, su pescado y su carne, amén de pasta italiana, pero no había modo de que midiendo metro setenta pudiera pesar más de cuarenta y dos kilos.
Hasta que un día se le antojó cruzar por debajo de una escalera.

miércoles, 7 de octubre de 2009

El videojuego

Prefería la escopeta para disparar de cerca, aunque la beretta era mucho más cómoda de llevar.
Avanzaba por un pasillo sin fin. A oscuras. Continuar por las ramificaciones de aquella institución escolar abandonada requería el uso de la visión nocturna. El silencio era insano. Los pasos de sus botas militares eran lo único que quedaba registrado en su sensor de movimiento.
De repente, sin saber cómo, una de aquellas criaturas diabólicas emergió de una pared.

Un artista muy querido

Esto que les cuento es una sencilla anécdota que me sucedió cuando fui a reservar una habitación en un hotel de una ciudad muy cosmopolita. Me hallaba ante el mostrador de recepción facilitando mis datos al empleado de la misma, cuando hube de interrumpirme al vislumbrar una continua llegada de damas de muy buen ver cercanas a la treintena de edad.
- Perdone mi distracción, muchacho. La presencia de estas damas es muy perturbadora - me disculpé ante el recepcionista.
Desde luego que lo era. Con lo bellas que eran todas ellas, al mismo tiempo les caracterizaba un único fallo; todas eran tuertas de un ojo porque portaban un parche muy hermoso, ora en el ojo izquierdo, ora en el ojo derecho.

jueves, 1 de octubre de 2009

Almas en pena

Ferrero y Tobías estaban ocultos debajo del puente ferroviario. Estaban ateridos de frío. Hacía dos grados bajo cero y la noche anterior había caído una nevada copiosa. Sus vestimentas eran andrajosas y demasiadas livianas como para poder soportar las temperaturas gélidas de esa mañana invernal.
- Este frío criminal va a matarnos, Tobías - lloriqueaba Ferrero golpeándose los costados con los brazos para entrar de algún modo en calor.
- Necesitamos algo que nos caliente - murmuró su compañero con los ojos entrecerrados. Salió de debajo del puente y hundiéndose en la nieve, se fue alejando en la distancia. Ferrero permaneció en el refugio, echándose entre cajas de cartones para aislarse en la medida que fuese posible del frío. Estaba sumamente debilitado por la falta de alimento. No podía acompañar a Tobías. Sería más un estorbo que una ayuda. Y así fue cerrando los párpados hasta quedarse medio dormido.