sábado, 9 de enero de 2010

La redención de Donovan

En los tiempos actuales, quedarse sin empleo es motivo de frustración, de pérdida de autoestima, desencadenante de rupturas familiares, y más si esto sucede a ciertas edades donde cualquier lumbrera de recursos humanos considera demasiado mayor para el puesto a cualquier candidato a partir de determinada edad cercana a los cincuenta. Donovan vivirá el ingrato sabor del paro, la autodestrucción y el deseo de mandarlo todo al quinto demonio, aunque siempre quedan segundas oportunidades inesperadas que el destino depara de vez en cuando. Y cuando te toca el premio, no queda más remedio que ir a cobrarlo.




Relato dedicado a la memoria de Miguel Angel Larrainzar Eugui


1.
Donovan Sadley sabía que había malas personas en el mundo. De hecho, de no haberlas, las grandes calamidades en forma de guerras y demás actitudes violentas nunca hubieran existido en los anales de la historia. Ni las depravaciones más abyectas.
Donovan era una persona normal. Algo cabezota y renegón, defectillos que nunca le habían acarreado problemas de ningún tipo, ni en su matrimonio, sus relaciones sociales y mucho menos en el trabajo. De hecho llevaba quince años ejerciendo de jefe de mantenimiento de las oficinas Sarronds, en Búfalo, la capital del estado de Nueva York. Su trabajo era lo debidamente valorado por los administradores del edificio, y él mismo se sentía realizado en cierta manera. Era una forma de superar su anodino matrimonio. Elsa, su mujer, nunca quiso tener hijos. Siempre había utilizado el método anticonceptivo en el útero, conocido como DIU . Llegó a utilizar dos de ellos en su vida fértil. Ahora ya no lo precisaba. Ella tenía casi los cincuenta. Cinco años menos que Donovan. Con el tiempo, la rutina se había asentado en su relación, y si se mantenían juntos, era más que nada por el egoísmo del dinero. Elsa era la secretaria personal de un alto ejecutivo del First Manhattan Bank. Con ambos salarios, vivían para afrontar los gastos de la casa de doble planta, jardín trasero y piscina cubierta privada situada en una urbanización de nivel alto de la capital.
La vida de Donovan se repetía día tras día, semana tras semana, mes tras mes y año tras año.
Hasta que aconteció un cambio importante en la gerencia del edificio Sarronds.
El señor Macdermott se jubilaba, y por ende su cargo fue ocupado por un tal Richard Messler. Este era un joven dirigente de treinta años. Al poco quedó demostrado su egolatría y su tiranía. Maltrataba verbalmente a todos los empleados, especialmente a los ayudantes de Donovan. Por cualquier contratiempo en la estructura del edificio, Richard Messler se encolerizaba, dando la orden a los negados de mantenimiento en subsanar de manera inmediata las deficiencias habidas bajo la amenaza de no cobrar el salario de la semana en curso. Los hombres de Donovan se quejaban con regularidad a su jefe por el maltrato verbal y psicológico que les daba Messler, así que un día aquel decidió salir en defensa de sus subordinados.
La reunión que tuvo en el despacho de Messler fue tensa y muy desagradable. Duró más de una hora. Al final ambos se cruzaron insultos y amenazas.
El palo se quebraría por el extremo más débil.
A los diez días, a Donovan le fue notificado el despido.
Tenía casi los 56 años. Una edad malísima en los tiempos actuales para encontrar trabajo, y que encima este tuviera unos emolumentos parejos a los que cobraba en el edificio Sarronds.
Durante un tiempo se lo estuvo ocultando todo a su mujer. Esperaba encontrar un nuevo empleo en pocos días.
Pero cuando ya no pudo argumentar más excusas a la falta del ingreso del segundo cheque semanal, Elsa se sintió engañada. Decidió que lo mejor era dar por cumplido con el matrimonio que les había unido durante casi veinte años. Le dio un mes para buscarse un sitio donde poder alojarse. Estaba claro que ya podía despedirse de la casa. Estaba a nombre de ambos, y en el peor de los casos, Elsa la pondría en venta si en la resolución de la demanda del divorcio no se le concedía a ella, cosa que no sucedió. Una vez que ella se quedó con la propiedad de la casa, Donovan se las tuvo que componer viviendo de alquiler en pisos de mala muerte.
Su vida estaba al borde de finalizar antes del plazo de tiempo marcado por su destino en el libro de la vida y la muerte. Empezó a beber. Recuperó su hábito de fumador. Los meses se sucedían, y no había manera que pudiera encontrar un nuevo puesto de trabajo. Sus manos temblaban cuando no bebía. Se asomaba al marco de la ventana del quinto piso donde últimamente residía, anhelando reunir el valor necesario de encaramarse lo suficiente sobre el alféizar para arrojarse de cabeza contra la acera.
Morir. Sí. Lo deseaba.
Se había convertido de la noche a la mañana de un acomodado ciudadano americano de nivel medio alto, a un paria cercano a tener que recurrir al ejército de salvación por un plato de sopa y una cama caliente por una noche.
Afrontando su pesar con la desilusión de una persona hundida en el fondo de un lago de aguas turbias y frías, deseando que las piernas se le quedaran enredadas en las algas y de este modo sucumbir ahogado, recibió la enésima visita del padre Sierra. Era de los pocos amigos que le quedaban y que de vez en cuando intentaban hacerle ver la necesidad de continuar luchando por la vida.
- Cuando Dios quiera, llegará tu redención, Donovan.
“ Hasta entonces, no la anticipes. A nuestro Señor no le agrada que no se le valore uno de sus milagros, la creación de la vida desde la nada - solía decirle con la debida frecuencia cuando le veía medio bebido y con ansias de rendirse.
En su última visita, cuando Donovan, en estado sobrio para variar, esperaba sus reproches, el párroco le sorprendió con una buena nueva. Tenía una oferta de trabajo para él.
- Se está quedando conmigo, padre. No valgo ya ni para barrer los suelos - le dijo, ofuscado por la noticia.
- Bueno, Donovan. Con lo que fuiste, algo te quedará en la recámara. Tampoco es que el trabajo ofrezca mucho misterio. Sería atender una estación de servicio rural situado a cincuenta millas, en una carretera comarcal. El sueldo es bajo. Pero tendrás a tu favor que vivirías ahí. Al lado de la oficina hay un dormitorio y una cocina. No tendrías que pagar alquiler, y con lo poco que ingresaras, podrías sufragar los gastos de una cura de desintoxicación. Nunca hallarás una solución a tus pesares en la bebida.
Donovan sonrió con ganas. Llevaba sin hacerlo en meses. Aquél cura era un diablo.
- Padre, me parece que los dos nos veremos entre las llamas del infierno.
- Predico la palabra de Dios, Donovan. Pero si vuelves a propasarte en tu vocabulario, no respondo del puño de mi mano derecha.
Esta vez ambos rieron con verdaderas ganas.
Era una salida o una simple pausa antes de abordar el borde del precipicio para Donovan.



2.
Richard Messler estaba que se lo llevaban los demonios. Acababa de pasar el domingo llevándose los padres a las Cataratas del Niágara con el anhelo de verlos precipitarse por la borda de la embarcación, o a lo sumo pillasen una buena pulmonía, habida cuenta la suma de cantidad que cobraría por parte del seguro de vida de ambos, cuando su superior le puso al corriente de la auditoría de fin de año. Las cuentas no cuadraban. Varios de los arrendatarios no pagaban las cantidades estipuladas en los respectivos contratos, o simplemente alguien estaba lucrándose a costa de los ingresos, falsificando la contabilidad y las partidas dedicadas al gasto de representación. Lo que le hizo alterarse en sumo fue que la palabra desfalco apuntaba directamente a su cabeza, y si en la nueva auditoria general que iba a realizarse en la semana entrante se demostraba tal acusación, aparte del despido, le esperaban los tribunales.
Atribulado por las difíciles horas que le llegaban en perspectiva, se hallaba de regreso a Búfalo al volante de su Lexus gris metalizado, cuando el indicador acústico del nivel de la gasolina le hizo saber que o paraba a repostar en las siguientes veinte millas, o finalmente iba a quedarse tirado en medio de la carretera.
- Todo me tiene que ir mal. A mí y a este puto país. No me extraña que la pifiemos en cuanto asomamos el morro al otro lado del charco- farfulló con el rostro ceñudo.
Afortunadamente su GPS le indicó la cercanía de una gasolinera.
Distaba unas cinco millas.
Aumentó la velocidad, presto para llenar el depósito en un santiamén.


- Joder. Por aquí se ve que la clientela sólo pasa cuando llueven grillos del cielo - resopló Richard Messler al ver el aspecto abandonado de la estación de servicio.
Por un instante hasta temió que estuviera cerrada, pero al poco de estacionar al lado del único surtidor, sonó una especie de campanilla y pudo verse la silueta de un hombre moviéndose al otro lado del cristal de la ventana correspondiente a la oficina.
- Venga. Muévete, condenado patán. Seguro que eres de los que tiene parte de los dientes desparejados en tamaño - se mofó.
Se puso a escuchar música de baile a buen volumen mientras esperaba la llegada del empleado.
Al poco el empleado se asomó al exterior. Richard Messler lo miró de soslayo. Un tío viejo, sin afeitar, vestido con un sucio mono de trabajo azul marino, botas de cazador, camisa de franela a cuadros azules y negros y una vieja visera de los Boston Red Sox cubriéndole el entrecejo.
Richard miró la hora en su Rolex de oro.
- Diantres. A ver si te mueves, viejo tiñoso.
Se le colmó la paciencia. Bajó la ventanilla y asomando ligeramente la cabeza, se puso a apremiarle en voz alta:
- Oiga. Muévase, quiere. Es para hoy. Una vez me atienda, podrá retornar al asilo.
El empleado avanzó un par de metros. Se le quedó mirando fijamente mientras Richard cambiaba de música en su reproductor de mp4. Al alzar la mirada hacia la gasolinera, pudo observar como el empleado se daba la vuelta y volvía a entrar en las oficinas. Se ve que se debía de haber olvidado de traer los cambios consigo o algo similar.
Este contratiempo irritó a Richard sobremanera.
- Será posible. Qué pedazo de inútil. Esto es lo que no aguanto de la sociedad americana actual. Gente así tendría que estar desempleada y sin prestaciones durante toda su puta vida. No son más que parásitos.
Necesitaba algo que le tranquilizase los nervios. Rebuscó en la guantera hasta dar con su frasco de valeriana en forma de píldoras.
Cuando se reincorporó contra el respaldo del asiento, se llevó un sobresalto al ver al empleado situado al lado de la ventanilla.
- Joder. La madre que te parió. Sólo me faltaba que este espantajo me diera este puto susto.
El hombre toqueteó el cristal con los nudillos, solicitándole con ese gesto que se lo bajara.
- ¿Qué querrá este muerto de hambre?
Richard suspiró hondamente. Hizo descender la ventanilla para escuchar lo que aquel inepto tuviera que preguntarle.
- Cabrón - le espetó el empleado de la estación de servicio.
Enarbolaba una llave inglesa Stillson. Richard quiso cubrirse el rostro con el brazo izquierdo.
El impacto contra el mismo le produjo la fractura del radio.
- ¡Dios! - gritó Richard soportando un dolor inadmisible.
Dejó instintivamente reposar su brazo sobre el regazo.
Fue entonces cuando vio el giro de la llave inglesa por segunda vez en la misma dirección. En esta ocasión acertó de pleno en su rostro.
- Miserable... cabrón... - gimoteó Richard.
Su ojo izquierdo estaba casi colgando. Quiso quitarse el cinturón de seguridad que le mantenía a merced del ataque de aquel bastardo.
Recibió de lleno otro segundo impacto que le hizo perder la conciencia, con el rostro hinchado y destrozado inclinado sobre el hombro derecho.
El empleado dejó caer la herramienta sobre el suelo. Echó un vistazo al salpicadero, fijándose en el nivel de la gasolina. Se aproximó a la parte posterior del Lexus. Desenroscó la tapa y acercando la manguera del surtidor lo estuvo llenando hasta casi dejarlo completo. Colocó la manguera en su sitio. Luego extrajo un trapo de tela del bolsillo de su mono de trabajo. Lo fue plegando, y lo introdujo en el depósito de la gasolina. Acto seguido cogió su encendedor, aplicándole la llama al borde del trapo que sobresalía.
Se fue apartando, hasta resguardarse dentro de la seguridad de su oficina.
A través de los cristales pudo observar cómo el Lexus estallaba en llamas, llevándose entre ellas la vida de Richard Messler.
El mal nacido que destrozó su modo de vida con Elsa al despedirle meses atrás como jefe de mantenimiento del edificio Sarronds.
Buscó la botella de Chivas Regal en el cajón de su escritorio. Llenó un vaso con generosidad y se lo bebió de un sólo trago.
Después se puso a fumar un cigarrillo.
Reclinado contra el respaldo de su silla, contemplaba satisfecho el amasijo de chatarra carbonizada en que se iba convirtiendo el coche de lujo con su dueño en su interior.
Fue entonces cuando tuvo que convenir en que el padre Sierra estuvo del todo acertado en decirle meses atrás que su redención aún estaría por llegarle.

4 comentarios:

  1. De nuevo gracias por pasarte por mi blog, ANRAFERA.
    Y deseemos que los que pierdan su empleo, no emulen al protagonista, si no la poli no iba a dar abasto, ja ja.
    Un saludo.

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  2. vaya final,de pelicula eres grandioso te dejo mis 10 de hoy y vuelvo por más
    despe

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  3. Hola, despe. Te reitero mi agradecimiento porque te gusten mis relatos.
    Las puertas de mi castillo siguen abiertas. Aunque a lo mejor, es preferible no entrar. Nunca se sabe si habrá posibilidad de salir huyendo de él.
    Bueno. No te quiero asustar mucho. Mi intención es que puedas volver siempre que quieras.
    Un saludo.

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