domingo, 27 de junio de 2010

La sacudida del alma. Capítulo Catorce.

LA SACUDIDA DEL ALMA. A Cuchillada Limpia Productions S.L. 2010.
Presupuesto destinado a la escena: Empeñando entre todos los relojes de pulsera, se reunió la cantidad escalofriante de 77 dólares. En esta escena gastamos la módica cifra de... 5 dólares.
Detalle destacable: Como en esta secuencia tan sólo hubo un rollazo de charla insípida entre dos de los protagonistas, todo el equipo pudo respirar aliviado a dos pulmones como si estuviera en lo alto del Himalaya. Ya se estaba viendo el final del túnel. La película llevaba camino de culminarse, reservando el dinero logrado para el último capítulo que mencionaba el guión. Aquí empleamos 5 dólares en la compra de queso mozarella. Ya se sabe. Era el efecto casero de la piel cayéndose a tiras. Se derrite y se esparce sobre el rostro y las manos de los actores. Al principio se quejan porque quema, y luego deja marcas rojas de quemaduras de poca importancia. En resumidas cuentas, todo sea por amor al arte..., y el ínfimo espectáculo de la película. Por lo demás, toma única, y es una pena, porque cuando Laura emplea la claqueta, tiene un estilazo además de un buen tipito con su top ceñido y escuesto y su minifaldita (vestuario impuesto por el director del film, je je).


Capítulo 14.

EL DIÁLOGO




                29 de diciembre de 1975
                07:05 p.m.
                Lugar: Bar-restaurante Limb

                El doctor Moonsefe apareció por el bar con las dos manos rigurosamente vendadas. Escrutó con su mirada cansina el interior del local, hasta localizar al comisario Riners. Este estaba sentado en uno de los taburetes, hablando consigo mismo, viéndose reflejado en el espejo decorativo situado detrás de la barra del bar.
                - ¿De qué te ha servido ser un tío legal? Otros han sido unos cochinos miserables toda su vida, pero no han acabado de esta forma, joder…
                El comisario tenía una mano vendada. En realidad no había nadie en todo el pueblo que estuviese inmune a los efectos devastadores de la Nueva Lepra Norteamericana.
                Riners intuyó la presencia del médico por el propio espejo. Se dio la vuelta en el asiento para encararlo de frente.
                - Hola, doctor – dijo con desgana. – Tome asiento conmigo y compartamos un combinado, ja.
                El doctor Moonsefe se dirigió hacia el policía y se dejó caer de golpe sobre el taburete.  Ambos eran los únicos clientes presentes en el bar.
                - Lamento reconocerlo, pero esto es el fin de todos nosotros – acertó a decir Moonsefe.
                - No diga eso – Riners le dio una palmada en la espalda. – Debemos de sentirnos afortunados por el cordón de seguridad que rodea al pueblo. Los de la guardia nacional deben de estar disfrutando con el espectáculo que les estamos ofreciendo visto a través de sus prismáticos de visión nocturna, ja.
                - Su humor es admirable para alguien que está a punto de morir en menos de cuarenta y ocho o setenta y dos horas a lo sumo – continuó el doctor con su pesimismo.
                - Je, y eso que los profesionales de la medicina sois los últimos en perder la esperanza.
                Moonsefe apoyó los codos sobre el mostrador, dejando hundir la cabeza entre las manos.
                - Todos los infectados están encerrados en sus respectivas casas. No hay nadie en todo este maldito lugar que resulte indemne a los efectos mortales de la enfermedad.
                - ¡Venga! No se ponga tremendista – Riners suspiró. Una mancha blancuzca se extendía por su entrecejo.
                - Esto es un castigo divino. Algo hemos hecho mal para merecerlo – Moonsefe alzó su rostro y miró fijamente al comisario. – La lepra no se propaga con tanta rapidez.
                - Está hablando de la lepra ordinaria.
                - ¡Aunque la Nueva Lepra Norteamericana sea extraordinaria, no se comprende que tenga tanta virulencia, por Dios! En apenas doce días ha acabado con el setenta por ciento de la población de Marrow. La cuarentena no ha podido aplicarse porque incluso gente que no ha estado en contacto con Carnago Limb, ha contagiado a terceras personas, y todo ha sucedido con una rapidez de transmisión inesperada. Y la gente que estuvo con Carnago, falleció en menos de treinta y seis horas.
                - Menos usted y yo. Los dos hemos estado bien cerquita del bastardo de Limb.
                - Si. Efectivamente. Es raro. Los dos somos los que menos afectados estamos. Sólo puede explicarse que nuestro sistema inmunológico es más resistente que la media de la mayoría. Algo ciertamente desconcertante.
                - Ya  sabe, doctor, mala hierba nunca muere ni aunque será merecedor de ello.
                - Estúpido dicho  – tras decir esto, el silencio se instauró por varios segundos hasta que retomó la conversación. - ¿Qué hay del supuesto asesino múltiple del hospital?
                Riners esbozó una sonrisa bobalicona, hastiado ya de todo lo que atañese al pueblo.
                - No me creerá, pero no se trata de ningún criminal.
                - ¿De qué se trata entonces? En este caso, quitando con Jenny, la Nueva Lepra Norteamericana no fue la causante de las muertes.
                - Yo lo atribuiría al ataque de una fiera. Alguna clase de animal salvaje.  A Willo le fue arrancada la cabeza de cuajo por mediación de unas garras bestiales. Es que lo viene en el informe del forense. Bueno, lo que este pudo analizar, antes de morir por los efectos de la lepra.
                - ¿Y con respecto a Jackels? Ese tenía claramente una serie de incisiones enormes en la garganta.
                - Se lo atribuiría a Willo. Los dos se odiaban desde hacía un tiempo.  En cambio con la enfermera, como bien dices, murió de la lepra.
                - Si. Pobre Jenny.
                “Era mi amante, ¿sabe? A pesar de su juventud y de la diferencia de edad que nos separaba. La forma en que la atacó fue impresionante. En medio día la enfermedad la condujo a la antesala de la muerte – Moonsefe cerró los ojos llorosos de golpe para volver a entreabrirlos hasta poder escrutar por las rendijas formadas entre párpado y párpado. – Esto no es normal, comisario. Esto es una puñetera pesadilla infernal.
                - Y por lo visto se trata de una pesadilla donde no hay previsto un final feliz por el guionista de los cojones – Riners puso la puntilla final a la charla, se levantó y se dirigió hacia los servicios de hombres.
                Conforme se acercaba, una entidad de dos metros de altura y recubierta de un espeso pelaje permanecía escondida cercana al quicio de la puerta.
                Su dentadura brutal esbozó una sonrisa inhumana.
               (Continuará...)


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