lunes, 12 de julio de 2010

Vampiros en los sanfermines (Vampires in Sanfermines).

             
                - ¿Llevas el equipo?
                - Si.
                - Entonces vamos allá.


                Sensaciones de felicidad, contrastadas con las fiestas de San Fermín. Conocidas en el mundo entero. Para nosotros, simplemente significa un punto de encuentro de miles de personas llegadas del extranjero a quienes poder seleccionar de manera arbitraria al ritual de la extracción de la sangre que nos alimenta.
                Somos innumerables. Sometidos al anonimato de las multitudes. Durante el resto del año viajamos de región en región donde haya aglomeraciones de masas y quede impune nuestra ansiedad de sed por la sangre ajena. Es nuestro don. La vida casi eterna. Y debemos de sacarle partido sin remordimientos que afligen nuestra conciencia.
                Mi compañero se llama Greg Larsson. Es sueco. De Högsböle. Aparenta el físico y edad de un chico granjero de veinticinco años. Su edad real supera los cien años. Yo me llamo Matías Soller. Soy alemán. De Bremen. Estoy en los cincuenta, pero tengo realmente ciento quince años. Ambos somos políglotas. Y nos defendemos en español. Hemos tenido muchísimo tiempo para cultivar nuestras inteligencias humildes, centrándonos en los idiomas que nos sean más útiles para conseguir lo que perseguimos, la alimentación necesaria que prolongue nuestra agonía sin fin.
                Pamplona. Una ciudad de doscientos mil habitantes que durante las famosas fiestas de San Fermín quintuplica su población, sobre todo cuando coinciden sus fechas en fin de semana. La camaradería  de los locales con los visitantes facilita nuestra labor. A pesar de los intentos de perfeccionar el castellano, se nos nota el acento, así que preferimos centrar nuestros esfuerzos con los extranjeros. La mayoría gente joven que se suma a la fiesta del alcohol. Si están bebidos, la ración de sangre es obtenida con toda facilidad, sin levantar el más mínimo de las sospechas.
                Somos vampiros modernos.
                No mordemos.
                Empleamos jeringuillas para extraer la suficiente sangre de las venas ajenas y así ir acumulando la dosis necesaria que controle nuestra hambre durante un tiempo limitado.


                - ¡Venga, chicos! Vayamos al parque a tumbarnos a ver los fuegos artificiales. Luego podemos echar una cabezada – nos dice un joven que procede de Leeds, Inglaterra.
                Greg da el visto bueno. Contemplamos el espectáculo nocturno tumbados sobre el vientre sobre la hierba del parque de la Vuelta del Castillo, sin dejar de pasarle la botella de litro y medio de sangría al inglés. Está lo suficientemente bebido, así que cuando lo vemos dar cabezadas, procedemos con la debida cautela. Nadie se fija en el detalle de la goma que colocamos en su antebrazo derecho. Mientras mi compañero mantiene su brazo firme y quieto, voy extrayendo la sangre con la jeringuilla. En el instante que la lleno, vacío su contenido en un vaso de plástico de doscientos centilitros y comparto la sangre con Greg. Nuestra satisfacción es plena.
                - Saquémosle más – me insinúa mi amigo.
                - No es necesario. Recuerda que debemos de pasar desapercibidos. La noche es interminable en Pamplona. No nos van a faltar nuevas vacas que ordeñar.
                - Como siempre, tienes razón, Matías. Son mis nervios. Parece como si nunca voy a dejar de ser un principiante.
                - No te obceques con la sangre, amigo mío. En nuestro nutriente principal, pero acuérdate que somos vampiros modernos. No la caricatura que se muestra de nosotros en el cine y la literatura.
                - En eso tienes razón también.
                “Dejemos a este chico durmiendo la mona y pasemos la madrugada divirtiéndonos por las discotecas. Seguro que hoy ligamos alguna chica de buen ver. Esta sangre ha revitalizado mi espíritu de Casanova.
                - Muy bien, Greg. Ningún problema. La diversión dura más de una semana. Mañana por la noche seguiremos con la rutina de la cosecha de la sangre.
                Y sin más dejamos al inglés durmiendo sobre la hierba.
                Mientras, como vampiros contemporáneos, nos sumamos a la fiesta nocturna, regenerados por la sangre fresca recién ingerida.


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