domingo, 8 de agosto de 2010

Asesinos ficticios: Humphrey Stuggs, el orquestador de la matanza de Norwich. (Fictional murderers: Humphrey Stuggs, the orchestrator of the massacre of Norwich.)



Pocos datos se conservan de Humphrey Stuggs en los archivos locales del condado de Chenango, donde se encuentra la pequeña ciudad de Norwich. Estamos citando el año del luctuoso suceso ocurrido por las aviesas intenciones del susodicho Stuggs: 1896. Por aquellas fechas Norwich superaba los dos mil habitantes. La ciudad se ubica al lado del curso del río Chenango. Compuesta por un núcleo urbano en pleno crecimiento para la llegada del siglo XX, muchos de los habitantes en ella empadronados tenían sus viviendas en forma de granjas en el valle que lo circunvala, que unido a los bosques y colinas que la rodean al este y al oeste, dotan de un aire idílico a Norwich. A pesar de su insignificante tamaño como localidad media del estado de Nueva York, Norwich disponía de una importante compañía farmacéutica, una fábrica de martillos y una red de trenes de cercanías. Además era la ciudad más dotada de servicios y entretenimiento del condado de Chenango, razón por la cual era muy concurrida por los residentes de las poblaciones cercanas.
En pleno año 1895 el Ayuntamiento dotó de una explanada justo en el núcleo urbano donde se pudieran desarrollar eventos y festivales culturales. El primer festival fue el de Animales Exóticos de Norteamérica y del Resto del Mundo. Tuvo lugar un año después.
Humphrey Stuggs no era natural del lugar. Tras haber cometido la salvajada sangrienta del año y haber sido convenientemente linchado a las pocas horas por una horda incontenible que buscaba venganza, su cadáver fue troceado por el carnicero Evans y sus restos arrojados en el comedero de la pocilga de cerdos del granjero Nutton Jenkins.
Por lo poco que se sabe, Humphrey tendría unos cuarenta años y llevaba unas semanas residiendo en la pensión de Martha Cummings. No trabajaba en Norwich y se le veía con frecuencia en las tabernas y bares de la localidad, bebiendo sin parar hasta caer redondo, y cuando no perdía el sentido, lo conseguía por los puñetazos que recibía en las peleas, dado que era muy reincidente en producir altercados cuando ya no le quedaba dinero y el tabernero se negaba a seguir sirviéndole whiskey de alambique. El sheriff Brenton lo detuvo tres o cuatro veces para que durmiera la mona en una de las tres celdas de la comisaría de Norwich. El agente de la ley jamás supuso que detrás de los barrotes, sumido en sus locos sueños tendido sobre el catre de la celda que en aquel momento le correspondía se hallaba el futuro orquestador de la mayor matanza de civiles en su querida ciudad.
Era el mes de junio de 1896. El día 7 se inauguró la primera gran exhibición de Animales Exóticos de Norteamérica y del Resto del Mundo. Enormes fieras, bestias y reptiles de gran tamaño, en principio amaestrados por los domadores de circo más renombrados del país. De hecho, la mayoría estaban expuestas fuera de sus jaulas, amarradas mediante simples gruesas sogas a las patas de cada ejemplar que las unían a estacas de acero hincadas en el suelo a golpe de mazo.
Los primeros dos días fue un éxito total. Más de cinco mil personas llegadas de todo el condado y del resto del estado de Nueva York se sintieron atraídas por la exhibición monumental de bestias cuadrúpedas. Los domadores dejaban que los visitantes acariciaran a los animales. Incluso que a los más mansos se les alimentara con pienso, cacahuetes, alfalfa o pollos crudos a la boca.
El desastre que marcaría para siempre con letras de sangre a Norwich sucedió al día siguiente. Al mediodía, la figura de Humphrey Stuggs emergió de entre la multitud. Portaba cohetes pirotécnicos, unas ratas muertas y una escopeta. Sin que nadie supiera lo que aquél loco pretendía, arrojó los cohetes recién encendidas las mechas entre las patas de las fieras, las ratas entre las de los paquidermos y efectuó diversos disparos al aire para asustar al resto de los animales insuficientemente atados para tal circunstancia.
A resultas de esta actuación disparatada, los dos Elefantes Furibundos Africanos arrollaron a unos cuantos espectadores, hasta alcanzar la tienda de Dorothy Maccur, destrozándole el local y dejando a la mencionada señora hecha una pena hasta agonizar entre gemidos de impotencia.
El Hipopótamo Salvaje del Orinoco aireó con donaire su pequeña cola, recubriendo a los presentes más próximos con una lluvia de excrementos letales dada su toxicidad, para salir huyendo, llevándose por delante dos casetas de la feria, con los respectivos feriantes que estaban en su interior atendiendo a la clientela.
Los  Aligátores de los Humedales de Florida consiguieron destrozar los bozales de cuero que contenían la fuerza de sus mandíbulas y fueron buscando con saña los traseros de los espectadores más rollizos. Billy Jacok, el joven de diecisiete años que había ganado recientemente el concurso de quien conseguía comer más tartas de arándanos en dos horas pasó a mejor vida debido a la gravedad de los mordiscos recibidos.
El Oso Hambriento del Alto Ampurdán, procedente de Cataluña ex profeso para la ocasión, se zampó al domador y al dentista de Norwich, quien estaba al lado del primero.
Por último, los Búfalos Astifinos de Oklahoma dieron cornadas a diestro y siniestro, ocasionando la muerte del enterrador Trevor Dennis y del alcalde Taylor.
Tras la orgía de sangre y muerte, los animales salvajes por instinto natural se refugiaron en los bosques cercanos.
Al poco de retener al autor de tamaño desaguisado, Humphrey Stuggs,  y practicarle la pena de muerte de manera instantánea, además de atender a los heridos y mutilados y de retirar a los fallecidos, el sheriff Brenton dividió a los voluntarios llegados de todos los condados del estado en pelotones de rastreo para encontrar y sacrificar a las bestias fugadas de la exhibición de Animales Exóticos de Norteamérica y del Resto del Mundo.
Esto les costó tres semanas, con el costo de tres bajas mortales.

Finalmente, la masacre ocasionada por Humphrey Stuggs se cuantificó en la siguiente lista de fallecidos:

Dorothy Maccur, 57 años,  murió aplastada bajo las patas de los elefantes furibundos.
Bred Hutton, 31 años y Albert Salgado, 25, feriantes muertos por la embestida del hipopótamo salvaje.
Tina Collins, 15 años, Tammy Bordon, 38, Drew Horn, 57 y Penn Got, 61, intoxicados por los excrementos del referido hipopótamo, quedando todos ellos con secuelas respiratorias y dermatológicas de por vida, e igualmente traumatizados, recluidos en el manicomio de Coldbear hasta la ancianidad y olvidados por el resto de los familiares.
Billy Jacok, de 17 años, fallecido como consecuencia de los mordiscos incontables que le infirieron los aligátores de los humedales de Florida.
Antonino Fernandino, domador de osos, de 51 años, y Luthor Fox, de 71, dentista, devorados hasta no dejarles ni siquiera el tuétano en los huesos de los esqueletos de ambos por el Oso hambriento del Alto Ampurdán.
Trevor Dennis, de 27 años, de profesión enterrador y Harry Taylor, de 69, alcalde de Norwich, corneados hasta la muerte por los búfalos astifinos de Oklahoma.
Nicolás Torrente, de 23 años, Gregory Tenant de 28 y Jeremiah Hurrahbelly, de 21, muertos mientras efectuaban las batidas de reconocimiento en búsqueda de las fieras descontroladas escondidas en los bosques alrededor de Norwich.

Resta informar que aquella fue la primera y última exhibición de Animales Exóticos de Norteamérica y del Resto del Mundo celebrada en Norwich.


3 comentarios:

  1. Excelente Robert, veo que sigues en tu gran línea. Aún continuo de vacaciones, pero no por ello dejo de visitaros -cuando puedo-. Me paso por 20 Blog para votarte. Suerte¡ Saludos

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  2. Hola, Anrafera. Sigue disfrutando de las vacaciones a tope. Yo las pillo la semana que viene, je je.
    En relación a la historia, sigue en consonancia con la serie de Asesinos Ficticios.
    Recibe un fuerte abrazo desde Pamplona. :)

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