lunes, 23 de agosto de 2010

La prueba del afecto. (Proof of affection).

Hace tiempo que no hago la entrada previa de uno de mis relatos. En este caso me permito unas breves líneas para explicarles a mis queridos lectores que puede que esta historia sea un poco durilla de leer. Avisados quedan. Y como siempre, en Escritos de Pesadilla nunca se prodigan los finales felices.
Que disfruten de la lectura...



Una persona enferma y cruel…
- ¡Noo! ¿Qué pretende hacerme?
La angustia de sus víctimas…
El sufrimiento.
El dolor.
La tortura.
La lucha por la supervivencia.
- Tengo que desfigurarte por completo. Hacerte irreconocible. De esta manera serás sometido a la prueba final del afecto. Si la superas, vivirás y retornarás con tus seres queridos.
“Si sale fallida, yo mismo te quitaré la vida, porque una vez seas rechazado, no aportarías nada a la humanidad nuestra tan perfeccionista.
Semanas y meses de seguimiento de cada futura víctima. Siempre la persona elegida era el novio o el marido. A ser posible sin hijos.
En el instante más propicio, llegaba el secuestro.
Su confinamiento durante semanas en su calabozo secreto.
- ¡Por amor de Dios! ¡Libéreme de esta penitencia!




Se consideraba un genio en transformar el aspecto físico externo de las personas. No era ningún cirujano plástico. Pero bien pensado, los médicos nazis no tenían bases científicas sólidas en sus crueles experimentos con seres humanos durante el holocausto de la segunda guerra mundial.
Su mentalidad era fría y certera. Empleaba con precisión el escalpelo y demás instrumentos quirúrgicos para sajar y deteriorar la piel de sus víctimas. También se servía de ácidos, de agua y aceite hirviendo.
Su presión psicológica sobre sus particulares cobayas era extrema. Les ponía a veces música altisonante las veinticuatro horas del día. La comida que les proporcionaba era escasa y magra, con el fin de ocasionar una pérdida de peso, falta de nutrientes, vitaminas, minerales y proteínas esenciales que ocasionaban la caída incipiente del cabello y las uñas.
Los ruegos de cada hombre torturado eran continuos. Sus gritos y aullidos eran tan tremendos conforme les infligía el castigo corporal que le hacían de tener que operar con tapones para los oídos.
El tiempo se eternizaba. Siempre permanecía atento a cuanto se emitiese por los noticiarios de la televisión y la radio, se informara en la prensa escrita y por las webs oficiales periodísticas de internet.
A veces se precisaba el reconocimiento público de la ausencia o desaparición de alguna de las víctimas. Otras veces se obviaba por causas desconocidas.
Lo que ignoraban los familiares de las personas desaparecidas era que, aparte de ejercer los cambios externos en la anatomía de estas, continuaba un seguimiento casi a diario de las novias y esposas.
Conseguida la información precisa, se la transmitía al marido o novio.
- Te sigue echando de menos. Está claro que será difícil que te olvide.
- Maldito… Pagarás por esto… Por todo lo que me estás haciendo…
- Te queda poco tiempo ya para afrontar la prueba. Deberías de estar ansioso por la cercanía de esa fecha, donde se demostrará que Eloísa te seguirá queriendo aún a pesar de tu aspecto.
Cerraba la puerta de acero a cal y canto.
La prueba del afecto.
La proporción entre el éxito y el fracaso de la misma se inclinaba manifiestamente por lo segundo.
Donald. Reginald. Samuel. Ethan.
Todos fueron incapaces de superarla.
¿Acaso lo lograría Eddie Williams?
Su joven esposa lo adoraba. Suspiraba por él.
Ahora estaba sumida en una profunda depresión desde que Eddie desapareciera hacía casi dos meses. La policía dio por archivado el caso, haciéndole ver que su marido se había marchado por iniciativa propia, motivado por las deudas de su empresa de hosting de páginas webs.
Conocedor de que Eloísa permanecía encerrada en su propia casa, dejándose marchitar por la inmensa pena que la afligía, no tuvo la menor duda de que ese sería el escenario ideal para llevar a cabo la prueba del afecto.
Con el táser inmovilizó a Eddie. Cuando este despertó, estaba sentado al lado de su captor, quien conducía el furgón.
- Vamos camino a casa, Eddie. Vas a ver a Eloísa. Y estoy seguro que aún a pesar de todo, ella te reconocerá  fácilmente.
- Eso espero…- dijo en un hilo de voz ronco Eddie.
Sumiso. A merced suya.
A eso conduce el deterioro de la mente tras un continuado daño físico y psicológico.



Eloísa estaba sumida por el efecto adormecedor del prozac entre las sábanas de su cama.
Percibió el sonido del timbre de la puerta. En un principio no le prestó gran atención. Ante la persistencia, se incorporó, recorriendo el camino hasta la entrada con paso cansino.
Quiso mirar por la mirilla, pero la persona que llamaba estaba situada fuera del alcance de la lente  de aumento.
En ese instante de inseguridad ante qué hacer, si abrir o no, una voz maltrecha y grave la llamó por su nombre de pila.
- Eloísa. Soy yo. Eddie. Por fin he regresado.
¡Eddie! Era su marido. ¡Estaba vivo!
Pero ese tono de voz no se correspondía con el de su marido.
Sin quitar la cadena, abrió la puerta hasta el límite permitido.
- Eddie. Si eres tú, muéstrate, y te abriré al instante. No sabes cuánto te he echado de menos.
Eloísa estaba anhelante. Impaciente por quitar la cadena. De abrir la puerta del todo para arrojarse en los brazos amorosos de su Eddie…
Sus expectativas de esperanza cumplida se desvanecieron al asomarse en el hueco de la puerta con el quicio un rostro esquelético y horrendo, surcado de profundas cicatrices. Llevaba puesta la capucha de una sucia sudadera deportiva para ocultar su calvicie extrema.
- Mi Eloísa. Déjame pasar. Estoy extenuado y necesito cuidados médicos urgentemente.
- ¡Tú no eres Eddie!
Aquella boca que le hablaba tenía los labios resecos y partidos, carecía de dentadura y supuraba por las encías sangrantes grumos de tono escarlata.
Era irreconocible. Su marido pesaba ochenta y cinco kilos. La criatura demencial presente en el quicio no llegaría ni a los cuarenta.
Eloísa estaba desquiciada por la presencia. Cerró la puerta de golpe y se apresuró a correr hacia el teléfono para alertar a la policía de la amenaza de un desconocido que la estaba acosando.
- Eloísa. Soy yo. No me hagas esto…
La voz de Eddie era llorosa.
Una mano se aferró a su hombro derecho.
Eddie se volvió para encontrarse con su captor.
- No has superado la prueba del afecto, Eddie. Ella no te ha reconocido.
Eddie no tenía fuerzas para resistirse. Lo acompañó hasta la furgoneta, desapareciendo de la vida de su mujer para siempre.



Un nuevo fracaso.
Tanto esfuerzo dedicado en la transformación de la víctima para nada.
La chispa del amor que debía de haber quedado entre marido y mujer no prendió al no reconocer Eloísa al monstruoso ser que la visitó como la identidad verdadera de Eddie Williams.
Eddie estaba colocado de rodillas sobre bolsas de plásticos esparcidos por el suelo de su celda.
De pie, detrás de él, estaba su creador.
Este mantenía la boca del cañón de la pistola apretada contra su nuca.
- Siento que no hayas superado la prueba, Eddie.
No le contestó. Ni rogó ya por su vida.
Todo era llanto entre gimoteos de pura desilusión.
Aquel disparo certero iba a rematar su terrible e infame calvario.
El dedo índice apretó el gatillo.
Un fogonazo y el estallido de la bala.
Seguido de un cerebro destrozado.
Un cuerpo que se derrumba, inerte.
Más tarde recogió el cadáver y limpió la estancia.
Llegada la noche se deshizo del quinto ejemplar que tampoco había superado la prueba del afecto.


10 comentarios:

  1. ¡¡¡guaaa!!!
    ENORME HERMANO.
    10
    10

    ResponderEliminar
  2. ...Terrorífco¡¡¡ Excelente relato, Robert, me ha gustado mucho...no creo que alguien supere la prueba, que barbaridad¡ Felicitaciones. Saludos.
    P.D.: Continuo con el "veraneo" hasta finales de mes, espero te vaya todo bien.

    ResponderEliminar
  3. El relato lo lei ayer pero ahora te comento... espeluznante, simplemente espeluznante. Valdria como guion de una peli de esas de terror pero de las buenas de una sola parte, no de esas que luego se van degradando hacia el gore gratuito en miles de secuelas.

    ResponderEliminar
  4. Gracias Cacique por el elogio. Con comentarios así, siempre serás bienvenido en Escritos, ja ja.
    Lo que es el ego del escritor amateur, eh.
    Saludetes.

    ResponderEliminar
  5. Hola, Anrafera. Pues si, está claro que el asesino no va a permitir que nadie supere la prueba. Los convierte en seres tan irreconocibles, incluso para los propios familiares de la víctima, que fracasan en el intento de superarla.
    La verdad es que el argumento es un poco heavy, je je. Esperemos que nadie lo copie y lo lleve a la vida real.
    Un saludazo y que disfrutes de lo poco que te queda de vacas, eh.
    :)

    ResponderEliminar
  6. Hola, Nerea. Gracias por tu opinión. Desde luego, si yo fuera director de cine de terror acudía a mi dirección de correo electrónico para intentar adquirir los derechos de llevarlo al cine, je je. Como estoy a dos velas, no me importaría si luego habría que hacer segundas y terceras partes. :P
    Evidentemente, si yo fuera el productor, como tú bien dices, la peli acabaría así. Sin continuación.
    Recibe un fuerte abrazo. ;)

    ResponderEliminar
  7. Terriblemente cruel y maquiavélico. Al mismo tiempo invita a pensar sobre cuanto nos conocemos por dentro con nuestras parejas.
    Salu2

    ResponderEliminar
  8. Buf, Markos. Me había pasado este comentario tuyo por alto. Un muchísimo tarde te contesto.
    Este caso es muy extremo, y desde luego, aún a pesar del cariño de la pareja, si te presentan a tu ser querido tras meses de ausencia con un aspecto desfigurado y horrible, etc, es muy fácil que no lo reconozca...
    Si lo hace, es que debe de haber algo más que amor, más bien un sexto sentido.
    Recibe un fuerte abrazo, compi. :)

    ResponderEliminar
  9. mi ma dice, "no te busques un hombre guapo porque al pasar el tiempo se le quita..." me traumas, deberíamos ver, que tal si tiene cuerpo de tentación y cara de arrepentimiento?

    ResponderEliminar
  10. excelso...buenisimo ...ya kiero ver la peli jaaaa

    ResponderEliminar