martes, 10 de agosto de 2010

La tribu Zoloqui.(Zoloqui tribe).

Tras varias penalidades, nuestros captores nos llevaron a su asentamiento. Como era previsible, se encontraba en un lugar inexplorado de la selva. Fuimos recibidos entre chillidos ensordecedores, así como zarandeados por los habitantes del lugar. Los niños nos pellizcaban y nos lanzaban piedras. Imposible esquivarlas todas. Las mujeres, completamente desnudas al igual que los varones y los menores, nos escupían al rostro y nos cubrían las extremidades y las mejillas con arañazos. Mientras, los ancianos nos contemplaban con cierta parsimonia.
Quise comunicarme con mis colegas, pero nos era imposible. Al poco de ser nuestra expedición atacada, con nuestros porteadores muertos a machetazos, fuimos reducidos y condenados a perder el habla. A Murray y a Donaldson les fueron arrancadas las lenguas. Yo tuve más suerte. Me hicieron de beber agua hirviendo, hasta hinchármela y después me la quemaron con brasas al rojo vivo…
Estábamos debilitados por la larga caminata, inmovilizados por lianas a modo de ataduras. Era época de lluvias. La ropa que nos cubría estaba empapada y desgarrada por la brutalidad de la maleza. Murray estaba muy enfermo. El último tramo que nos condujo al poblado y que duró tres arduos días de peregrinación infernal, los guerreros Zoloqui armaron una especie de camilla precaria para acarrearlo dada su extrema fragilidad física. Donaldson y yo cubrimos la semana y media de traslado desde nuestro campamento hasta la aldea Zoloqui a duras penas.
Ahora estamos recluidos los tres en una zanja estrecha cavada en el suelo. Permanecemos postrados de espaldas, maniatados y atados por los tobillos. Sobre nuestras cabezas hay colocada una tabla mantenida bajo el peso de enormes piedras cuya finalidad era impedir que fuera movida si acaso tuviéramos las suficientes fuerzas como para intentar hacerlo una vez liberados milagrosamente de las ligaduras que nos aprietan las carnes contra los huesos de las muñecas y los tobillos. La oscuridad es absoluta. El aire se vuelve viciado al instante.
Intuimos nuestro final.
Estamos a merced de ellos.
Sabemos que son caníbales.
Y que no conocen el sentido de la clemencia con los prisioneros que capturan…


Ocurrió de noche. Lo supe enseguida porque una vez retirada la tabla que nos mantenía recluidos contra nuestra voluntad en la arcaica celda hendida en la propia tierra del suelo la densidad de la oscuridad seguía siendo infinita. Unos guerreros me sujetaron por los brazos maniatados a mi espalda y con total brutalidad me obligaron a salir de mi encierro. Cuando mis ojos se habituaron a las sombras reales que no eran otros que mis captores, pude comprobar que mis compañeros de penurias continuaban encerrados bajo el peso de las piedras que mantenían la tabla en su sitio nuevamente. Estuve por jurar que Donaldson hizo esfuerzos ímprobos por gritar, pero los milagros dejaron de existir en el momento que fuimos cercados por los Zoloqui.
Fui conducido arrastrado sobre los pies, pues las piernas me colgaban, insensibles por la humedad continuada de mis ropas y la postura forzada mantenida por muchas horas en el fondo de la zanja.
Se me cerraban los párpados por los síntomas claros de la deshidratación y de la enfermedad de la selva. Si no perdía del todo el conocimiento era por los ramalazos de intenso dolor que mi lengua achicharrada e hinchada enviaban a mi cerebro.
Tras un breve recorrido, fui introducido en una de las chozas. Vi un lecho cercano, y sorprendido, dejaron que mi cuerpo descansara sobre él. Sentí que cortaban las lianas de las ataduras y una mujer anciana situada de cuclillas ante mi rostro me acercó un cuenco con un contenido repulsivo. Me hizo de beberlo y pocos instantes después pude dormir con cierta naturalidad tras diez días de espantos inenarrables para una conciencia sana.
Cuando desperté, me encontraba inexplicablemente mejor de ánimo y de salud. Tiempo después, supe que había estado más de cinco días de reposo, hasta que la fiebre de la selva remitió por completo. Permanecí unos cuantos días encerrado en mi nueva celda, esta evidentemente mucho más cómoda que la anterior. Se me alimentó dos veces al día con un caldo de aspecto desagradable y graso.  Se me retiraron los andrajos resultantes de mi traje de explorador, dejándome totalmente desnudo. Con el paso de las jornadas, vi que los nativos de la tribu Zoloqui dejaron de mostrarse hostiles hacia mi persona. Extrañamente, la mujer mayor que parecía ser la curandera, me demostró un cariño de lo más perturbador…
Estar tanto tiempo prisionero me hizo recapacitar acerca de la situación en la que me encontraba. No tenía sentido intentar huir de la aldea Zoloqui, pues estaba situada en un lugar remoto y desconocido de la inmensa selva. Me perdería irremisiblemente,  y moriría devorado por las bestias con instinto depredador del lugar.
Extrañamente, dejé de pensar incluso en la suerte de mis propios amigos de expedición. Seguramente que habían fallecido días atrás producto de las fiebres y la infección surgida por no haber sido cauterizadas las heridas de las lenguas al ser arrancadas de cuajo por las raras tenazas empleadas por los guerreros semanas atrás.
Los Zoloqui me enseñaron su lenguaje corporal. Se expresaban por signos. Ninguno empleaba vocablos de ninguna clase, a excepción de unos extraños gritos y chillidos cuando estaban enfadados o disgustados.
Cuando estuve suficientemente sano y robusto, me pintaron el cuerpo con tatuajes de guerra. Querían que formara parte de la tribu. Era un hecho extraordinario. Inusual. Impropio de su cultura cerrada y violenta.
Pronto todo quedó aclarado. La curandera consideró que yo era su compañero apropiado. Se encaprichó de mi persona nada más vernos llegar.
No pude negarme.
La ceremonia ritual de unión zoloqui tuvo lugar en plena fase de luna llena.
El altar estaba formado por las calaveras de los enemigos apresados y devorados.
Se me heló la sangre en las venas al apreciar que las cabezas en estado pútrido de Donaldson y Murray coronaban el montículo.
Uno de los guerreros me hizo saber que permanecían en ese estado como un tributo hacia mi persona. El resto de sus cuerpos fue devorado por la tribu.
Yo también formé parte del festín sin saberlo, pues cuando me estaba recuperando en la choza, lo que me sirvieron era la grasa de mis colegas en forma de un caldo espeso y nutritivo.
Quise olvidar esa fase triste de mi vida, para centrarme en mi futuro como consorte de la influyente curandera y a la vez como uno más de los guerreros terribles e implacables de la tribu antropófaga de los Zoloqui.


4 comentarios:

  1. No hay mal que por bien no venga, supongo... ¡buen relato!

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  2. Eso sí es una buena boda y lo demás tonterías. Aún no se lo había dicho, pero me gustan mucho sus relatos.

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  3. Hola, Nerea. Así es. Menos mal que me ahorro la descripción de la curandera... Bastante sufre el protagonista, je je.
    Un fuerte abrazo. :)

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  4. Gracias, sr Nocivo. Igualmente me anima mucho la lectura de su excelente y cáustico blog. En cuanto a la boda, mejor corramos un tupido velo para el infortunado explorador, cuyo nombre permanece en el anonimato por decoro.
    Un saludo de los gordos y terroríficos desde las catacumbas de Escritos. :P

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