martes, 28 de diciembre de 2010

La balada del cuatrero muerto.

Cometí un error fatal por el cual fui ajusticiado en público.
Colgado de una soga, la marabunta exigía el tributo por una decena de muertes sin sentido.
Yo era un forajido cualquiera.
La época de mi juventud fue muy difícil de vivir.
La Guerra de la Secesión dejó sus secuelas.
Si querías vivir de la rapiña, no había problema,
siempre y cuando no mataras en el empeño.
Yo era rápido de gatillo.
El dedo ligero lo tenía.
Si en los bancos los cajeros no andaban muy listos en mis demandas,
sus sesos quedaban desparramados por el suelo.
Si los tenderos no cumplían con mis requerimientos,
yo iba a ser el último cliente de sus establecimientos.
Disponía de mujer joven y de dos hijos varones muy pequeños.
Cuando fui detenido y expuesto ante un juicio público,
nada sabían de mi postrera sentencia a la pena capital.
Tras pender dos días de la rama de un olmo,
fui descendido a los infiernos.
Se informó a mi familia de mi innoble existencia como cuatrero.
Según tengo entendido, las lágrimas inundaron las magras tierras que poseo.
Al poco estas fueron expropiadas para satisfacer a los seres más cercanos de mis víctimas.
Alma, Cleg y Michael quedaron en la más extrema pobreza.
Por algún motivo que no comprendo,
mi cuerpo en avanzado estado de descomposición resucitó de entre los muertos.
Abandoné una fosa anónima, en la tierra destinada a los seres más abyectos.
Me incorporé sobre mis miembros inferiores, percibiendo un pálpito que me instaba a buscar a los componentes de mi linaje.
Estuve recorriendo millas de caminos inhóspitos de tierra reseca.
Cuando llegué a la comarca de mis ancestros, pude verificar que en esos escasos acres ya no residían mis seres queridos.
Las tierras fueron vendidas a gente extraña.
Ni siquiera eran nativas.
Hablaban en un idioma desconocido para mí. Seguramente procedentes del  extranjero.
Daba igual.
Mis movimientos eran lentos, pero aún así conservaba buen pulso.
Acabé con la vida de uno de los empleados de la finca y me hice con su escopeta.
Acto seguido, llevado por la furia de la venganza, asalté la que fuera mi casa, embardunándola de sangre fresca y sabrosa.
Al mismo tiempo, un impulso irrefrenable mi hizo alimentarme de la carne de los seres fallecidos esparcidos por los suelos de la hacienda.
Antes de que amaneciera, hice lo posible por ocultarme en una arboleda cercana.
En todo ese rato me invadió el sueño.
Tuve una ensoñación enfermiza donde vi los cadáveres de mis víctimas en mi anterior trayectoria como forajido.
Finalmente me espabilé cuando surgió mi mujer.
Mi querida Alma.
Sus preciosos labios carnosos me susurraron al oído que yo estaba muerto, y que era inútil que intentara encontrar su paradero.
Cuando despegué los párpados, había anochecido nuevamente.
Continué vagando errabundo.
Mis deseos eran reencontrarme con Alma y los chicos.
Nada me detendría en mí caminar errático.
Pasaron varias noches, donde mi hambre fue saciada.
En una casa, antes de devorar el corazón de uno de sus moradores, pude reconocer en las facciones de aquel hombre las correspondientes al agente de la autoridad que consiguió mi detención.
Su rostro petrificado por la visión de mi cuerpo resucitado tuvo la entereza suficiente de rogar por su supervivencia.
Me contó  que Alma y los pequeños vivían en una choza no muy lejos de su hacienda.
No perdoné su vida. Extraje sus entrañas, al igual  que las vísceras de su esposa y de su hermosa hija adolescente, devorándolas con fruición.
Estuve vagando la madrugada, animado ante la perspectiva de reencontrarme con mi mujer y con los mocosos.
Al rato, pude divisar la residencia actual de Alma.
Era una pocilga mísera y deplorable.
Mi ira se acrecentó. Tuve que controlarme. Afortunadamente estaba saciado, así que procedí a dirigirme hasta el umbral de la entrada a aquel deprimente cuchitril.
La puerta estaba sin asegurar.
Avancé sin demora. Estaba cerca de abrazar y de besar a mi bendita esposa y a mis inocentes hijos.
¡Alma! ¡Estoy de vuelta! – quise gritar llevado por la alegría.
¡Cleg! ¡Michael! ¡Vuestro padre ha vuelto! – estuve por anunciarles mi llegada.
Cual fue mi horror al descubrir sus cuerpos fríos y medio devorados.
Otro resucitado impulsado por el ansia de la carne fresca humana había asaltado la casa para cebarse en ellos.
Permanecí el resto de la noche velando sus cadáveres.
Quise llorar.
Me fue imposible.
Mis sentimientos habían desaparecido para siempre.
Desde ese instante, mi único anhelo fue alimentarme de la carne de los vivos.
Nunca iba a parar de hacerlo.
Me movía sin descanso, mascullando palabras inconexas.
Cada vez me era más difícil  manejar la escopeta.
De mi anatomía emanaba un olor nauseabundo.
Perdía porciones de piel, de cabellos y las uñas eran arrancadas con un simple tirón.
La noche en esa breve época fue mi protectora.
A ella me debía.
La zona fue poblándose de gente resucitada.
El Ejército de  la Unión se encargó de aniquilarlos con el empleo del fuego, la única manera de conducirlos a la paz eterna.
Finalmente me llegó el turno.
Conforme me consumía entre las llamas, lloré por última vez por mi Alma, Cleg y Michael.
El resto de los muertos causados por mi violencia irracional en la vida normal como mero bandido no me causaba ningún cargo de conciencia.
Mucho menos los fallecidos durante mi frenético estado de resucitado por la gracia divina de Dios o la intervención maldita del Diablo.


jueves, 23 de diciembre de 2010

Es un placer acompañarte.

El relato que viene a continuación está dedicado a Costampla, del blog "Achiques y Espacios"
Al mismo tiempo, hacer la incidencia de cara a mis lectores y seguidores habituales, que la historia en cuestión es de género fantástico. No hay sangre. No hay vísceras. Nadie guisa la cabeza de un panoli por mero placer caníbal. Estamos en unas fechas muy especiales. No se trata de un cuento de navidad, pero si es una pieza llevadera, imbuida de cierto espíritu de "Bienvenido Mister Marshall" si la hubiera dirigido un servidor en vez del genial Luis García Berlanga, ja ja.
Si alguien se desilusiona por el tono del relato, mil disculpas. Os aseguro que en Escritos de Pesadilla los hechos terroríficos retornarán en cuanto Santa Claus sea tiroteado desde un rascacielos de quinientos pisos. Vamos, que casi mañana mismo...



          Siempre Lo Mismo es una metrópoli industrial. Ni es desmesurada en dimensiones de tamaño y población como Nueva York, ni escasamente valorada en la magnitud regionalista de una localidad de poco relieve a nivel nacional. La ciudad de la que os hablo, es parecida a cualquiera de tamaño medio que conozcáis. Puede que parecida en simetría a la vuestra, por ejemplo. Y eso es mala señal. Porque si os cuento que en Siempre Lo Mismo se rebelaron las Sombras Humanas, os entrará el tembleque.
                En Siempre Lo Mismo las personas mayores estaban  frecuentemente atareadas. Tenían que madrugar muy temprano para ir al trabajo. Los niños, por otra parte, tenían que levantarse no mucho después de las siete; así se aseaban, desayunaban, se vestían, colocaban los libros escolares y los cuadernos de apuntes en la mochila, salían oportunamente a la calle y esperaban en plena intemperie al autobús escolar que iba a transportarles en un periquete al colegio de sus amores.
                Todo el mundo estaba ciertamente muy ocupado en Siempre Lo Mismo.
                Los Futbolistas del equipo local tenían que acudir a las instalaciones deportivas para ponerse a las órdenes del entrenador y su correspondiente preparador físico. Sudaban la gota gorda. Debido a lo empapadas que se les quedaban las sudaderas tras los tres cuartos de hora de entrenamiento, exigían que se les revisara de inmediato el contrato firmado un mes atrás. Ahora estaban a cinco jornadas de concluir la temporada. Por mor de los representantes de los jugadores, a fin de así obtener la comisión oportuna, era norma generalizada que se les subiera los emolumentos de la ficha cada mes y medio. A las figuras, eso sí, se les incrementaba el salario semana a semana por el tema de su revalorización, aumentándoseles en la misma proporción las cláusulas de recisión, y así todo quisque contento.
                Los pintores de brocha gorda tenían que ir derechitos donde se les indicaba desde los servicios de obra pública del Ayuntamiento con el fin estético de pintar los bancos, balaustradas, farolas y papeleras de los parques públicos. No paraban de renovar el maquillaje externo del mobiliario urbano hasta haber acabado con toda la pintura barata de los botes.
                Las estanqueras permanecían acomodadas detrás del mostrador de su tienda, imprimiendo el sello a las quinielas de las personas que mantenían infinitas ilusiones en acertar los quince resultados futbolísticos del domingo en curso. Confiaban tanto en sus posibilidades de lograr el pleno, que sin recato dudaban lo más mínimo en poner a perder al celebérrimo equipo local que estaba a un pasito de codorniz de abandonar la actual categoría, ostentando el farolillo rojo camino de la Segunda División B.
                Los muchachos de la empresa “Hache Dos  O” conducían su camión cisterna por todo Siempre Lo Mismo, dispuestos a inundar las piscinas privadas. Había mucha gente pudiente que residía en casonas unifamiliares, dotadas con jardín artificial con la hierba prefabricada en Tailandia y con piscina de dimensiones cuasi olímpicas. Cuando llegaban los primeros calores del verano, querían disfrutar plenamente en esos meses, cumpliendo con el prosaico hábito de darse algún que otro chapuzón llamativo y nada espontáneo, salpicando  a los más perezosos tumbados a la bartola y degustando sus jarras llenas de espumosa cerveza de importación irlandesa.
                Los tres aviadores comerciales de Publicidades A Mansalva Sociedad Limitada recorrían a vuelo rasante el cielo de Siempre Lo Mismo. Atada a la cola de cada aparato volador, una pancarta muy larga y extensa que invitaba a los transeúntes sedientos a beber limonada sin gas de la marca Olvídate de la Ginebra.
                Había personas que no tenían la obligación moral de trabajar ni por cuenta propia o ajena. Eran los Ancianos, que ya habían ejercido suficiente en sus buenos tiempos. Ahora disfrutaban del tiempo libre e iban a las plazas y demás zonas verdes de esparcimiento a pasear por los senderos y caminos para evitar que las bisagras de sus codos y rodillas no fueran víctimas del óxido. Los que estaban para menos trotes, se conformaban con sentarse en los bancos recién pintados, charlando con ejemplar coherencia entre ellos.
                Existía diversidad de profesiones. En todas ellas, las personas adultas desempeñaban las idénticas funciones seis días a la semana. Eso los varones, porque las féminas además de trabajar,  cumplían con su farragosa función de amas de casa. En este caso la semanita entera, buf. Por otra parte, los menos afortunados,  los parados,  devoraban con la vista listados de empleos temporales en las oficinas del INEM, sellando su tarjeta de renovación trimestral, antes de embarcarse en nuevas tentativas de búsqueda laboral en las empresas sin ánimo de lucro de trabajo temporal. Todo ello de lunes a viernes.  Mientras los menores de edad tenían que aprender sus duras lecciones escolares y estudiantiles cinco días a la semana.
                Nadie parecía querer romper moldes. Perforar las murallas de la rutina más sosa y persistente que pudiera rodear el castillo menos imaginativo de la historia. En definitiva, obrar de manera distinta en su calendario vital. Disponer de otro talante en humor y carisma, carambita. Pero no existía ninguna mente despierta y valerosa que quisiera erigirse en adalid del esparcimiento por siquiera media hora diaria. A consecuencia de la indiferencia de las personas por divertirse, las sombras iniciaron los preámbulos de su Sublevación.
                Empezaron por organizar una reunión clandestina.
                Las Sombras Adultas eligieron la Plaza Mayor para acometer tal fin. La hora escogida, las Tres horas, Cinco minutos y Dos segundos de la madrugada. Quedaron a esa hora porque casi la totalidad de habitantes en mayoría de edad estaría en semejante huso horario soñando fantasiosamente con ovejitas tristonas balando sus penalidades conforme saltaban una valla en plena campiña inglesa. Las sombras que no pudieron acudir al cónclave, bien porque sus dueños trabajaban en turno nocturno, o bien porque alguno de ellos no conciliaba el sueño, permaneciendo espabilado en la cama, leyendo con gran apatía un libro de bolsillo, no iban a influir de manera determinante con su falta de asistencia. Eran minoría. De cien mil Sombras Adultas, puede afirmarse que acudieron ochenta y cinco mil.
                Las Sombras (o como prefieren definirse ellas mismas como Siluetas Penumbrosas) no tienen volumen, ni ocupan espacio material, al poder quedar proyectadas varias de ellas (en este caso una enormidad) sobre una sola y simple sombra. Es por eso que las ochenta y cinco mil unidades pudieron caber fácilmente en la Plaza Mayor de Siempre Lo Mismo.
                Una vez concentradas todas en un mismo punto, el Portavoz  de todas ellas, que no era otra que el de la Sombra Mayor (que era el Jefazo  de las sombras porque pertenecía al respetable y esforzado levantador de piedras de más de 300 kilogramos, Mikel Kilo Haundia) tomó la palabra:
                - Estimadísimas sombras femeninas y varoniles. Tampoco quisiera olvidarme de las sombritas de los chavalines, quienes no han podido acudir hoy a la cita por motivos lógicos de reposo y nocturnidad. Una sombrita tiene que descansar hasta hacerse tan grandullona como su dueño. Que entonces le llegará el turno de tener que echar el resto, incluso si ha de permanecer insomne noches enteras cuando su propietario sea un poeta en búsqueda de las musas que le inspiren. Pero en este momento de sus bisoñas vidas les corresponde permanecer unidos a sus amos en el lecho del descanso.
                “Hecho este inciso, pasemos al meollo del asunto. El motivo de la presente cita masiva de sombras no es otro que resaltar nuestro pertinaz disgusto. El comprobar que día a día nuestros dueños repiten las mismas y reiterativas actividades, no hace más que conducirnos a un estado anímico de total abatimiento. Para que no nos venza la tibieza moral del tedio supremo, nos vemos en la disyuntiva de tener que responder por fin a las preguntas que nos aturden día y noche. ¿Qué podemos hacer con nuestros propietarios? Ya que no se nos tiene en la debida consideración, ¿cómo podemos trasladarles nuestras principal preocupación, la de nuestro actual estado de ánimo? ¿Qué hemos de hacer con su parsimonia rutinaria? ¿Decirles a la cara de sopetón que nos ABURREN?
                - ¡Ohhhhh! – asintieron las sombras.
                - ¿Manifestarles claramente que deseamos que sean personas más dinámicas y espontáneas?
                - ¡Sí! ¡Eso es lo que hay que decirles! – dijo una sombra anónima.
                - ¡Si es preciso, se les zarandea! – manifestó otra, enérgica y decidida a pasar a la acción.
                - ¿Comentarles lo agradable que sería que nos entretuvieran de tarde en tarde con algún acto ocioso? ¿Sugerirles que ya es hora de pasarlo bien de una vez por todas?
                - Ya estoy harto de tenerme que despertar a la misma hora, ducharme a la misma hora, desayunar a la misma hora, acompañar a mi dueño a la estación de tren a la misma hora y tener que emularle en la inercia entre bostezos cómo agita el dichoso banderín y hace soplar el estridente silbato al paso de los ferrocarriles de vía estrecha cada mañanita y tardecita – reconoció abiertamente y sin tapujos la sombra del Jefe de Estación.
                Una vez relatada esta situación tan decadente, las demás sombras convirtieron la reunión clandestina en una especie de confesionario público al aire libre.
                Hasta que una sombra, más lista e innovadora que el resto, depositó su ocurrencia en el buzón de sugerencias.
                - ¿Por qué no nos declaramos en huelga de servicios? Abandonemos a nuestros grises dueños. Veamos cómo reaccionarán al quedarse sin sombra que les siga.
                - ¡Perfecto!
                - ¡Fabulosa y grandiosa idea la suya!
                - Recomiendo que sometamos la propuesta de la sombra de Rufino Carrascosa, empleado de correos pedestre, a votación a mano alzada – vociferó la Sombra Mayor.
                De tal modo se procedió al sufragio universal. Un sinnúmero de brazos ennegrecidos como la pez se fueron elevando en vertical por encima de las cabezuelas densas de las sombras. El resultado, una vez efectuado el recuento de votos, fue obvio e inevitable: la huelga de inobediencia penumbrosa iba a llevarse a efecto de inmediato.
                - Esperemos que una resolución tan dolorosa y agresiva en las formas, pero justa y necesaria en el fondo, prenda en las mentes poco conscientes de nuestros dueños – comentaban las sombras entre sí, conforme se disgregaban por las calles y demás vericuetos de la población, disolviéndose en un santiamén la concentración nocturna.
                La huelga podría considerarse poco legítima en las formas al no concurrir el permiso legal para su convocatoria, pero sus efectos no tardaron ni un microsegundo en apreciarse en las veinticuatro horas siguientes.
                La ciudad fue desperezándose con la indiferencia de un zorro haragán e indolente, sin la menor ganas de salir de caza por tener la gripe. La propia urbe tardó poco o nada en reconocer que no echaba de menos el transcurrir de cada día uniforme y apagado que conformaba la unidad de hojas del calendario del mes presente. La gente inició sus costumbres matinales, abandonando sus respectivos hogares para dirigirse con la sincronización y la conciencia plana de un autómata estandarizado hacia sus respectivos centros de estudio, de trabajo y de actividades diversas a lo largo de la jornada. En un principio, nadie se percataba del cambio sustancial experimentado en la cotidianidad de sus vidas. La verdad sea dicha que las nubes enladrillaban el cielo, impidiendo que la incipiente salida del astro solar tamizara sus rayos tenues y vacilantes sobre la faz de la urbe, retardando la proyección esperada de las sombras, nexo de unión con la silueta corpórea de sus amos bípedos. El alumbrado público era muy triste y desganado, por el ahorro en tiempos de crisis. Además, a esa hora tan temprana, nadie estaba para fijarse si le seguía la sombra. Un ratito más tarde, se cumplieron los pronósticos de los meteorólogos, y el sol dejó de practicar el juego del escondite, ofreciendo su bendita redondez a las once de la mañana, sin que ninguna mísera nube solitaria sobrevolara el espacio aéreo de Siempre Lo Mismo. Con el aporte luminiscente del foco resplandeciente, los primeros damnificados por la carencia de sombra propia pudieron por fin darse notoria cuenta de su paradójica ausencia. El rumor se fue propagando por el mapa tridimensional de la metrópoli como un fino reguero de pólvora a punto de estallar. Para el mediodía, un sector importante de la población de Siempre Lo Mismo conocía el extraño fenómeno fisonómico del que eran objetos directos. Nadie que fuese humano disponía de la confianza de su sombra. Ya podían ejercer de pantalla ante cualquier foco difusor de luz artificial, que la sombra no surgía prolongada en oblicuo sobre el pavimento o aplastada contra la tapia.
                - ¡Estamos sin sombra! ¡Qué desastre! ¡Qué horror! – dijo el alcalde a su teniente de alcalde. – Hay que convocar un pleno urgentísimo, con la asistencia de todos los miembros de la corporación municipal. Y hay que ordenar con toda prontitud una investigación minuciosa de los hechos al mando principal de la policía local – añadió, dotando de una poderosa inflexión a su voz de por si siempre amansada.
                El alcalde encendió el foco de su lámpara articulada situada encima del escritorio. Abrió y cerró el puño en diversas ocasiones.
                - ¿Ese gesto suyo implica alguna connotación política? – se interesó el teniente de alcalde.
                El mandamás de Siempre Lo Mismo respiró agitadamente, ofuscado.
                - ¡Yo no me cambio tan fácilmente de chaqueta, inconsciente!
                “Si hago esto es para expandir la sombra chinesca de mi mano sobre la pared.
                - Siento decírselo, señor, pero la intentona resulta infructuosa.
                - Virgencita. Estoy desolado. Para que desde la acera contraria se diga que tengo muy mala sombra – suspiró como si apagara la mecha de una vela de cera de avispones del Kilimanjaro, tornándola en chamuscada pavesa.
                El pleno transcurrió a los pocos minutos en la interioridad del amplio despacho del Alcalde. Los concejales pedían inmediatas explicaciones a la insensatez de la pérdida del derecho a poseer de la réplica de su silueta natural de carne y hueso. Los miembros del partido electo defendían el esperado y admisible desconocimiento del dirigente máximo del Ayuntamiento, mientras los ediles situados en la oposición esgrimían la propia torpeza de la alcaldía a la hora de asumir el liderazgo sobre las sombras. En esas estaban, cuando el alguacil Doroteo Borde procedió a tirar con fuerza hacia afuera de los tiradores dorados de las puertas de acceso al despacho, anunciando la presencia del cabecilla sindical del contingente de  sombras.
                Traía consigo su única demanda:
                - Propietarios nuestros. Reivindicamos mayor variedad de movimientos. Si por vuestra extrema terquedad no accedéis a concedernos cierta diversidad de poses, posturas y filigranas, nosotros, por nuestra parte, mantendremos la Huelga de Ausencia Necesaria por un período de tiempo de carácter indefinido.
                Así estaban de claras las cosas.
                Los representantes de la localidad convocaron a su vez una nutrida rueda de prensa. Ante los escasos medios locales expusieron las exigencias del Comité de Huelga de las Sombras de Siempre Lo Mismo.
                - ¿Qué medidas piensan adoptar ante el ultimátum planteado por el sindicato de sombras? – preguntó un informador de la prestigiosa prensa escrita.
                - No nos queda otra alternativa que pasar diligentemente por el aro, como si fuésemos un león sometido bajo el impulso estimulante del látigo del domador  - reconoció el Alcalde, resignado a su suerte.
                - Tampoco se nos exige la reconquista de Cuba, caracoles. Sólo que nos comportemos a la inversa de lo que somos en actitud y carácter en el día a día – señaló un edil con sonrisa risueña.
                - Tiene razón mi compañero. Sólo se nos insta a que nos desenvolvemos de manera diferente, diametralmente contrario al comportamiento social que asumimos los restantes días de la semana, del mes y del año – añadió el Concejal de Cultura y Deporte.
                El Pleno acordó por unanimidad anunciar a la ciudadanía la consiguiente resolución:

“En las siguientes veinticuatro horas, cada persona empadronada debidamente en Siempre Lo Mismo transformará sus hábitos cotidianos y procurará comportarse en consonancia con lo que le dicte la conciencia, divirtiéndose en base a ello de forma bárbara, sana y amena. Este mandato incluye a los niños de pecho.
Firmado, El Alcalde de Siempre Lo Mismo.”

                El consistorio predicó con el ejemplo, y nada más dar por concluida la tumultuosa rueda de prensa, concedió descanso vespertino a los Funcionarios. Concejales y Burócratas se desplazaron al epicentro de la plaza del Ayuntamiento, donde se pusieron a jugar a la rayuela. Al poco de empezar, recuperaron sus queridas sombras, que les acompañaron saltando de raya a raya, sacando el tejo de sitio.
                Los reporteros gráficos tomaron instantáneas, grabaron imágenes y transmitieron declaraciones ufanas, que mostraban a la población civil el beneficioso efecto del abandono de la rutina diaria.
                La gente adquirió confianza en sí misma, y sin encomendarse ni a Dios ni al Diablo, hizo esa fecha lo que más se les antojaba.
                Los miembros altamente profesionales del equipo de baloncesto semi profesional de Siempre Lo Mismo se dirigieron en autocar, acompañados del entrenador, el cuerpo técnico y la junta directiva en pleno, a las inmediaciones de la Plaza de Toros, donde el principal criador de ganado bravo de la región se encargó de soltarles en el ruedo unos ejemplares de seiscientos kilos y seis años de edad, con unos cuernos astifinos, para que pudieran practicar en sus propios huesos y carnes atléticas una proporción insignificante del arte de la tauromaquia. El ganadero, a su vez, hacía botar el balón de baloncesto firmado por todos los deportistas implicados, entreteniéndose por los tendidos de sol, subiendo y bajando escalones, exhibiendo su oronda anatomía de canto al sedentarismo ilustrado, con camiseta y pantalón corto. Las Sombras de cada uno de los participantes no tardaron en sumarse al lúdico festejo cómico taurino.
                Los escolares de Siempre Lo Mismo hicieron de todo, menos hincar los codos en los libros de estudio, recuperando la imitación en negro de su perfil infantil.
                Los barrenderos utilizaban sus escobas de brezo como imaginarias espadas de acero toledano, practicando la esgrima por cada rincón de la ciudad.
                Las hasta entonces resignadas amas de casa, salieron en tropel de sus cocinas y salitas de estar, congregándose en el anfiteatro situado al aire libre de Siempre Lo Mismo, donde asistieron complacidas a la puesta en escena de una obra teatral menor de don Miguel Mihura que les brindaba el cuerpo policial de la localidad. La representación se desarrollaba con desatino y continuos fallos de memorización, pero ahí estaba el apuntador, oculto en las profundidades claustrofóbicas  de la concha, impartiéndoles instrucciones de interpretación y repartiendo frases hechas a porrillo. Quien ahí abajo se escondía en el diminuto habitáculo del escenario no era otro que el Director del Banco Runa Que Te Ruina, un hombre desabrido y adusto en el trato personalizado con sus simples subordinados. Su lema preferido era  “Retrásese en el pago toda una tarde, que así facilitará que su casa se embargue”. Las hipotecas Crédito Vivienda constituían su bombona de oxígeno capitalista, hasta que su sombra lo abandonó esa misma mañana. El Director intuyó que era una especie de bronca Divina, así que decidió renunciar a las funciones que asumía en el banco, pasándose a promotor de Espectáculos Diversos. Una ópera aquí, un concierto de los Quince Tenores por allí…
                Las secretarias de los ejecutivos más consolidados de Siempre Lo Mismo avanzaban en piragua por el curso del sinuoso río que atravesaba el centro de la ciudad, bogando que te boga, remando a contracorriente en un estado hilarante al corrérseles el maquillaje y apelmazarles los cabellos de las costosas permanentes.
                Los mecánicos del automóvil jugaban a la pelota vasca en los frontones descubiertos a cielo abierto de cada barriada, lastimándose las manos engrasadas y negras como el betún.
                Los limpiacristales de las Alturas Mareantes viajaban en monopatín, descendiendo por las cuestas más pronunciadas y empinadas del núcleo urbano, pegándose mil y un batacazos contra las farolas públicas, los buzones de correos y los tenderetes de los vendedores ambulantes.
                Los miembros de la secta religiosa Testigos de Casimiro dejaban de recorrer las calles en busca de nuevos fieles, quedándose por una vez anclados en casita, contemplando la televisión, donde se emitía un documental muy interesante sobre la productiva crianza comercial del caracol. Todo ello en formato pagar por ver.
                Los jardineros se apuntaron a unas clases aceleradas de inglés callejero para cuando estuvieran en época de estío y se vieran forzados por las circunstancias a relacionarse con las primeras turistas dominadoras del vernáculo shakesperiano.
                Las dentistas tuvieron a bien volverse estilistas, blandiendo sus instrumentos de peluquería vanguardista sobre la pelambrera rebelde de sus dolientes pacientes, renovando su imagen a tijeretazos desmandados, a la vez que los cirujanos dieron rienda suelta a su creatividad artística, perfilando sus primeros bocetos que más tarde iban a catalogarse en cuadros tasados en seiscientos euros por reconocidos galeristas.
                Todas estas profesiones y muchas más se intercambiaron unas con otras. Conforme el gentío se lo iba pasando en grande, las sombras fueron retornando al redil. Avanzada la tarde, podía afirmarse que cada habitante de Siempre Lo Mismo presumía en consecuencia de la recuperada asociación con la sombra de turno.
                - Procuraré no volver a incurrir en el mismo error – decían los dueños cuando se les apegaba la sombra. – Que nuestra vida sea menos metódica y algo más desenvuelta. Vamos, que se salga de los cánones establecidos por la sociedad (siempre y cuando esta anarquía no me suponga el ingreso en un manicomio o como mal menor el desempleo, que mira que la cosa esta chunga, jolines).
                Las sombras eran muy agradecidas. Ejecutaban cabriolas y piruetas inverosímiles en las zonas donde incidía la proyección de la luz eléctrica.
                Con la recuperación de las sombras, se hizo de noche.
                La población de Siempre Lo Mismo estaba fatigada por los excesos de la jornada de paro laboral de las sombras, y puede señalarse que no hubo nadie que tardase más de cinco minutos en conciliar un reparador y justiciero sueño.
                Las sombras se sumieron en la oscuridad. Estaban tan excitadas por el éxito conseguido, que ninguna pudo descansar.
                Al día siguiente, nada más levantarse los propietarios, estos hallaron a las sombras durmiendo profundamente en sus lechos compartidos. Y no hubo modo humano de poder despertarlas. Revitalizarlas cara a sus funciones diarias. Las pobres proyecciones del cuerpo humano estaban rendidas por el cansancio. Ellas también adolecían de la práctica cotidiana del rito del ocio, un festejo intelectual y físico que nunca antes de la celebración del cónclave habían intentado acometer de manera tan osada y exitosa.
                Los dueños las dejaron reposar todo el santo día. Y por segunda ocasión en menos de treinta horas, hubieron de acudir a sus quehaceres sin sombra que les cubriera la espalda.
                Por Dios, que no se me malinterprete.
                Ahora no se trataba de una segunda reivindicación sindical.
                Las Sombras no estaban para protestar.
                Simplemente estaban para Roncar…


Premio 2010 Achiques y Espacios al Mejor Blog en la categoría de Terror.

Bueno, un poco tarde, pero por fin doy a conocer el reconocimiento público dado por el blog Achique y Espacios del compañero Costampla a Escritos de Pesadilla.
Es un gran honor que llena de alegría diabólica a la redacción del blog. Tanto mis empleados (Dominique, Bogus Bogus, Harry, Pechuga de Pollo Mutante, Croqueta Andarina, Super Zombi), como por parte de mis familiares (mi sobrinete Gurmesindo), y uno mismo, el Dueño Absoluto del Castillo del más Horrible Espanto Literario y Gráfico, Robert, "El Maléfico", agradecemos a Costampla y a su blog por otorgarnos este premio.
Un mogollón de gracias, compañero.
Por lo demás, después de presumir del premio, no queda otra que en reciprocidad dedicarle en cuerpo y alma, je, je, el siguiente relato titulado "Es un placer acompañarte".




lunes, 20 de diciembre de 2010

Relatos de Terror Navideño

Desde Escritos de Pesadilla, deseamos a todos nuestros ilustres y corteses visitantes una Feliz Navidad. Con ese motivo, repesco unos relatos de terror e intriga publicados el año pasado por estas fechas, que están ambientados en la Navidad y el Año Nuevo. 
Para entrar a leerlos, hay que pinchar en el título correspondiente de cada ilustración.
Comentar que lo más probable es que me tome un descanso en lo que queda de mes. Con ello no digo que pueda surgir la publicación de algún nuevo relato o algo de humor gráfico.
Como diría alguien de corazón acaramelado (¡puaf!) : Sed Buenos.


FELICES NAVIDADES
MUÑECOS DE NIEVE
AÑO NUEVO



sábado, 18 de diciembre de 2010

No liberes mi alma (Espíritus Inmundos 3ª Trama).

En esta ocasión recupero el relato "No liberes mi alma (vida perdida)". Al igual que los dos anteriores, revisado y ligeramente retocado en algún párrafo. Lo publico ya formando parte de los episodios de posesión diabólica de la saga Espíritus Inmundos. Independiente en argumento como las dos historias que le preceden. Que lo pasen mal leyéndolo, je, je.



Gotas persistentes y funestas en una noche lóbrega y oscura. Sería un genial comienzo para una novela barata de pesadilla de pulp fiction. Pero para Bernie Lavarez aquello era relativo: le importaba un comino la repercusión mediática del inicio. Lo que le afectaba era que aquella introducción narrativa implicaba actualmente a su vida. Parte de su destino discurría por aquella carretera rural casi sin asfaltar. Flanqueada por arboledas interminables y de copas altas y tupidas, cubriendo la distancia hasta su nuevo punto de destino en su todoterreno Jumper. Las luces de niebla hacían renacer la VIDA delante del morro de su vehículo.
Bernie tenía sintonizada en la radio una emisora local que no hacía más que emitir música de los cincuenta. Antiguallas como la fútil existencia misma de esa región miserable y deprimida, donde la mera presencia de un forastero era considerada aún un peligro latente proveniente de otro mundo lejano. La Guerra de los Mundos. Una creación magistral de H.G. Wells, narrada bajo la voz persuasiva y convincente de Orson Wells. 
Demonio de sitio para ir a vender seguros de vida, de vivienda y de tierras a los lugareños.
La vida se le iba de las manos. Le dominaba la rutina. La falta de miras mayores. Sólo su estúpida labia le libraba de tener que mendigar al ejército de salvación. Las millas pasaban bajo el chasis. Dios, aún le quedaban casi treinta más hasta Grand Pipeline. Menudo nombrecito para un poblacho de paletos dientes largos. Comedores de maíz a todas horas. Con sus cabellos rubios pajizos y su hablar desganado y por momentos ininteligible. Coño, su jefe le decía que nunca vendería gran cosa si se dejaba dominar por prejuicios. Pero jefe, con mi labia puedo venderle un seguro hasta a Satanás. El anticristo, joder... Para cuando aquellos pueblerinos estuviesen algo más espabilados, y supiesen qué diantres habían suscrito, la tierra ya ni existiría. Seguro que habría sido ya devastada por el meteorito de las narices que venían anunciando los del National Geographic. 
Y para entonces, él ya estaría...
... estaría en Babia como ahora, dejándose sorprender por algo emergiendo del lado derecho de la carretera, algo que se dejó arrastrar bajo el parachoques del descomunal Jumper, de su chasis y del eje trasero hasta quedar paralizado e inerte detrás del rastro del vehículo. Bernie maldijo su suerte, echando espumarajos por la boca. 
Puta criatura de las narices
Por el tamaño del impacto y del rebote de las suspensiones aquello debía de tratarse de un coyote o algo similar que anduviese a cuatro patas. Frenó en seco dejando el Jumper paralizado en medio de la carretera, ligeramente escorado hacia el margen derecho. Las escobillas despejaban el parabrisas del intenso aguacero que estaba cayendo en ese instante. Bernie aporreó el volante fuera de sí. Tendría que salir a evaluar los daños y comprobar qué clase de bicho le había jodido la noche. Abrió la guantera para recoger la linterna halógena, echó para atrás el respaldo del asiento del acompañante para hacerse con el impermeable amarillo fosforescente y una vez puesto, salió del Jumper. Se dirigió hacia la parte delantera e iluminó con el haz de la linterna el parachoques. 
JODER. JODER. Puto coyote o mierda de animalejo que seas. Ahí te pudras de por vida... 
Tenía el lado derecho abollado por el impacto y parte del parachoques levantado. Ese era su sino. Su puta VIDA. Siempre llena de imprevistos y de consecuencias similares. Desde luego que al nacer, no fue bendecido convenientemente. El cura estaría saturado de alcohol de 36 grados o con una fiebre palúdica. 
Desvió la luz de su linterna y se encaminó hacia el cuerpo del animal... Estaba a diez metros escasos... Y desde los cinco metros pudo percatarse ya de que ese puto animal no era ningún puto animal. 
Era una persona. O mejor dicho, el cuerpo hecho guiñapos de una persona. Dios, el peso del Jumper lo había reventado por completo. Y aquello que segundos antes albergase Vida, se trataba de la fisonomía de una muchacha joven y desnutrida. 
Bernie transformó su arrebato de ira en un descontrolado nerviosismo, propio de alguien que acababa de llevarse por delante a una excursionista que había elegido una nefasta noche de perros para ir vagando por el bosque. Iluminó levemente los retazos de la figura femenina caída, y sin más se puso extremadamente enfermo. Sintió una arcada emocional que emergía de su estómago y le subía por el esófago hacia la boca. Iba a echarse a un lado para vomitar su exceso de ansiedad, cuando vio otra figura ubicada cerca del Jumper.
Nooo... Nooo...
Era un hombre alto, vestido de negro: pantalones de agua, chubasquero y sombrero de ala ancha. Tenía una edad indeterminada.
-Yo... Lo siento... Lamento mucho lo que ha pasado... La chica ha salido corriendo desde los matorrales del margen derecho de la carretera y no me ha dado tiempo de frenar con la debida antelación... Ha sido un terrible accidente del todo involuntario...- balbuceó Bernie, avanzando paso a paso hacia aquel hombre.
Sería su padre lo más probable. Dios, y pensar que él era un agente de seguros de vida.
El hombre permanecía entre las sombras. Quieto. Erguido. Con la mirada clavada en Bernie.
-Ya sé que no es el momento ni la situación más indicada para comentarlo, pero tengo un seguro a todo riesgo... Dentro de lo que cabe, espero poder resarcirle la pérdida de su familiar. Porque es su hija, ¿verdad?
El hombre le miró con mucha calma. Eso le extrañó sobremanera a Bernie. No era nada normal comportarse así si alguien te acababa de atropellar mortalmente a tu hija...
-Vida por vida – dijo al fin aquel hombre.
Bernie se acercó un poco más. ¿Qué diablos había murmurado?
-Esto... ¿Le importaría repetir lo que ha dicho? Entre la fuerza de la lluvia y que me ha cogido de improviso, no le he entendido bien.
Bernie se situó casi de frente. Desvió el haz de la linterna hacia el suelo en perpendicular para no cegarlo, iluminando su rostro de manera indirecta.
Aquel hombre estaba más pálido que la muerta. Y su cabeza... Su cabeza giraba sobre sí misma, retorciéndose cada definición de su semblante de manera compulsiva como si tuviera un ataque epiléptico. Una cabeza con infinitas facciones, mutando como la plastilina bajo el manejo de mil dedos.
-Vida por vida...
“Bernie Lavarez te llamas... Ella se llamaba Amanda Itts... Tenía 19 años... Un cuerpo y una edad perfecta para albergarme. Su morada era mi casa. Su ser era mi esencia. Su vida era la mía. Y ahora que acabas de echarme de mi recipiente, te reclamo a ti, Bernie Lavarez, como lugar de reposo…
Bernie estaba paralizado. Los ojos negros del hombre eran dos enormes carbones encajados en las cuencas. Y su mente... Aquello le estaba usurpando el control de su propia conciencia.
-Soy Malaquías. Y traigo conmigo a otros siete caídos. Todos juntos viviremos dentro de ti. Formando parte de tu propia vida.
“Pues Cristo nos odia, y nosotros aborrecemos a las criaturas de Cristo. La manera de encorajinar a Cristo, es tomar posesión de los cuerpos que Cristo ama, corrompiéndolos hasta el fin de sus vidas. Vidas como la de Amanda. Existencia como la tuya propia.
“Te enloqueceremos por disfrute. Te haremos enfermar. Conseguiremos que seas el oyente de nuestras propias voces en el interior de tu deteriorada mente. Dominaremos tu patética personalidad a nuestro antojo. Y lo bueno, es que ni tú, ni Cristo puede impedirlo. Pues si de un cuerpo se nos echa, a otro nos trasladamos.



El cuerpo de la muchacha... Quedó abandonado en la carretera... Bernie Lavarez pensaba en ello de vez en cuando conforme conducía bajo la cacofonía de la lluvia. Cuando lo hacía, las voces le dominaban. Le hacían de seguir conduciendo.
Que no pensara más en Amanda.
Que siguiera adelante...
Que continuara con su propia VIDA.
“Tu vida es nuestra. Eres un campo fértil, y todo lo que coseches a partir de ahora, nos pertenece...”
“No pienses en morir... Pues ya estás muerto... En cuerpo, espíritu y alma.”


Bernie continuó conduciendo bajo la lluvia. Ajeno a este mundo. Perdido en las tinieblas...


jueves, 16 de diciembre de 2010

El Arcángel Caído (Espíritus Inmundos 2ª Trama).

Vista la petición de los lectores, procedo a reeditar la publicación de la segunda trama de Espíritus Inmundos. Nuevo título, texto ligeramente revisado y completamente independiente del anterior. Espero que esta segunda oportunidad que se le brinda desde Escritos tenga la misma aceptación que su primera parte.



- Está dentro - se lo indicó con un gesto de la mano libre. La otra empuñaba una beretta con un silenciador acoplado a su cañón.
- Vale. Entramos a saco y nos lo cargamos - susurró su compañero.
Ambos llevaban protección ligera en los codos y chaleco antibalas kevlar. Uno de los dos se situó frente a la puerta de madera de entrada a la habitación número 23 del motel de carretera “Teodoro´s”. No tendrían testigos que les molestara. Eran pasadas las tres de la madrugada, el resto del motel estaba vacío tras la comprobación pertinente en el registro de la recepción y el dueño estaba criando malvas detrás del mostrador con dos balas en el pecho. Ni siquiera se presentaron ante él. Simplemente entraron por el vestíbulo y se lo cargaron. Lo mismo que iban a hacer ahora con ese desgraciado que le debía veinte de los grandes a su jefe.
Uno de ellos le pegó una patada contundente a la puerta con la bota derecha. Estaba la madera tan envejecida que casi se partió en dos por los cuarterones centrales. El interior estaba a oscuras. Esa situación era previsible. Ambos se colocaron las gafas de visión nocturna y se pusieron a escudriñar desde el quicio. Las ventanas de la habitación estaban cerradas, las persianas bajadas y las cortinas echadas. En un extremo había una vieja televisión con el mando a distancia tirado sobre el suelo. La pantalla estaba encendida y emitía la señal de estática de un canal inexistente. La cama estaba en el lado contrario. Se veían las sábanas movidas por las prisas del que abandonaba su lecho al prever una visita no deseada.
- Nos esperaba - se dijo el uno al otro en voz baja.
- Calla.
Entraron con precaución en la estancia. Uno cubriendo el lado contrario del otro. Eran dos profesionales. Sabían lo que se hacían. El más cercano a la televisión optó por apagarla. Quedaba por registrar el baño. La diminuta habitación no daba para más.
- Tiene que estar allí adentro.
- Si.
- Ya me adelanto yo. Tú cúbreme por si acaso. Puede que vaya armado.
- Estate tranquilo.
Uno de los dos se dirigió hacia la puerta del baño. Estaba encajada en el marco. El pomo se ofrecía como señuelo, pero pensaba abrirla del mismo modo que hicieron con la puerta de entrada al nº 23. Adoptó la postura de asalto cuando la luz de la habitación fue encendida sin previo aviso. Al llevar puesta la visión nocturna, se quedaron medio cegados.
- Coño... Qué...
- No pierdas la concentración...
- Cómo lo ha hecho... Joder, hay que quitarse la visión nocturna. No veo una mierda.
Cuando lo hizo pudo ver que la puerta del baño se abría hacia adentro y su compañero fue forzado a entrar en su interior por una fuerza desconocida.
- Dios... No... NOOO.
Desde el centro de la habitación percibió un crujido de huesos y el ruido característico de un cuerpo que se desplomaba sobre el suelo. Se puso nervioso. Aquello no estaba saliendo según lo planificado. Había una baja. Y aún estaba por cargarse al tipejo que adeudaba el dinero al jefazo.
Entonces la luz de la habitación se apagó de nuevo.
- Mierda.
Se colocó de manera precipitada la visión nocturna. La luz del baño fue encendida, expeliendo su haz sobre la cabecera de la cama desarreglada.
Se pasó la mano libre por la frente sudorosa.
Miraba fijamente el vano de la puerta desde donde surgía el chorro de luz.
- ¡Cabrón! Es tu fin. Pagarás por la deuda y por lo que acabas de hacerle a Gregori- bramó con ganas de descargarle el cargador entero a ese bastardo con mayúsculas.
Entonces le llegó la risa.
Una risotada conocida.
Eran las carcajadas de su compañero.
Eso le hizo detenerse en su avance.
No podía ser posible.
Estaba claro que aquel cabrón acababa de liquidar a su colega.
Pero...
Las risas continuaron.
Cada vez más notorias.
Hasta rozar el escándalo.
Sin previo aviso, Gregori se asomó en la jamba de la puerta del baño con un semblante desquiciado y le apuntó con su arma directamente hacia el entrecejo.
- No.
Apretó el gatillo y le acertó de lleno, haciéndole caer fulminado sobre la alfombra deshilachada colocada en el suelo. La beretta y las gafas quedaron desperdigadas a escasos centímetros de su cadáver.
Gregori se detuvo en sus risas. Dejó caer su arma a un lado. Seguidamente se derrumbó igual de muerto que su compañero. Por algo tenía el cuello abierto por la garganta con la pechera del chaleco antibalas empapada de sangre.
La luz de la habitación cobró vida otra vez. Del cuarto de baño surgió la persona a quien buscaban. Era un hombre de treinta años. Estatura media. Rostro anodino. Cabellos cortos rubios. Estaba vestido de calle. Se acercó a los dos cadáveres para contemplarlos de cerca. La garra de su brazo derecho recuperó la forma original de una mano humana. Esbozó una sonrisa diabólica. Estaba feliz con su cuerpo. Estaba en un estado muy saludable. Y ahora que se había librado de la amenaza que había acechado a su ocupante anterior, podría vivir tranquilo.
Se sentó en el borde de la cama. Respiró profundamente.
Esos dos matones.
Podría revivirlos si quisiera.
Convertirlos en parte de su defensa personal.
Desechó tal idea.
Era correr un riesgo innecesario.
Aparte de que su poder era absoluto.
Ningún ser humano podría echarle de ese cuerpo.
Bueno. Siempre y cuando no fuese un jodido exorcista de la iglesia católica de Roma.
Pero en fin. Procuraría no llamar demasiado la atención. Él era muy diferente a los lacayos de Lucifer, que se conformaban con invadir un cuerpo para su simple deleite basado en la tortura física y espiritual. En cambio, al tratarse de un arcángel caído, la ocupación de un cuerpo humano representaba dominarlo con cierta naturalidad externa para convivir entre los demás humanos, camuflado entre ellos sin dejar de propagar dolor y desesperación. Era otra manera de ofender a Dios.
Recogió todo lo imprescindible, se deshizo a su manera de los restos de los dos cadáveres, tomó prestado su vehículo y emprendió camino hacia el otro extremo de la costa oeste de los Estados Unidos. Así evitaría posibles represalias de los secuaces del mafioso que había encargado la muerte del dueño original del cuerpo que ahora él poseía en su totalidad.
No lo hacía por precaución.
Simplemente era que no le apetecía ir aniquilando vidas ajenas con demasiada asiduidad.
Era un ser poderoso.
Matar ratas era una labor de los seres inferiores.
Mientras conducía, su mente se puso a pensar en diversidad de lenguas vivas y muertas.
El motel fue quedando atrás.
En la lejanía.
Pasado un tiempo dejó de formar parte de los recuerdos de aquel cuerpo.
Pues su dueño actual daba preferencia a las reminiscencias arcanas de su mente milenaria.
Una mente que formó parte inicial del coro de ángeles de Dios Todopoderoso antes de sumirse en un estado de rebelión que lo sentenció a la expulsión eterna del Paraíso.
Su venganza consistía en rebelarse contra el Juez Supremo que lo condenó a su caída en el averno.
Aquel cuerpo representaba el comienzo.
Uno nuevo.
Con un final distinto a lo escrito en los evangelios.
Así al menos Él lo esperaba.
Siguió conduciendo, ensimismado en sus pensamientos impuros.
Sentirse como un vulgar humano era una sensación excitante.
Pensaba prolongar esa sensación hasta el infinito.
Recreándose en todo aquello que fuese a sacar a Cristo de sus casillas...


martes, 14 de diciembre de 2010

La posesión de Kevin (Espíritus Inmundos 1ª Trama).

Es época navideña. Por tanto corresponde repescar algún relato añejo y poco leído por su antigüedad en el blog, ambientado en estas fechas tan hermosas. Espero que esta vez este relato sea un poco más valorado, pues cuando lo escribí hace uno año y pico, me gustó. Se titula realmente "Espíritus Inmundos. 1ª Trama". Luego hay un segundo relato con el mismo título y "2ª Trama" como distintivo de la saga.


Kevin Stacey era feliz. Tenía una esposa estupenda y dos hijos maravillosos. Eran la típica familia de clase media americana. Vivían en una barriada donde había de todo, gente obrera, marginada y familias que casi siempre pasaban apuros a finales de mes, que ya era toda una hazaña tal como estaba el país, con el paro en lo alto de la cumbre gracias a los dos mandatos del peor presidente de toda la historia. Kevin y su familia estaban entre los que pasaban apuros para llegar a final de mes, pero aún así su satisfacción era plena. Vivían en un piso de la quinta planta de un edificio de alquiler que pertenecía a un supervisor de origen alemán que tenía en propiedad otras tres edificaciones más a lo largo del barrio. El alquiler era asumible por los dos sueldos que entraban en el hogar. Kevin era vigilante armado de un banco, y su mujer Kelly trabajaba a tiempo parcial de cajera en un supermercado local. Los niños estudiaban en una escuela pública, y de vez en cuando contrataban los servicios de una canguro para pasar los dos un rato junto a solas en el cine o en un restaurante que fuera asumible para su economía de gastos mensuales. Y una vez al año, pues Kevin no podía permitirse unas vacaciones normales, disfrutaban de una semana de asueto en visitas a parques nacionales o de acampada en tienda de campaña con los vecinos del segundo, un matrimonio sin hijos y con el cual guardaban una gran amistad.
Así era Kevin. Así era su familia.



Un año, en plenas navidades, con la ciudad cubierta de nieve, Kevin regresaba del largo turno diurno a casa. Habían sido doce horas, de ocho a ocho de la tarde. Estaba cansado, con ganas de pillar una buena ducha, vestirse algo cómodo, cenar con los suyos, tumbarse sobre el sofá y ver algo en la televisión antes de irse a la cama, que mañana tendría que volver a la custodia del banco. Realmente, el espíritu de la navidad estaba muy arraigado en la familia, aunque Kevin y Kelly no fuesen especialmente ni muy devotos ni practicantes de la religión católica a la que por tradición pertenecían. La asumían con la alegría de ver lo bien que se lo pasaban Ted y Nataly, quienes a sus cinco y ocho años respectivos, vivían la llegada de Santa Claus con la típica ilusión que se tenía a esas edades. Esa tarde en que volvía a casa hacía bastante frío, sobre los dos bajo cero, pero lo llamativo para Kevin fue la sensación de que hacía mucho más dentro de su propio piso. Al abrir la puerta notó un cambio drástico de temperatura y conforme avanzaba por el recibidor, el frío era más acusado. Tocó el radiador más cercano para ver si acaso había vuelto a fallar el sistema de calefacción central del edificio, pero este estaba funcionando correctamente, notando la calidez bajo la palma de la mano. Era extraño. Aventuró que a lo mejor Kelly había abierto las ventanas para airear algo el piso antes de que él llegara, pero no encontró ninguna de las hojas de las ventanas subidas. Y lo más llamativo. No encontró a nadie de su familia.
Registró todo el piso. Las dependencias estaban en un estado de normalidad, y la mesa del comedor estaba preparada para empezar la cena. Entró en la cocina y vio la comida sobre el mostrador recién hecha y dispuesta para llevarla a la mesa. 
Pero Kelly
- Kelly - la llamó
ni Ted
- Teddy
ni Nataly
- Nataly
Ninguno de los tres salió a la llamada de sus nombres, pues todos estaban ausentes.
Kevin se empezó a poner nervioso. Su trabajo consistía en mantener en lo posible la compostura bajo presiones extremas al ser el máximo responsable de la seguridad en el banco donde trabajaba. A veces cuando llegaba la crisis como él la llamaba, había que respirar de manera profunda y contar hasta cien antes de perder los nervios y liarse a tiros con el atracador que amenazaba a la cajera con una navaja automática. Claro que en este caso no se trataba del jodido dinero del banco, o de la vida de una extraña que simplemente se limitaba a saludarle y despedirse de él cuando entraba y salía de su turno de trabajo en el banco. Se trataba de su mujer y de sus dos hijos.
Era su propia sangre la que estaba en juego.
Tenía que averiguar lo antes posible qué demonios les había pasado. No encontró signos de resistencia. Todo estaba en orden. No faltaba nada. No había sangre por ningún lado. Se dejó caer de rodillas, desesperado, y juntó ambas manos. Quiso rezar una plegaria:
- dios mío, por favor no me hagas esto...
Estuvo sesenta segundos sin reaccionar, hasta que decidió que lo mejor era ya llamar a la policía. Fue hacia la mesita del corredor principal donde estaba ubicado el teléfono inalámbrico insertado en su cargador. Antes de llegar vio como la mesa se tambaleó un poco y el teléfono salió volando de su cargador para impactar sobre su cabeza contra la pared hasta quedar del todo inservible para su uso. Kevin miró en derredor suya. No vio nada. Estaba solo, pero algo había cogido el teléfono y se lo había lanzado a la cabeza. Entonces escuchó una serie de sonidos procedente de la cocina. Fue corriendo. Al quedarse en el quicio pudo ver que toda la comida con la vajilla y la cubertería estaban tiradas y diseminadas sobre el suelo. La luz del techo chispeó un par de veces y se apagó. La sensación de frío era ya terrible. El aliento cobraba formas arbitrarias conforme respiraba cada vez más aceleradamente. Salió de nuevo al pasillo principal y desde la entrada al salón vio avanzar una figura oscura. Estaba situada a gatas y parecía una sombra en un antinatural relieve. Se le fue acercando gateando a trancas y barrancas. Un gruñido hosco surgía de su garganta.
- Kevin - le siseó la criatura.
Kevin lo veía llegar con el espanto de quien ve un hecho de difícil explicación. Eso no podía estar sucediendo. No en su propia casa.
La sombra se le acercó por completo y alzó su rostro.
Kevin sintió una fuerte convulsión antes de perder el conocimiento y caer al suelo.



- Papá...
- ¡Kevin! ¿Estás bien, cariño?
Poco a poco fue recuperando la consciencia. Estaba rodeado por su familia. El piso estaba nuevamente como debería haber estado desde que entró hacía media hora por su puerta de entrada.
Se puso en pie con la ayuda de Kelly.
- Papá, papá, te has caído y te has hecho daño- se interesó Nataly.
Kevin no dijo ni palabra.
Pasado el susto, se fueron a cenar. Fue una cena muy atípica, donde Kevin no quiso ni hablar media palabra con su familia. Kelly estaba preocupada. Su marido estaba teniendo un comportamiento extraño. Los niños estaban tristes porque su propio padre no les hacía caso, y su madre prefirió llevarlos al cuarto de juegos para que no siguieran viendo el semblante serio y taciturno de Kevin.
Cuando Kelly regresó del cuarto vio como Kevin se disponía a salir de casa.
- ¿Qué haces? ¿Se puede saber qué te ocurre?
Kevin ni se molestó en mirarla. Abrió la puerta y salió. Kelly se situó en el quicio y lo vio dirigirse hacia el ascensor. Estaba indignada.
- ¿A dónde crees que te vas? Contesta. Has fastidiado el día de los niños y piensa que te puedes ir así de rositas, sin dar ni siquiera una sola explicación.
Las puertas del ascensor se abrieron de par en par. Kevin avanzó dos pasos hacia su interior. Cuando las puertas volvieron a cerrarse y el ascensor inició su descenso, Kelly cerró la puerta del piso de un fuerte portazo.



El callejón no tenía salida por el fondo. Estaba situado detrás de un restaurante ruso de poca monta y estaba decorado con los contenedores de la basura y algún que otro mueble viejo y abandonado. La nieve lo recubría todo. Solía estar frecuentado por gente sin techo que se refugiaba entre cartones para dormir a la fresca, pero en esos días invernales tan inclementes preferían el subsuelo del metro. Entre dos de los contenedores de basura estaba Kevin. Agazapado, sentado casi sobre sus talones, con los brazos cruzados sobre el pecho. Estaba tiritando. Lo notaba. Pero no podía ejercer dominio sobre su cuerpo. Estaba controlado por otra entidad. La entidad estaba refugiada en su mente. Y le estaba enloqueciendo con sus blasfemias. Y sus risas malignas. Le hablaba por dentro en lenguas extrañas que Kevin no entendía. Y le hacía de adoptar las posturas que él quisiera. Si lo deseaba, le hacía de arañarse su propia cara. O de comerse los mocos. O de hacerse sus necesidades encima.
Kevin no entendía la razón de que aquella entidad hubiera reclamado su cuerpo. Ni comprendía cómo había surgido en el corazón puro de su hogar. Nunca habían tenido interés en temas ocultos, ni habían practicado algún tipo de juego peligroso como el de la ouija. Pero allí estaba. Dentro de su interior. Haciéndole ya la vida imposible. Deseando que morir fuese una solución a sus males. Pues su familia no merecía soportar su sufrimiento incurable.
Tras cinco horas atrapado y constreñido en esa postura, lo que anidaba ahora en su interior le hizo de alzarse. Eran las tres de la madrugada. Enormes copos con la turgencia del algodón caían sobre sus cabellos y los hombros. Fue avanzando en un caminar desigual hacia la otra calle. No se veía a nadie. El frío era intenso. Tenía las manos congeladas. Los pies ya ni los sentía.


Las voces...


Continuó andando un buen trecho por las calles del barrio. En un momento determinado llamó la atención de un agente de policía que estaba resguardado dentro de su coche patrulla.
- ¡Oiga, señor! ¿Está usted bien?- se interesó el policía.
Al ver que no le hacía caso, puso en marcha el vehículo hasta situarse al lado de Kevin. Asomó la cabeza por la ventanilla y lo contempló tal cual era. Se asombró de que aquel hombre no estuviera al borde de la hipotermia. Su estado revestía una gran gravedad. Tenía el rostro surcado de múltiples arañazos y los nudillos de las manos agrietados y sangrantes al igual que las uñas rotas y melladas de restregarlas contra los ladrillos del callejón sin salida.
- Cristo. Te has auto lesionado tú mismo, ¿verdad? ¿Qué te has metido, hijo?
Kevin escuchaba la voz del policía.
Pero por encima de aquella voz sobresalían las voces que le atormentaban en las últimas horas.
Las voces que le habían destruido una vida idílica.
Las voces que le había separado de su familia.
Esas puñeteras voces.
- ¡Callaos de una puta vez! - gritó Kevin en voz alta, llevándose las manos a los oídos.
Y entonces
- Relájate, chico. Levanta las manos. No hagas nada raro. Si te comportas, te llevaré a que te vea alguien para que te examine - le estaba diciendo el policía.
Entonces la cosa que le dominaba le hizo de revolverse hacia el agente, buscándole el cuello con las manos semicongeladas,
- Qué haces...
haciéndole de apretar y apretar hasta que...
un tiro del arma del policía le dio de lleno en la cabeza y le hizo caer desplomado de espaldas sobre el colchón de nieve.
Kevin miraba hacia el firmamento.
Parecía que estaba formando ángeles en la nieve con los brazos extendidos
- Maldito hijo de puta. Qué coño te has metido, que casi me matas...
ahora descansaba libre de toda presencia enfermiza en su interior
estaba libre
estaba feliz

lo único que lamentaba era que ya nunca más iba a volver a ver a Kelly, Ted y Nataly.