martes, 8 de noviembre de 2011

Tiempos difíciles para un licántropo norteamericano.

Tenía hambre. Su ansia desatada podía controlar su voluntad con suma facilidad. Su transformación era dolorosa. Cada dilatación de sus músculos, cartílagos y osamenta le hacía sumirse en una penitencia lacerante donde predominaba el deseo de convertirse por fin en la bestia. Sus sentidos se hacían más notables. Su agilidad se tornaba extraordinaria. Su fuerza era colosal. Y sus aullidos quedaban propagados a medianoche reclamando a la silueta lechosa de la luna en su fase de máxima plenitud su reinado sobre los seres inferiores de la noche.
Su alargado morro lupino ansiaba morder y masticar. Sus colmillos, excitados por la proximidad de carne humana, se separaban, abriendo las mandíbulas al máximo, con la baba corriéndole por el mentón.
Se movilizó por las calles al albur de las sombras. La ropa desgarrada se fue cayendo a tiras, hasta quedar su inmensa y desproporcionada anatomía desnuda. Su metamorfosis en hombre lobo fue completada. Su vacío y enorme estómago se contraía por la falta de alimentos.
El mundo estaba cambiando. Era ya demasiado moderno para él y sus congéneres. En las grandes urbes estaba implantado el toque de queda, y nadie se aventuraba a quebrantar tal orden por el inherente riesgo de ser encarcelado y torturado bajo el régimen totalitario imperante en la zona septentrional de los Nuevos Estados Unidos. Los únicos ejemplares nocturnos disponibles para el disfrute carnívoro eran los propios militares. Para tal contingencia, éstos estaban convenientemente equipados para rechazar cualquiera de los comportamientos predatorios del hombre lobo.
Así era simple cuestión de tiempo que su propia figura transformada sufriera las consecuencias de tan dura realidad.
Emplearon de carnaza a un joven recluta apostado en un control de la calle Brentson. Su apetito era tan inmenso, que fue en pos del soldado cara a cara, brincando sobre sus cuatro patas, avanzando metro a metro, dispuesto a saltar sobre su garganta y profundizar con los colmillos en la yugular, saboreando la carne y la sangre de su cuello. Justo en plena carrera hacia su víctima, de la calle adyacente surgió un vehículo blindado. Era una mini tanqueta con su cañón lanzallamas. Se vio sorprendido por el alcance de la llama, y para cuando quiso alejarse de allí, ya era una bola de fuego en combustión. Unos aullidos agónicos precedieron a su fulminante muerte.
Otro licántropo abatido a tiempo por las fuerzas del orden.
El soldado joven respiró aliviado.
La noche estaba siendo muy fructífera. Ya llevaban tres bestias exterminadas.
Los tiempos modernos estaban pudiendo con los seres más primigenios.
Estamos en el año 2050...

4 comentarios:

  1. ¡¡Que interesante!! Cazando monstruos en un futuro totalitario, casi postapocaliptico. Me parece inspirador. ¿Otro de vampiros u otras criaturas en la misma linea? ¿Quiza un relato largo que produndice mas?

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  2. Yo esto, por mi edad no lo veré, a no ser que me encuentre alguna pócima de la inmortalidad, no se si
    sabe algo de ella nuestro buen compañero de web traffic Tribunaram,de todas maneras al paso que vamos, igual llegamos antes...
    Saludos y enhorabuena por tu web.

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  3. Hola, Nerea. De momento, el relato queda tal cual, je je. Y lo del futuro... No me extrañaría que un día algo gordo suceda en los Estados Unidos a nivel de poder establecido. Simplemente espero no llegar a verlo.
    Recibe un fuerte abrazo.

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  4. Hola, yonblo. Gracias por convertirte en un adicto de este terrible lugar. Evidentemente, ese futuro no lo veremos... Pero se avecinan tiempos malos...
    Cuando cae un imperio, siempre le han seguido tiempos oscuros.
    Recibe un fuerte abrazo y una colleja por parte de Pechuga de Pollo Mutante. :)

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