sábado, 30 de abril de 2011

El coleccionista de retratos. (Relato breve con su ilustración original).

(ding- dong)
De nuevo pulsó el timbre de la puerta.
Esta se abrió con cierta pereza por parte del dueño de la casa.
- Hola, señor. Me presento. Soy Douglas Niceman. Vengo a visitarle para hacerle un pequeña encuesta sobre sus gustos literarios.
- No siga. Viene a venderme libros.
- Ciertamente, tras ver sus gustos preferenciales tras la breve entrevista...
- ... intentará engatusarme una de sus plomizas enciclopedias.
- Reconozco que soy agente de ventas a domicilio. De la editorial "Fairburks Big Books".
- Fascinante. 
" Señor Niceman, puede pasar. Vivo solo y compartir parte de la tarde charlando con usted me resultará de lo más entretenido. Eso si, le aseguro que no pienso entusiasmarme por ninguno de sus mamotretos indigestos.
- Nunca se sabe. Llevo unos catálogos muy atractivos que pueden interesarle.
- Pase, pase. Como si estuviese en su propia casa.
- Gracias.
El dueño de la vivienda lo estuvo precediendo por un largo pasillo, hasta llegar a una estancia que era la sala de estar.
Nada más encender la luz,  Douglas Niceman se quedó horrorizado.
- Bueno, en eso radica parte de mi interés cuando recibo la visita de un vendedor de enciclopedias - le quiso aclarar el anfitrión.
" Realmente lo que colecciono son retratos. Cuelgo el cuerpo y le pongo un marco. Y ya tengo el cuadro, je, je.
Cuando Douglas se volvía, la cabeza de un enorme martillo percutió contra su cabeza con exquisita violencia, sumiéndole en la monotonía de la muerte.




El brevísimo cuento de terror ilustrado de Harry y su muñequito de peluche.

Panfleto Gótico Americano...



domingo, 24 de abril de 2011

La terrible y verídica muerte de Alain de Monéys. (Con ilustraciones originales de Escritos de Pesadilla).

En esta ocasión, en Escritos vamos a abordar un suceso terrible que ocurrió de verdad en la pequeña población francesa de Hautefaye. Se trata de la muerte sin sentido de Alain de Monéys.
Primero situemos el momento histórico en que sucedió tal hecho demencial.
Es el 16 de Agosto de 1870. En Francia reinaba Carlos Luis Napoleón Bonaparte, Napoleón III, el segundo Emperador del país vecino. Era sobrino de Napoleón I.
En dicho período del siglo XIX, Francia estaba en plena guerra con Prusia, y la derrota era ya inminente. A las pocas semanas, el Emperador sería capturado por el enemigo en la Batalla de Sedan (2 de septiembre) y depuesto por las fuerzas de la Tercera República en París dos días más tarde de la capitulación.
Poco antes de la derrota del ejército francés contra el prusiano, en la localidad rural de Hautefaye, ubicado en el departamento de la Dordoña de la región de la Aquitania, tenía lugar una feria de ganado. Normalmente, el pueblo en si era muy pequeño, de menos de 75 habitantes, pero con la celebración de la feria, con gente llegada de los sitios cercanos, llegaba a ascender hasta las setecientas personas.
Alain de Monéys era un gentil hombre de buena posición social en la comarca. Vivía en una localidad distante tres kilómetros de Hautefeye. A pesar de su status, trataba afablemente a todo el mundo, y dentro de lo que podía, no dudaba en ayudar a sus convecinos.
Atraído por la feria de ganado, decidió pasar el día en tan infausto lugar.


La Francia Rural fue muy leal con Napoleón Primero, por tanto, la llegada al poder de su sobrino fue asumida con ciertas expectativas. La mayoría de los residentes de las zonas rurales eran de condición evidentemente humilde y analfabeta. Por ello para ponerse al día con la evolución de la guerra tenían que recurrir a la gente con cierta educación, la mayoría noble, lo que condicionaba cierto resentimiento por su parte.
Alain de Monéys estaba presente en la taberna, acompañado de un joven aristócrata, el vizconde Camille Maillard Lafaye, hijo del alcalde de la ciudad de Beaussac, y parte de su círculo de amigos. En un momento determinado, se hizo el comentario público de que las cosas no iban tan bien como se proclamaba en la prensa oficial en la guerra contra Prusia, afirmando que las bajas en el ejército eran muy numerosas. Esta noticia enardeció a los presentes en contra del vizconde, quien optó por abandonar el recinto, acompañado de su comitiva. El desmedido fervor patriótico de todos los presentes, encendido por el excesivo alcohol consumido, les llevó a trasladar su enojo en contra de Alain de Monéys, enarbolando horcas, garrotes y hoces. Alain fue acusado de ser un traidor a la patria, un espía de Prusia y de ayudar en la financiación prusa contra Francia en la contienda bélica. Algo absurdo, cuando Alain era un hombre sumamente conocido en la región por su patriotismo hacia Napoleón III. En medio de esta discusión, fue rodeado por una multitud enloquecida.


En ese instante se desató el infierno para Alain de Monéys. Encima el alcalde de la localidad, en vez de imponer orden, llevado por la sinrazón de los efectos de la bebida, conminó a los ciudadanos a "comérselo si les apetecía hacerlo".
Apalizaron a Alain sin pausa, llevándolo de un lado a otro a empujones, sin tener en cuenta sus ruegos.
El párroco de Hautefaye quiso interceder, y ofreció vino gratis a todos, esperando de esta forma frenar el maltrato al que era sometido aquel hombre. Pero más alcohol ingerido consiguió el efecto contrario. El odio hacia Alain de Monéys ya era generalizado más allá de los hombres, pasando por las mujeres, los ancianos y los niños.
Quisieron ahorcarle desde la rama de un cerezo, pero esta no pudo soportar su peso, quebrándose. Este fracaso en el ajusticiamiento impulsó a los más vehementes a someterle un castigo en forma de diversas horrendas torturas. Le fue sacado un ojo, le amputaron diversos dedos de la mano derecha, le descalzaron y le clavaron herraduras en los pies y casi le arrancaron todos los dientes.


Tras dos horas de infinito maltrato, Alain fue condenado a morir quemado en la hoguera. Su cuerpo fue atado a un madero hincado en el suelo de la plaza del pueblo. A los niños se les ordenó traer la leña con la cual fue calcinado. Conforme su piel bullía por el calor de las llamas en forma de ampollas, y su grasa resbalaba cual sudor mantecoso, algunas de las mujeres que presenciaban la escena se acercaron con útiles con que recoger la manteca de Alain. Luego fueron untando panecillos que fueron devorados por parte del público asistente al trágico final de aquel pobre hombre.


Cuando fue de conocimiento general el infame asesinato de Alain de Monéys, el 19 de agosto de 1870 en Hautefaye se personó la gendarmería, arrestando a cincuenta personas con edades comprendidas entre los 14 y los 60 años. El 18 de septiembre, veintiún acusados fueron informados de los cargos que había en su contra. Finalmente, en el juicio celebrado en la ciudad de Périgueux, diecinueve de ellos fueron declarados culpables, y cuatro de ellos condenados a muerte como instigadores principales de la tragedia que conllevó la muerte de Alain de Monéys.
El 6 de febrero de 1871 fue trasladada una guillotina a la plaza del pueblo de Hautefaye. En el mismo lugar donde fue dado muerto Alain de Monéys, rodaron las cabezas de los cuatro cómplices del asesinato.
Actualmente, nadie del citado pueblo desea rememorar el trágico suceso.
Sobre este incidente, hay un libro escrito por Jean Teulé titulado "Mangez-le si vous voulez" ("Cómalo si lo quiere"). 


miércoles, 20 de abril de 2011

¡La alergia primaveral de Pechuga de Pollo Mutante y su relación indirecta con un personaje de la Matanza de Texas!

Dedicado a "Leather Face", el auténtico, ¡jua, jua!









¡Éstos críos de hoy en día! Con lanzar unas cuantas granadas y algunos cuchillos al primer adulto que ven, ya se cansan para el resto del día. Je, je. Así me libro de la visita al matadero. Lo dicho, ¡Viva Pechuga de Pollo Mutante imitando de mala manera a "Leather Face"!


domingo, 17 de abril de 2011

Mi destino es hallarte en el infierno. (My destiny is to find you in hell).

Un relato nuevo recién salido de la barbacoa. Yo aporto las patatas fritas. Ustedes, la bebida, a ser posible una refrescante sangría, je, je...


- Estás aquí por justicia. Es lo que te mereces.
- ¡Déjame! ¡No me hables más, bastardo!
- ¡Ja! ¡Ja! ¡Sigue así, sin medir tus palabras!
- No pienso hacerte ni puñetero caso. He de buscar una forma de salir de este sitio.
Pero no había salida.
La oscuridad medraba entre pasillos metálicos interminables, donde resonaban con estridencia los pasos. Su vista se adaptaba en cierta manera a las penumbras. Como si fuera una especie de animal depredador de vida nocturna.
Quiso mirar la hora que era, pero no encontró el reloj de pulsera en su muñeca izquierda. Es más, descubrió que estaba desnudo, representando las características externas inherentes a toda bestia asesina sin el menor de los sentimientos.
Golpeó una pared con los puños, enfurecido por estar encerrado en ese laberinto infernal sin un camino que condujera al exterior.
- ¡Continua así! ¡Exactamente representas lo que eres! ¡Tu incoherencia es una virtud en esta dimensión donde ahora te hallas!
- ¡Cierra tu puta boca!
- ¡Hablaré las veces que quiera! ¡Y me regocijaré mil veces con tu caída al pozo del dolor infinito!
Reanudó su caminar por los corredores. Su mente estaba desconcertada por la tensión. Condujo instintivamente los dedos sobre la frente, llevándose la sorpresa de toparse con la tersura repulsiva de su cerebro, asomando a través de un enorme orificio horadado en el hueso frontal del cráneo. Apartó los dedos de aquel contacto inesperado, con su respiración incrementándose por la agitación.
- ¿Qué significa esto? ¡Joder! ¿Qué me ha pasado?
- Ya te cuesta asumir que estás muerto…


Lidia.
Ángela.
Su hermosa y maravillosa mujer.
Su preciosa hijita.
Lidia tenía 36 años.
Ángela, 6.
El destino se comporta mucha veces de forma caprichosa, asentando de manera indiscriminada e injusta el dolor más profundo en el seno de una bendita familia formada por el amor y la consideración hacia el resto de las personas.
No estaba preparado para verse en una confrontación caprichosa y circunstancial con una miserable alimaña inadaptada, cuyo axioma era valerse de la violencia criminal para la consecución de sus sucios propósitos.
Carter lo supo cuando entraron en la sucursal bancaria. Un joven alto, desgarbado, vestido con vaqueros desgastados y con la personalidad oculta bajo un pasamontañas de lana negra los incluyó como rehenes en su asalto. Estaba fuera de sí. Consumido por el síndrome de abstinencia. Precisaba de un buen puñado de dinero para adquirir su dosis de droga. Salivaba. Pestañeaba sin cesar. Ordenaba de forma brusca a la familia recién llegada, a la cajera y al director. De alguna manera, este último pudo pulsar el botón de alerta a la policía. En escasos cinco minutos, el banco fue rodeado por tres coches. Todo transcurrió demasiado rápido para el ladrón. Al revés que para Carter, que vivió lo acontecido, escena a escena, a cámara lenta.
Aquel desgraciado perdió los nervios. Sin esperar a nada, se hizo con Lidia y Ángela, y con ambas se dirigió a la entrada. Exigió a los agentes que le dejaran irse en un coche. Si no cedían a sus deseos, empezaría a matar a los rehenes uno a uno.
Carter apreció que lo decía en serio. Estaba desquiciado. Enloquecido. Era un ser que no valoraba una vida ajena.
Sin venir a cuento, se escuchó un disparo. Acababa de ejecutar a su mujer delante de Ángela, demostrando a la policía que iba en serio.
Lidia cayó fulminada, exangüe sobre el suelo de la entrada, formándose un charco con su sangre. Carter gritó, desesperado. Corrió hacia ellos. Conforme se aproximaba, percibió los disparos procedentes de la policía. Aquel bastardo se agachó. Ángela logró desasirse de la mano izquierda del criminal, echando a correr hacia los brazos de su padre. Carter estuvo pendiente de la llegada de su hija. El estallido de una descarga se propagó por el interior del banco. Cuando Ángela quedó recogida contra el pecho de su padre, lo hizo debilitada, empapándole la pechera de la chaqueta con su sangre infantil.
En ese instante, Carter vio como su mundo perfecto se desmoronó con la facilidad de un castillo de arena.
Fueron apenas ochenta segundos de ingrata demencia.
El tiempo que llevó desde la muerte de su mujer, pasando por la de su hija, para culminar con la del propio asesino a manos de la policía.


Días de luto.
La ceremonia respetuosa del funeral.
El entierro prematuro de sus dos seres queridos.
Un dolor profundo. Una incomprensión infinita.
Los días de duelo fueron sustituidos por su adaptación a un mundo irreal.
Lidia. Ángela.
Ángela. Lidia.
Su existencia lastrada repentinamente por el deseo sanguinario brutal de un miserable inadaptado.
Estuvo dándole vueltas a lo inútil de su existencia.
Su tristeza fue sustituida por un ansia de venganza. De pura furia.
Tras días de cierta indecisión, buscó la dirección de la familia del asesino de su mujer e hija.
Se armó de una escopeta de repetición y se dirigió en la mitad de una tarde, dispuesto a impartir su propia justicia.


- ¡La diversión está muy cercana!
- ¡Cállate! ¡No soporto oírte!
- ¡Ja! ¡Vete acostumbrándote!
Sus pies estaban en carne viva. Llevaba no horas, si no innumerables días dirigiéndose por aquellos pasillos entrelazados que conducían a ninguna parte en particular. Su estómago estaba revuelto. No de hambre. Si no de los ardores del odio más nefando. Constantemente se tocaba la horrenda herida infligida a su frente.
Entonces…
Una figura surgió repentinamente al doblar la esquina de un camino. Entre sombras, su perfil era neutro. Cuando se movió y se le acercó, pudo ver que estaba igual de desnudo que lo estaba él. Lo primero que le llamó la atención del recién llegado fue la enorme llaga que supuraba sangre viscosa procedente de su estómago.
- ¡Joder! ¡Estás peor que yo! – le dijo, enfurruñado por el encuentro. – Ni que te hubieran pegado un buen tiro en las tripas.
Cuando el extraño alzó el rostro pálido y contraído por la ira, lo reconoció al instante.
Era el padre de aquella niña.
El marido de aquella mujer.
El hombre se contuvo como pudo por unos segundos.
Separó los labios para simplemente musitarle:
- Por fin te encuentro. Tuve que matar a tus padres y a tu hermana para obtener la condenación eterna.
Tomó impulso como un atleta al iniciar una carrera de cincuenta metros lisos, y sin más, se abalanzó sobre el autor de la muerte sin sentido de Lidia y Ángela.
Se entabló una pelea antológica. Una lucha que se repetiría constantemente entre aquellos dos contendientes.
A su vez, una carcajada estridente se expandía por las paredes de los pasillos metalizados del laberinto en forma de eco, evidenciando lo satisfecho que estaba por haberlos reunido a ambos en aquella prisión del inframundo.


Año y medio de Escritos de Pesadilla desde su primer seguidor oficial. Una celebración entre penumbras...

Hola, estimados lectores y seguidores de Escritos. Hoy se cumple una singladura de dieciocho meses desde que este rinconcito del terror más insignificante tuviera a bien obtener el reconocimiento en forma de su primer seguidor oficial con avatar. Je, je. Son los 250 que figuran ahí arriba. Sin rubor. Sin temor a quedar marcados para siempre. Señalados por el dedo criticón de la sociedad en general.
En agradecimiento a estos seguidores, además de a quienes prefieren mantenerse en la discreción del anonimato va dedicado este sucinto post.
En estos tiempos, difíciles para mi mente trastornada, resulta difícil seguir con ánimos de teclear frente al procesador de textos para conformar alguna nueva historia. Igualmente cuesta lo suyo animarme a bosquejar los dibujitos con los que intento contrarrestar el desasosiego de los relatos con el humor gráfico.
Sinceramente, reconozco que es jodido que en mi entorno más cercano, no se me valoren mis relatos. Cuando comento a mis familiares, amigos y compañeros de trabajo la existencia de este blog, la mayoría se extraña que escriba. "¿Cómo es que se te da por escribir historias de miedo?", suelen comentarme como si fuera una incoherencia, una cosa inútil, una pérdida de tiempo.
Todo esto, concentrado con la época que me toca vivir, que no me motiva en absoluto, me sume en una melancolía real, similar a la de las dos ilustraciones más recientemente publicadas. 
"Ese es mi camino".
"Puede".
"Ahora".
"A lo mejor".
Diantres. Nunca se sabe. 
Menuda manera de celebrar que al menos hay personas anónimas inmersas en el océano de internet interesadas en algunos de los renglones torcidos que escribo.
En fin, dejando la eterna amargura que me invade, con el cual me siento cada vez más identificado con mi idolatrado Poe, os dejo una chispa de mi Álter Ego Pechuga de Pollo Mutante.
Cada vez más cabreado, enojado, a punto de explotar como si fuera una maldita bomba de racimo, de las vendidas a Gadafi para que ahora este se ponga ciego matando a civiles...



jueves, 14 de abril de 2011

Ilustración gráfica del relato "Compañeros de trabajo".

El dibujito está centrado en las penurias de la mujercita del desventurado Arthur...




Compañeros de trabajo.

Recuperación de un antiguo relato de Escritos. Ligeramente retocado, y reconvertido en un homenaje al cine barato de terror de los psicópatas de serie "B" de la actualidad.


En ningún momento pudo consentirlo. Aquella persona era maravillosa, y no se merecía que por culpa de un vil malnacido cobarde su vida privada pudiera quedar destrozada en los sueños de una América corrupta y pútrida.
Lo esperó a la salida. Era un joven de veintiocho años. Estatura inferior a la media. Cabellos cortos rubios pajizos. Aparentaba cierta inocencia, como si fuera incapaz de romper un vaso de cristal. Bastardo. Si supiera ya lo que estaba sucediendo desde la distancia de su propio hogar en las horas más recientes de ese mismo jodido día, no sonreiría ni siquiera al abordarle.
- ¿Arthur Desmoines? – le preguntó cuando este estaba acercándose a su Ford Focus gris metalizado por el lado de la puerta del conductor.
Arthur se detuvo y lo miró con curiosidad.
- ¿Quiere algo? ¿De qué me conoce? No me suena su cara.
- Pues debería.
- Va a ser que no.
- Seguro que le suena el nombre de Albert Lawrence Douglas.
Fue citar el nombre y aquel joven perdió su jovialidad inicial en un instante.
- Bueno. Es compañero de trabajo.
- Eso ya lo sé. Ahora haga el favor de acompañarme hasta mi furgoneta. La tengo estacionada en esa esquina, donde no nos molestará nadie.
Arthur gesticuló con firmeza con la mano derecha.
- Oiga, si es familiar del chaval, sepa que se dirige a la persona equivocada. Además salgo de un turno de catorce horas. Estoy muerto y con ganas de llegar a casa para cenar.
- Donde estará su mujer. Una jovencita tierna y adorable. Sobre todo cuando grita al ser amenazada por un cuchillo apretado sin ninguna ligereza contra su garganta…
Sin mediar más palabra, le mostró una mini grabadora y la puso en marcha.
Una voz angustiada femenina surgió del aparato:
- "¡Arthur! ¡Por favor! ¡Tienes que hacer todo lo que te diga este hombre…! ¡Noo! ¡Otra marca en el brazo, no! ¡Por favor, Arthur! ¡Si no lo haces,  me va a marcar todo el cuerpo…! ¡No! ¡Suéltame la pierna…!"
Apagó la grabadora. Observó la perplejidad reflejada en el rostro imberbe de aquel desgraciado.
- ¡Laura! ¡Hijo de puta! ¿Qué le estás haciendo? ¿O qué le has hecho?
- Acompáñeme hasta el vehículo. Ahí tengo un equipo montado donde podrá observar en directo el estado de su esposa. Quiero que sepa que si no me obedece, no sólo morirá ella, si no que igualmente lo hará usted. Y después iré a por sus padres. Mi inclemencia con su familia será total.
Se guardó la grabadora en un bolsillo y la sustituyó por una pistola Glock con silenciador.
- ¡Loco! ¡Eres un maldito perturbado!
- Eche a caminar conmigo.
Arthur se vio forzado a dirigirse hacia un furgón de reparto de carrocería oscura, estilo azul eléctrico.
No dejó de apuntarlo con el arma. Sintió un olor acre similar a la orina. Como ya suponía, aquel muchacho era una gallina. Sólo se servía de su propio servilismo para intentar medrar en el escalafón de la empresa donde trabajaba, perjudicando a sus propios compañeros de trabajo. Le tendió las llaves y le hizo una indicación de que abriera las puertas traseras del vehículo y luego subiera a su interior.
- ¿Tienes a Laura aquí dentro, canalla?
- Digamos que tan sólo en espíritu. Su cuerpo está donde corresponde.
- ¿Cómo?
Arthur abrió las puertas y vio que la parte trasera de carga del furgón estaba ocupado por un equipo de audio y video, como si fuera una unidad móvil de televisión con monitores.
- Yo entraré después de usted – le dijo a Arthur, señalándole los dos taburetes ubicados frente al panel de las cámaras.
Cuando lo hizo, cerró las puertas. El joven ya se había sentado y él lo hizo a su lado, hincándole la boca del cañón en las costillas de su costado derecho.
- Voy a serle breve, Arthur. Su compañero Albert está a punto de ser despedido por una falsa acusación. Ustedes son vigilantes de seguridad, y dentro del reglamento de régimen interno, en lo que respecta a las sanciones, hay diversas faltas muy graves que pueden conllevar el despido fulminante por parte de la empresa. Una de estas infracciones es el consumo de bebidas alcohólicas y cualquier tipo de estupefacientes durante el servicio.
Se detuvo unos segundos en la explicación. Miró al joven sin pestañear. Este accedió a contarle lo sucedido hace unos días durante su turno de trabajo compartido con Albert Lawrence Douglas.
- Vale, Albert fue pillado bastante bebido. Su estado era lamentable. El inspector lo hizo constar en el parte diario y luego fue sancionado. También es cierto que puede incluso ser despedido, pero ese no es mi problema.
- Se equivoca, Arthur. Ese es su principal problema, y el que mortifica a su mujer.
Pulsó un mando y las tres pantallas de los monitores se llenaron con la presencia de Laura. Estaba vestida simplemente con su ropa interior, introducida en una bañera con agua, inmovilizada a los asideros con cadenas. Miraba al objetivo de la cámara con el terror impregnando las pupilas de sus ojos.
Arthur se quiso incorporar, pero la punta de la pistola estaba apretada de firme contra su costado.
- Siéntese, por favor. No tengo ganas de apretar el gatillo, al menos por el momento.
- ¡Cabrón! ¿Qué pinta mi Laura en esa puta bañera? Dios, encima los brazos, la cara... ¡Te has ensañado con ella! La has dejado marcada de por vida con cicatrices, hijo de puta.
- Más o menos en la misma medida en que de momento su compañero Albert Lawrence Douglas está sufriendo los rigores de una sanción injusta e inmerecida.
Arthur se acomodó sobre el taburete, afrontando la mirada fría y sin escrúpulos de aquel hombre.
- Continuemos con la historia. En este caso con sinceridades. Arthur, tanto por parte de Albert, como de muchos más de sus compañeros de trabajo, reconocen que es usted un trepador que vendería a su propia madre con tal de conseguirse los favores de sus superiores. Además anhelas un día ser inspector. Y qué mejor manera de hacerlo, que cumplir con los deseos de uno de tus superiores, quien mantiene discrepancias con Albert por la negativa continuada de este a trabajar en sus días libres cuando hay bajas en el equipo por enfermedad. Le dijiste que podrías echarle una mano quitando de encima a Albert, así que en un turno que ambos coincidisteis, te inventaste que estuvo trabajando en precarias condiciones bajo los efectos del alcohol. Era tu palabra contra la de él, pero lo suficiente para que el inspector lo sancionara mientras salga adelante el recurso planteado por Albert. Con la gravedad que esto puede tardar un tiempo. El suficiente para mermar la moral de su compañero, pues hasta que no llegue la fecha del juicio laboral, no puede trabajar en ninguna otra empresa de seguridad por la grave condicionante del despido. Seguro que las referencias que pidan a sus superiores serán negativas. Y hoy en día, sin ingresos, uno lo pasa rematadamente mal.
- ¡Yo no falseé el informe!
- Entonces si no lo falseaste, tu mujer morirá.
“ Arthur. En el instante que yo lo ordene, la persona que tengo a cargo de tu esposa saldrá en escena portando un pequeño electrodoméstico. Puede ser una tostadora, una radio, etc… El caso es que estará enchufado, y en cuanto entre en contacto con el agua, Laura perecerá electrocutada delante de tus propios ojos. Luego yo te pegaré un par de tiros, y Albert será vengado de una forma ligeramente agresiva.
Arthur se quiso incorporar en actitud implorante.
- ¡No! ¡Suelta a mi Laura! ¿Qué quieres de mí?
- Que seas sincero. Ahora mismo redactarás un nuevo informe donde reconoces la falsedad de los hechos – le tendió una hoja. – Dentro de unas escasas horas,  en cuanto abran las oficinas de la empresa de seguridad donde trabajáis ambos, acudirás raudo y solícito y ante un mando neutral, le reconocerás que mentiste acusando falsamente a Albert. En cuanto Albert se reincorpore al trabajo, volverás a ver a tu mujer. Te doy un plazo de veinticuatro horas. Si Albert Lawrence Douglas no está trabajando para entonces, y a la vez no eres despedido como te mereces, no sabrás nunca más del paradero de Laura. Puede que incluso decida también acabar con tus padres…
Conforme decía esto último, pulsó el mando y en una cámara se pudo observar a dos personas atadas de manos y pies y con los rostros ocultados bajo sendas capuchas negras. Estaban sentadas en dos sillas de madera.
Arrimó los labios a un micrófono.
- Muévete para que te vea Arthur – dijo con voz impersonal.
Una sombra se fue acercando a las dos personas inmovilizadas portando un hacha…


Pasaron las horas, y con ellas, el plazo. Conforme se esperaba, Arthur Desmoines reconoció su falsa acusación contra Albert Lawrence Douglas . El primero fue despedido, mientras el segundo recuperaba su trabajo y su estabilidad emocional.
Albert terminó su primer turno tras varios días de paro forzoso. En cuanto regresó a casa, se tumbó en el sofá del salón y se puso a ver las grabaciones prestadas por su amigo de mentirijillas.
Sonriendo, hizo subir el volumen del televisor con el mando a distancia, recreándose en los gritos de Laura Desmoines conforme era torturada por el filo de una navaja…
- Estuviste genial – se dijo, satisfecho.
- Efectivamente. Encima el muy gilipollas se creyó que todo sucedía en riguroso directo – se contestó a sí mismo.
- Así es. Siempre dije que Arthur, aparte de ser un puñetero lameculos, de inteligencia anda muy justito. Mira que no fijarse que en la grabación de sus supuestos padres, estos no eran más que dos simples maniquíes…
Albert se restregó los párpados.
Aquel idiota ignoraba que tenía dos personalidades… Además de ciertos conocimientos de maquillaje y ventriloquia, que le hicieron pasar por un perfecto psicópata.
Esto último ya estaba a punto de implantarse en su mente. De hecho, si Arthur no hubiera accedido a sus deseos, no hubiera dudado en ningún instante en haber acabado tanto con él, como con su otrora bella mujer…

domingo, 10 de abril de 2011

Ilustración Gráfica del relato FREAK (un fenómeno de circo).

Como he hecho con alguno de los relatos más antiguos de Escritos, he sometido a revisión y mejorado algunas de las líneas de FREAK (un fenómeno de circo). Además he añadido una ilustración personal, tomando como referencia al personaje central del relato.




FREAK (un fenómeno de circo).

FREAK
(un fenómeno de circo)
Escena primera


La feria es de cuarta categoría. Bueno. Eso es lo que pensaba yo. Me encontraba en un estado lamentable, la ciudad estaba en fiestas y andaba vagando de aquí por allá como un transportista extranjero sin GPS. Este año los señores del ayuntamiento habían recortado gastos en el presupuesto de actividades, y se habían conformado con concederle la licencia a un empresario de un país del este de Europa. Se encargaba de aportar su circo propio, amén de unas cuantas atracciones de feria. Yo siempre había detestado el circo. Más que nada por el olor que desprendían las bestias. Nunca he sido un fervor seguidor de las piruetas simpaticonas de los animales adiestrados a golpe de látigo y zanahoria. Soy así de raro. En cambio las casetas de los fenómenos y las atracciones de espejos y de terror sí que concitaban mi atención. Me divertía atrapado entre laberintos de espejos donde se reflejaba mi perversa personalidad en varios clones sonrientes. Y atravesar montado en una vagoneta por los vericuetos aterradores del castillo fantasma del doctor Dolor era ya el no va más para mi sentido gusto del morbo.
Así que medio alcoholizado, me fui recorriendo las barracas y para mi disgusto, no hallé más que atracciones propias para niños menores de diez años. No había ninguna creada para el deleite de los adultos. Un timo. Una estafa. Mi humor se puso denso y destemplado. Me apetecía agarrar al dueño de toda esa colección de baratijas y emprenderla a patadas contra el paquete de su ingle hasta dejarle caer desvanecido en un ovillo. Si hubiera dispuesto de una tea, toda esa patética feria hubiera ardido por los cuatro costados, clientela incluida. La bebida... Estaba dejándome influenciar por sus efectos nocivos. Sería mejor abandonar el recinto. La gente chillaba y se reía, y mi dolor de cabeza iba en aumento. Estaba a punto de irme, cuando alguien me asió por el codo de mi brazo derecho.
- No se marchará así, señor. No al menos sin ver una atracción - me dijo un ridículo gordinflas vestido de maestro de ceremonias. Hasta llevaba el sombrero de copa sobre la azotea del cráneo.
- Menuda diversión tiene aquí, amigo. Un circo aberrante y cuatro tonterías para los mocosos más tontos del barrio - le dije con acritud. Hipé en frente de su orondo y grasiento rostro. El tío estaba sudando dentro de su aparatoso traje como un cerdo bien cebado.
Se me quedó mirando con cara de no comprender nada.
- Usted trae toda esta porquería desde Mesopotamia - le critiqué con desdén.
- Albania, señor.
- Eso queda en Europa.
- Así es, señor. Y me es justo decirle que nuestra caravana tiene una reputación de alto nivel en buena parte del continente.
- Pero aquí estamos en América, amigo. Y qué quiere que le diga. Su circo y el resto de su feria me parece pura bazofia.
- Ajá. Discrepo de su opinión, pero en América hay democracia.
- Eso mismo.
- Y como hay democracia, tiene cabida tanto su opinión como mi maravilloso espectáculo.
Me estaba hartando de tanta cháchara con ese payaso. Me libré de su apretón y continué dando tumbos con la bebida dominando mis impulsos. Joder, ese albanés no me conocía bien. Si supiera lo cabrón que llego a ser, ni se hubiera dignado en dirigirme la palabra. Con lo fácil que resultaba atarle en la silla del sótano de mi casa y sacarle los dientes uno a uno con unas tenazas. Le salvaba que me encontraba borracho perdido. Si no otra patética víctima anónima que iba a sumarse a mi depravado juego solitario del torturador y su presa. Ya no sé ni cuántos cuerpos llevo sepultados bajo el piso del sótano. Deben de ser ya una docena. No está mal para llevar simplemente un año y medio con mi diversión infernal.
Continué andando en eses, cuando percibí que alguien correteaba detrás de mi estela. Me volví y el inmenso dueño de la barraca me alcanzó casi con la lengua fuera. Estaba opulento. Mucha carne para ser diseccionada con el filo de un buen bisturí de cirujano. Tardó unos segundos en recuperarse del esfuerzo de la carrera.
- Es una pena que decida marcharse, señor.
- Déjeme ir a mi bola, amigo. Si no lo hace, lo más probable es que lo lamente luego - le corté poniendo mi característica mirada que helaba la sangre en todo aquel que se pusiera pesado conmigo.
El hombre se quedó quieto por un momento. Luego fue sonriendo.
- Usted es perfecto- dijo encantado con mi pose.
- ¿A qué se refiere?
- Digo que usted es perfecto para mi espectáculo.
Dicho y hecho extrajo un arma de esas que al disparar descargan una serie de corrientes eléctricas para inmovilizar a los presos en ciertas cárceles del estado. El caso es que me apuntó de maravilla y consiguió que perdiera el conocimiento entre fuertes espasmos de dolor.



El circo y el resto de su negocio es albanés. Desconozco en qué parte de Europa queda ese condenado país. Sólo se que en lo que a mí me atañe, su dueño es un sujeto muy peligroso para la sociedad en que vivimos. Más o menos cómo lo soy yo.
Desperté mucho más adelante sin derecho a replicar ninguna de sus órdenes. Para algo me había sido arrancada la lengua. Además de las orejas y el posterior ensañamiento con mi nariz. Mediante el efectivo uso de la morfina, y unos ásperos conocimientos de cirugía plástica, el dueño del espectáculo modificó mi rostro tornándolo irreconocible incluso para mí mismo. Me convirtió en un fenómeno de circo. Un ser aberrante y deforme, que sufría las pesadas bromas de tres payasos sádicos e inclementes. Vivía encerrado en un carromato insignificante, con barrotes en las ventanas y con la puerta cerrada bajo llave y un grueso candado oxidado. Este era mi nuevo destino. Las pocas veces que conciliaba el sueño, era para tener horribles pesadillas en las cuales los espíritus de mis víctimas del sótano acudían a mi encuentro para regocijarse de mi situación actual.
Mi abuelo paterno solía decirme a veces las vueltas que daba la vida.
En eso tenía toda la razón.
De carcelero he pasado a prisionero.
De torturador a la persona torturada.
De depredador a presa.
La última diferencia entre mis víctimas y yo es que ellas ya estaban muertas mientras yo me mantengo aún vivo.
Me levanto para aferrarme a los barrotes de mi prisión rodante.
¿En qué me he convertido?
Antes, por mi condición de asesino en serie sin remordimientos de ningún tipo, pudiera ser merecedor de la pena capital. ¡Pero y ahora! No me queda más consuelo que esperar mi oportunidad. No mi ocasión de escape. Si no la simple posibilidad de tener a mi alcance el cuello de triple papada del dueño de la compañía para rebanárselo de oreja a oreja con un afilado cuchillo. Hasta que ese momento llegue, he de conformarme con mis penurias de Monstruo de La Cabeza Lisa.
La entrada sólo cuesta doce dólares.
Pasen y vean, señores...
Verán que el “show” vale la pena
.


FREAK
(un fenómeno de circo)

Escena segunda


No tengo más el don de la palabra. Tan solo puedo soltar gruñidos abyectos por la falta de mi lengua. Mi rostro es una pura máscara de horror chinesca. Sin orejas. Sin nariz. Con la cabeza afeitada. Al principio me maquillaban como si fuera un payaso esquizofrénico surgido de una pesadilla de gin tonic con barbitúricos. Con el tiempo ya me fui acostumbrando a hacérmelo yo solito delante del espejo de mi camerino. Mi camerino estaba dentro mismo de mi prisión rodante. Mi espejo era un pequeño trozo roto perteneciente a uno mayor que seguro que le habría traído no siete, sino un millón de años de mala suerte al dueño del mismo. Ojala que ese dueño fuese Basilio. Así se llama el gran maestro de ceremonias de la TROPA CELESTE. Y así se hace llamar su circo majestuoso y las atracciones que lleva a cuestas por buena parte de Europa y del continente americano. Las atracciones eran insufriblemente infantiles. ¿Para qué iban a resultar interesantes para los adultos, si la verdadera atracción era el propio circo? Un circo maquiavélico, donde los protagonistas eran seres deformes y caricaturescos saltando de trapecio en trapecio, fustigando a leones famélicos y carentes de toda cola, lanzando cuchillos afilados a la bella Marta, lo único agradable de ver en toda la "trouppe", y rematando faena, el número de los payasos poseídos por Satanás persiguiendo sin parar al Monstruo de la Cabeza Lisa con el fin de masacrarle a porrazos con auténticos bates de béisbol.
Por cierto, yo soy el Monstruo de la Cabeza Lisa.
Basilio no me conoce bien. Cuando me atacó con el táser en mi ciudad natal con el objeto de convertirme en lo que ahora soy y en servirse de mis atractivos cara a la galería, jamás pudo sospechar que nos habíamos unido dos seres de lo más despreciables. Yo era por aquel entonces un asesino en serie sádico y cruel. Me encantaba mantener a mis víctimas inmovilizadas en una silla en el sótano de mi casa por horas interminables, inflingiéndoles todo tipo de torturas con objetos afilados, hasta que llegado el momento me aburría y decidía acelerar el proceso. Luego quedaba echar mano de la pala. De hecho en apenas un año y pico disponía de un bonito cementerio bajo el suelo del sótano. Allí reposan los restos de una tal Anna. La osamenta de un tío cretino que vino a venderme un seguro del hogar a todo riesgo. La bicicleta de la repartidora de prensa matutina del barrio con su dueña, evidentemente. En fin. Eso era yo. Un despiadado, frío y calculador asesino. Hasta que a un estúpido dueño de una compañía ambulante albanesa se le ocurrió la brillante idea de secuestrarme para formar parte de su insufrible elenco de fenómenos de circo.  Sin contar con mi asentimiento. Como me había dejado mudo, indocumentado y alejado de mi entorno familiar, si es que acaso yo lo tuviera, porque mis padres me detestaban y vivían al otro extremo del país, el bueno de don Basilio se había pensado que con el paso del tiempo ya no iba a tenérsela jurada. Que iba a terminar por adaptarme a su peculiar tropa de aberraciones andantes y parlantes. Craso error.
Llevaba un año colaborando de manera desinteresada en el dichoso numerito de los payasos satánicos, y poco a poco el maestro de ceremonias fue bajando de manera peligrosa la guardia. Se ve que tenía alguna clase de remordimiento respecto a lo que me había hecho, y como veía que El Monstruo de la Cabeza Lisa estaba ejecutando su labor diaria con todas las ganas del mundo que podía hacerlo una persona raptada y mutilada a las órdenes de su brutal captor, decidió que era hora que yo dejara de vivir y de trasladarme en el interior de la prisión andante. Me encontró acomodo en la caravana de un tipejo que tenía aspecto de reptil y que ejercía el número del hombre bala. Jamás quise interesarme si el tal Basilio le había rebautizado bajo una lluvia de ácido para conferirle a la piel ese aspecto tan granulado, así que estuvimos conviviendo ambos en buena paz y armonía, porque del mismo modo a mi nuevo compañero de habitación le importaba un pepino el modo en que yo me había quedado sin habla, sin nariz y sin orejas.
Con el paso del tiempo, me fui convirtiendo en uno más de la compañía y podía ya merodear a mis anchas por toda la zona de acampada. Para mi sorpresa, una mañana don Basilio me concedió permiso para ir de excursión a la ciudad donde nos correspondía estar por esas fechas de la gira de verano.
Mi mejor amiga era la encantadora y majestuosa Marta. La muchachita que se afanaba en todas las funciones del circo a eludir los lanzamientos de cuchillos por parte de Sanabrio, el Duende de la Doble Chepa. Mediante mi escritura sobre el reverso de un programa de fiestas de la localidad pude invitarla a que fuera mi adorable acompañante. Y Marta, cuyo corazón es de oro, aceptó de muy buen grado.
Más tarde, cuando volvimos ya de la excursión, me dirigí acompañado de mi colega de cuarto, el hombre con aspecto de reptil, hacia la caravana que hacía de oficinas del dueño albanés. Don Basilio abrió la puerta con desgana. Raramente aceptaba visitas de sus empleados en su despacho.
- Vaya. Don Feo y don Escamoso. ¿Qué se os ofrece por aquí? - nos trató de inicio con desdén.
Evidentemente yo no podía articular ni media palabra. Pero eso no importaba. Reptil estaba bien aleccionado sobre lo que tenía que decirle al puerco seboso de don Basilio.
- Cierre el pico, y quédese sentado en su silla - le ordenó Reptil.
- ¿Cómo? - Basilio hizo la intención de incorporarse, pero mi compañero le convenció de lo contrario con la exhibición de un machete.
- Está bien, muchacho. No te exaltes. Tengamos la fiesta en paz. Si queréis algo de dinero suelto para tomaros una coca cola, id a la taquilla y que os de Adela unos cambios. Decidle que vais de mi parte.- continuó diciendo para tratar de convencernos de no cometer una tontería.
El maestro de ceremonias esbozó una sonrisa nerviosa. No se esperaba que me fuera a acercar yo con una preciosa cuerda de nylon. Para cuando quiso resistirse, ya estaba con el lazo colocado entre su barriga y el respaldo del sillón. Lo demás fue dar vueltas a su alrededor hasta inmovilizarle por completo.
Su rostro se tornó iracundo. Estaba claro que esa situación no le agradaba lo más mínimo.
- ¿Qué hacéis, pareja de desgraciados? ¡Soltadme os digo! ¿O es que acaso queréis que os arregle un poco más vuestra fachada de aspirante a actor secundario de una producción barata de terror?
Pataleó sentado y tironeó de la cuerda, pero los nudos que le había aplicado eran de los más eficaces contra todo tipo de escapismo. Hasta Houdini las hubiera pasado canutas con mi técnica de creación de nudos marineros.
Le puse un buen trapo en la boca, y así estuvo bien calladito. Con un gesto le indiqué a Reptil que se ocupara de vigilarlo mientras yo me dirigía al ordenador de sobremesa. Estaba encendido. Busqué la página Web del banco donde don Basilio tenía depositado todos sus bienes financieros. Esta información bendita se la debía a Marta, que por algo pasó alguna que otra velada lujuriosa con nuestro amigo el mantecas. Estaba todo introducido, menos la contraseña particular. Miré al empresario albanés. Reptil adivinó mis intenciones y se encargó de quitarle la mordaza.
- ¡Cabrones! En cuanto me suelte os voy a despellejar vivo en una tinaja de aceite hirviendo - bramó, con el rostro rojo de furia.
Reptil se encargó de tranquilizarle con el apoyo del filo del machete bajo su triple papada.
- Dinos la contraseña de acceso a tu cuenta - siseó Reptil.
- Me cago en tu madre...
- Será la última vez que te lo pida - le amenazó Reptil, apretando el filo contra los pliegues de grasa de su garganta.
El maestro de ceremonias de TROPA CELESTE nos confío la contraseña en un susurro desesperado. Me encargué de teclearlo en el campo de la pequeña ventana de acceso a su cuenta.
Una vez conseguido esto, todo lo demás fue coser y cantar.


Abandonamos la caravana un cuarto de hora después. Estuve divirtiéndome todo ese rato con la proliferación de grasa del empresario. Con un simple punzón de zapatero se consiguen un montón de perforaciones en un cuerpo humano antes de condenarlo a la muerte más sádica posible. Seguía llevándolo en mis genes. Demonios, me había mantenido casi dos años sin haber asesinado a nadie. Fue una especie de liberación mental. Un viejo anhelo recuperado de nuevo.
Los dos dejamos el complejo circense para dirigirnos a la ciudad. Quedamos citados con Marta en un local de comida rápida. Mi amigo Reptil estaba muy desconfiado. Pensaba que la chica nos la iba a jugar en el último momento. Le aseguré por gestos que ella era la persona en la que más creía de toda mi vida. Llegó con media hora de retraso. Acarreaba consigo un maletín de piel. Estaba muy sonriente. Dios. La chica te podía derretir con su simple sonrisa. Nada más sentarse, nos enseñó el contenido del maletín. Dentro del mismo había un montón de fajos de billetes de cincuenta euros. Una cantidad total de cien mil euros. La recaudación de la mitad de la gira recorrida por media Europa. Lloré emocionado.
Esa mañana que fui acompañado de Marta a la ciudad, fuimos a un banco y abrimos una cuenta a nombre de ella. A esa cuenta fue donde yo transferí buena parte de los ahorros del dueño del circo y del resto de atracciones de la feria.
Los tres juntos nos fundimos en un único y noble abrazo.
El camarero nos miraba de refilón.
Su expresión lo decía todo.
Cómo diablos podía tamaña belleza estar relacionada con dos fenómenos de circo como el Reptil y yo.
Ay amigo, eso mejor te lo explicaría yo con pelos y señales en un oscuro sótano acompañado de cuerdas y cuchillas de afeitar...