domingo, 30 de octubre de 2011

"Caramelitos Envenenados de Halloween": Póster de Extraterrestre Zombi.

Como regalito especial de Halloween, un precioso cartel de película de terror de serie "ZB" para decorar cualquier pared desnuda y desconchada de la casa donde residimos antes de ser desahuciados por el banco de turno...



"Caramelitos Envenenados de Halloween": Abducción Nocturna.

No hay nada más saludable que ser gratamente despertado en la cama en plena noche de Halloween a las tres de la madrugada por el beso en la mejilla de la hermosa tenista rusa Martina Solokovenkova...
Por desgracia, no todos disfrutan de despertares tan brillantes...



jueves, 27 de octubre de 2011

martes, 25 de octubre de 2011

"Caramelitos Envenenados" de Halloween: "El Híbrido Nocturno". (Relato corto de terror).

Iniciamos la semana de Halloween con un relato corto de terror del año 2010 de Escritos de Pesadilla. Como en veces precedentes, el original ha sido revisado, acompañado de una ilustración, al cual en esta ocasión se le ha aplicado un suave efecto estilo lienzo de pintor.


Era una noche húmeda y gélida. La respiración quedaba plasmada en el aire en variopintas formas grumosas volátiles, dispersadas al olvido en segundos, siendo sustituida la desaparecida por la nueva surgida de la siguiente exhalación. El suelo pedregoso estaba resbaladizo. Era sumamente sonoro si se andaba presuroso sobre su superficie.
Y yo caminaba de esa manera.
Apremiado por el ansia.
Las ganas.
El hambre.
Las calles de la barriada estaban vacías de vida, exceptuando algún vagabundo, borracho o mujer de vida disipada que anduviera a lo suyo en los rincones más recogidos y abyectos. Por tanto me introduje por las callejuelas más estrechas. Finalmente di con un hombre mayor. Un menesteroso que estaba preparando su catre con cartones sacados de un contenedor. Mi urgencia me delató. Aquel infeliz giró su rostro, constatando que alguien más merodeaba por su pequeño y miserable refugio.


Me abalancé sobre él, alargando los brazos y sin dejarle tiempo a reaccionar, le seccioné la cabeza con el hacha que portaba. Un chorro de intensa sangre en tonos bermellones emergió de su tronco conforme las facciones horrorizadas quedaron paralizadas para siempre en su rostro, antes de permanecer arrinconadas entre los cubos de la basura. Su cuerpo anduvo unos cuantos pasos por mis cercanías, tropezándose con la pared más cercana, hasta trastabillarse y caer pesadamente sobre el costado derecho. Sus miembros ejecutaron algunos movimientos espasmódicos antes de quedar inertes.
Entonces…
Me dejé aproximar a su cadáver, acomodándome de rodillas. Extraje del bolsillo interno de mi chaleco un bisturí, y comencé a cortarle la ropa, explorando en busca de su carne.
Era un deleite para la vista de un caníbal.
Con rapidez fui consumiendo partes de su rostro y de su brazo izquierdo, masticando con premura, con los sonidos de mi propio estómago protestando por la tardanza del banquete.
Pero aquella noche iba a ser diferente a todas las anteriores.
Mis tropelías siempre habían sido en solitario. Nunca había sido perseguido. Ni mucho menos descubierto.
Me reconocía como un ser distinto. Obsesionado por el sabor de lo prohibido.
Jamás dudé de lo aberrante de mi naturaleza entre humanos, aún considerándome a mí mismo como un mísero mortal.
Conforme me alimentaba de los restos del mendigo decapitado, algo o alguien se dignó en hacerme compañía desde las sombras. Mi anhelo por masticar, deglutir, tragar sin parar me tenía concentrado en lo mío, así que cuando percibí las pisadas acercándose a mis espaldas, ya fue demasiado tarde. Quise incorporarme de pie, pero unas garras puntiagudas y afiladas se aferraron con fuerza a mis hombros, obligándome a mantenerme en mi postura agachada.
- Qué
Si. Un único vocablo fue lo que surgió de mis labios enrojecidos y brillantes por la sangre de mi víctima.
Noté su aliento sobre mi cuello.
Emergiendo de lo más profundo de su garganta, pude escuchar su voz por primera y última vez:
- Eres imperfecto. Yo te traigo la perfección. Serás inmortal y diferente a todo cuanto el hombre teme y odie.
Aquel ser, que luego supe era un vampiro, me hincó sus colmillos en mi cuello, iniciando mi conversión.
Una metamorfosis que nunca anuló mis apetencias por la carne humana en los dos sentidos, transformándome en un ser nocturno híbrido.
Desde aquel lejano entonces, como y bebo de los débiles seres humanos.
Mi nombre es Lemont Foirest.
Tengo más de trescientos años.
Y tanto mi hambre como mi sed insaciable nunca decrecen…


domingo, 23 de octubre de 2011

"Especial Halloween 2011": Comedor Social Para Ciudadanos Excepcionalmente Hambrientos.

"Si esperas un pollo, te darán un hueso en un tazón con agua caliente, a lo que considerarán sopa. Luego firmarás en el registro de asistencia, para que te den como postre un chicle. Así al salir del comedor social, la gente de bien te verá masticando y pensarán que esa noche podrán dormir tranquilo, pues con sus donaciones e impuestos, tu estómago no protestará en el resto del día, debido a tan espléndida comilona."
Sir Crogan Heavy Belly (1851- 1912), fundador de los comedores sociales del norte de Londres, donde cientos de mendigos y ancianos acudían hambrientos, para luego salir farfullando imprecaciones celestiales de nulo agradecimiento.


¡Y no digamos lo necesarios que son en 
plena epidemia Zombi!


viernes, 21 de octubre de 2011

"Especial Halloween 2011": Entrenamientos intensivos en Escritos de Pesadilla de cara a Halloween.

¡Bogus Bogus, meta la panza, que le sobresalen unas adiposidades por la coraza de la armadura!
¡Sobrinito Gurmesindo, no te bañes en varios días, que tienes que oler mal dentro de tu disfraz de mofeta mutante!
¡Dominique, colóquese bien los falsos colmillos, que en vez de un vampiro del Peloponeso, pareces una hermanita de la Caridad recaudando fondos para los políticos en el paro!
En fin, estamos aún algo desentrenados.
Pero a pesar de todo ello, por lo menos hay una pareja que lo está haciéndo bastante bien...





jueves, 13 de octubre de 2011

El compañero de calabozo.

Hoy toca un relato de ciencia ficción. Un género que no toco mucho, pues lo mío es el terror, pero de vez en cuando la neurona me patina, je je. Se lo dedico a todos mis seguidores y lectores. También a quienes están apoyando Escritos de Pesadilla en el Premio Bitácoras. Esta semana, que es la cuarta clasificación parcial, donde por primera vez figuran los cien primeros dentro de cada categoría, Escritos está ubicado en el puesto 30 dentro de Humor y en el 44 de Mejor Blog Cultural. Para ser la segunda participación, no está pero que nada mal. Un millón de gracias a todos y a todas.



“Soy Igor Sokoski, brigada raso de infantería aeroespacial de la Confederación Terrestre, que engloba a los principales países armamentísticos del planeta Tierra. Estoy relatando el estado lamentable de total falta de libertad de movimientos en que me encuentro dentro de los calabozos de una nave de carga de los Zenitas. Para ello estoy recurriendo a un mini rollo de papel higiénico personal que logré retener en mi entrepierna, consiguiendo con ello resaltar la zona erógena de mis atributos físicos por el ajustado tejido de vinilo prensado de la parte inferior de mi uniforme de soldado. No puedo entrar en muchas consideraciones. Utilizo la punta de un palillo dentífrico de silicona impregnada con mi propia sangre de las encías como tinta. Evidentemente, quien pueda leer esta agónica bitácora, ya es conocedor de la eterna lucha interestelar contra los belicosos habitantes del planeta Zenita, ubicado en una galaxia conocida por Criquelene, al que se accede por el uso de un portal dimensional o agujero de gusano. Nosotros aún no poseemos naves tan avanzadas como para irrumpir en Criquelene, pero por el contrario, los zenitas sí que pueden acceder de manera lenta pero paulatina a la Vía Láctea. Y desde hace quince años están intentando apoderarse de nuestra tierra patria. Es ya lo único que nos queda, tras haber ido perdiendo las colonias avanzadas de Marte, Júpiter y del planetoide artificial de Efesos.
Yo pertenecía a la división vigésimo novena de la Confederación. Disponíamos de una nave nodriza de tamaño medio, con quince cazas espaciales denominadas “Agresores” por su contundencia y acierto en las ofensivas individualizadas contra objetivos enemigos. Aparte, dos vehículos de transporte de tropas a nivel de superficie, pudiéndose movilizar casi dos mil unidades entre ambos. Yo viajaba en el segundo vehículo, integrado en el pelotón “Águila Cabezona”, bajo el mando del Teniente Irosaki Nakata.
Las maniobras defensivas tuvieron lugar en Fobos, uno de los dos satélites de Marte. Ahí teníamos dos asentamientos científicos de enorme importancia. Si caían en manos enemigas, la inteligencia rival iba a descubrir los últimos avances tecnológicos militares de la Confederación Terrestre. Así que allí fuimos, dispuestos a detener el avance ofensivo de los zenitas.
Por desgracia, el teniente Irosaki era un soplapollas y un lameculos, que consiguió el mando de la división por enchufe. La operación fue un completo desastre. La primera base aguantó día y medio, mientras la segunda claudicó a las pocas horas de haber caído su hermana. Los zenitas eran mortíferos en sus maneras de no hacer prisioneros, aunque en esta ocasión tuve la desgracia de haberles caído en gracia como mero animal de laboratorio, mierda.
Los terrícolas somos una raza sumamente inteligente. Los zenitas, aún contando con su poderío militar, eran inferiores en raciocinio. De haber sido medio listos, habrían conquistado nuestras colonias y el planeta Tierra en una semana. Pero como ya he dicho, llevábamos tres lustros plantándoles cara. Como aborrecen reconocer nuestra superior sabiduría mental, sustituyen su frustración aniquilando a la población civil, sin ánimo de esclavizarnos. Todo lo contrario que hacen con seres menos avanzados y en ocasión carentes de todo atisbo de estado civilizado procedentes de otros planetas de galaxias cercanas a la nuestra, a quienes transportan en naves de carga similares a la que en yo me encuentro ahora.
Comparto una celda miserable con tres grogaks aulladores, que nunca callan y te dejan sordo, aún tapándote los oídos con las manos, y en último extremo, con los calcetines sudorosos. Son pequeños, y cualquiera podría acallarlos a patadas, pero sus colmillos son respetables en tamaño y de lo más puntiagudos, rezumando una saliva contagiosa en contacto con cualquier tipo de herida abierta, prodigando amputaciones de miembros superiores e inferiores en un tiempo récord de trece segundos.
Para molestia, dos truilikis con cuerpo de gusano peludo hediondo. Reptan por el suelo, segregando un moco pringoso altamente maloliente y neurotóxico por inhalación pasiva si no fuera por mi ausencia de olfato desde mi caída de pequeño en un charco de lodo radiactivo de plutonio derretido procedente de los desagües de una fábrica de embutidos porcinos mutantes.
Quedaba citar a un frelak. Un animalejo acorazado de tres patas, aunque se mueve con el uso de las extremidades laterales, sirviéndose del central como punto de apoyo cuando permanece erguido de pie, quieto, contemplando a su presa favorita, una especie de ameba gigante de cincuenta kilos compuesta en un ochenta y cinco por ciento de grasa purulenta amarillenta de lo más repulsivo.
Afortunadamente, la celda estaba compartimentada por haces de luz láser dorados, impidiendo todo contacto entre los integrantes de las diferentes especies.
En el lado contrario, había una segunda celda, donde pude fijarme en su único prisionero. Era de una raza desconocida. Pudiera pasar por un humanoide. Sus rasgos faciales eran suaves, sin ningún tipo de arrugas que lo envejecieran. Carecía de nariz y de oídos. Su boca era diminuta y delicada. De complexión delgada, su estatura rondaba los dos metros y medio. Estaba embutido en un traje de anillas, donde había una serie de orificios. Aquella criatura permanecía agachada sobre el frío y nada higiénico suelo de nuestra prisión. En un momento de contemplación mutua, nos miramos a los ojos, ambos absortos en una curiosidad compartida.
Justo en ese instante, se abrió la compuerta de acceso a la sala de los presos…”

Dejé de escribir nada más ver adentrarse en los calabozos a un carcelero zenita. Como era su modo de comunicación externo habitual, farfullaba y escupía salivazos en todas direcciones. Su estatura era similar a la humana, aunque su rostro perlado de enormes protuberancias negras como granos cediendo por la presión de un pus oscuro y seboso, le confería un aspecto del todo aterrador. En seguida quedó demostrada su animadversión hacia la raza humana. Sin fijarse en ninguna de las otras especies de índole inferior en cuanto a creatividad y sapiencia con respecto a la nuestra, ensanchó sus gruesos labios grises, bizqueando en un frenesí de quien jamás espere conquistar a una hembra de buen ver.
- “Preslika” – gritó hasta hacer resonar su voz gutural por las cuatro paredes de la cárcel de la nave de carga que nos transportaba hasta su planeta de origen.
No supe el significado de esa palabra, hasta que el muy bruto exhibió un espectacular palo extensible de madera de nurpila. Se dirigió en dos pasos hacia nuestra celda, obviando la otra donde estaba confinado el ser con forma humanoide.
- “¡Preslika” – repitió una y otra vez, atizándome con el palo en la cabeza, las piernas y los brazos.
Recibí como ocho o nueve impactos certeros, que me dejaron maltrecho y medio mareado.
El muy miserable escupió una flema que alcanzó mi ojo derecho, cegándomelo, y acto seguido, fue atizando a los grogaks, los truilikis y al frelak, con la diferencia que les propinó a cada uno un único golpe, y de lo más suave en comparativa con cualquiera de los que recibí yo.
- ¡Maldita segregación racial la tuya! ¿Por qué a mí diez y al resto uno? ¿Y qué hay con el tipo de la otra celda? ¡Esto es pura discriminación! – me quejé con razón.
El guardia me ofreció la espalda por un breve rato. Cuando se volvió, blandía un látigo de veinte colas con púas, clavos oxidados y hojas de ortiga.
- “¡Falulla!” – bramó, alterado.
Hice lo posible por alejarme de su presencia, pero el látigo era extremadamente largo, y me alcanzó una docena de veces, desgarrándome la ropa, convirtiendo la piel de mi anatomía depilada y curtida en media decena de batallas en un lienzo de cicatrices profundas y sangrantes.
Caí rendido en la esquina más lejana de la celda, lamiéndome las heridas con amargura.
- “¡Falulla!” – exclamó aquella bestia más veces, otorgando a los compañeros de celda un efímero y simple roce con la punta del látigo de castigo.
Evidentemente, ninguno de ellos se quejó un ápice.
El prisionero solitario de la celda opuesta a la nuestra se libró por segunda vez de la inquina del carcelero.
Me incorporé como pude de pie. La ropa se me caía a jirones, y tenía que mantenerla sobre mi cuerpo con las manos para no quedar en cueros vivos. Observé al zenita con un odio indisimulado.
- ¡Esto es injusto! ¡Estás propasándote con mi castigo! ¡El resto, que son unos burros en inteligencia, los tratas como si fueran prisioneros de primera clase, y yo, una pura escoria!
El carcelero estuvo sin derrochar saliva un minuto largo, como tratando de evaluar la situación.
Entonces se acercó a un botón ubicado en la pared desnuda que remataba el estrecho pasillo situado entre las dos celdas. Me guiñó un ojo y lo pulsó con fuerza.
Percibí un sonido sobre mi cabeza. Desde unos aspersores roñosos surgió una lluvia de plomo líquido hirviendo.
- “¡Kondokiki!” – se despachó con desdén el carcelero mientras me veía saltar de un lado a otro, desnudo cual bebé, sin poder evitar quemarme con el chorro de plomo líquido.
De nuevo en una esquina, completamente en dolorido y humillado por el desprecio que aquel zenita sentía hacia cualquier representante de la raza terrestre, pude contemplar como los otros prisioneros de mi celda fueron rociados simplemente con agua sucia fría, pero agua inofensiva a fin de cuentas.
- ¡No! ¡Basta ya! – grité, suplicante.  De soslayo pude asegurarme que el inquilino de la otra celda continuaba asentado sobre el suelo, sin haber sido agraviado por la ira del sádico carcelero.
El guardia zenita desparramó el contenido salivoso de su enorme boca por las cercanías de la celda. Alzó su vista para salir por la compuerta de acceso.
Mi alivio duró un par de minutos escasos.
- “¡Tuguricuqui!” – regresó vociferante con un enorme hierro al rojo vivo.
Con él buscó mis magras carnes, marcándome en diversas zonas.
Cuando terminó, miró a mis compañeros de penurias. Le fue ofreciendo a cada uno de ellos un cuenco de leche agria de pomoka del altiplano marciano de Usuris.
En ese instante perdí el conocimiento…

Cuando recuperé la conciencia, mi vista estaba a la altura del suelo, donde apreciaba las punteras de las botas color malva del prisionero de la celda contigua a la nuestra.
- ¡Humano! – dijo con voz siseante.
Me ayudó a incorporarme sentado. Para mi gran sorpresa, las franjas láser de contención dentro de las celdas estaban apagadas. Los grogaks, los truilikis y el frelak habían huido a través de la compuerta abierta de la cárcel.
- ¡Humano! – insistió aquel ser con forma de humanoide.
Con la visión borrosa, pude entrever la figura tendida sobre el suelo del carcelero zenita. Estaba muerto, con el cuello roto y en medio de un charco de sangre verduzca  y consistente, propia de su raza.
Miré a mi salvador con alborozo. De alguna manera, se había hecho con el mando de control de los emisores láser, eliminando al guardia sin miramientos de ningún tipo.
- ¡Bravo! ¡Te lo has cargado! ¡Ese cabrón está más tieso que una roca lunar! ¡Y estamos libres! – dije, con la voz rota por la emoción.
Aquel ser de raza para mí desconocida, no apartaba su mirada de mi figura deslucida y deteriorada por el castigo físico infligido por el odio acérrimo que nos profesan los zenitas.
- Por favor. Ayúdame a ponerme de pie. Estoy muy debilitado. Me duele cada centímetro del cuerpo.
- Humano – repitió el humanoide, conmovido por mi estado actual.
Me rodeó con sus largos brazos, sujetándome contra su pecho…
De cada orificio de su extraño traje, surgieron unos finos puñales acanalados, que se hundieron en las venas de mi cuerpo, sorbiendo la vitalidad de mi ser en forma de sangre, hasta vaciarme, condenándome al final de mi existencia como ser viviente del planeta tierra.

domingo, 9 de octubre de 2011

Votaciones parciales Premios Bitácoras (Categorías de Humor y Cultura).

En la tercera clasificación parcial de todas las categorías del Premio Bitácoras, Escritos de Pesadilla está situada en el puesto 35 en Humor y en el 49 de Cultura.
Con motivo del cambio radical de plantilla dinámica de blogger, de momento todos los gadgets se han ido al garete. Así que no me queda otra opción que integrar en este post el botón de voto para ambas categorias a favor de nuestro blog. Buf.

Votar a Escritos de Pesadilla en categorías de Humor y Cultura de los Premios Bitácoras 2011.
Última hora de Escritos de Pesadilla:
Tras haber experimentado con las vistas dinámicas de Blogger, he decidido revertir la plantilla en su aspecto original de toda la vida. Razones principales: aunque en principio se carga la página muy deprisa con las vistas dinámicas, se pierden todos los gadgets (seguidores, estadísticas, enlaces, botones estilo bitácoras y demás directorios, etc...).  Hasta que Blogger no introduzca parte de estas cualidades, para mí fundamentales para interactuar con quienes visitan el blog, continuaremos con la plantilla básica, pues son dos años de trabajo puliendo su aspecto externo como para perderlo en un suspiro por un simple envoltorio superficial.


Si el niño tiene exceso de dioptrías, ¡no lo lleves de safari!

Esto es como todo en la vida. Si buscas emociones fuertes, luego no te quejes de tu entierro...



martes, 4 de octubre de 2011

Juguemos a las canicas. (Versión revisada con ilustraciones del autor).

"Juguemos a las canicas" es uno de los primeros relatos cortos publicados en el nacimiento de Escritos de Pesadilla. Como suelo hacer ocasionalmente con las historias antiguas, le brindo una segunda oportunidad para ser disfrutada o maldecida por ustedes, mis leales y viscerales lectores, je, je. El texto no ha sido necesario retocarlo, pues he observado que no lo precisaba, pero sí el envoltorio, acompañado de tres ilustraciones. En fin, es la hora del recreo escolar. El momento de entrechocar las canicas...


"Juguemos a las canicas."