domingo, 1 de diciembre de 2013

Léxico Espantoso de Escritos de Pesadilla: "BYONARA".

Pechuga de Pollo Mutante, tras un trasiego de veinte botellas de vodka made in Mesopotamia, creó una nueva manera de despedirse. La palabreja BYONARA.
Mezcla de "bye" en inglés + "sayonara" en malayo, digo japonés.

Así que podemos decir:

BYONARA, que me voy pal pueblo.
BYONARA, Eulogia, que voy para la barra del pan.
BYONARA gente, que me tocó la loto de navidad y me pierdo por Honolulu...

Ay, dichoso BYONARA...

¡¡¡BAYONARA A LA VIDA CRUEL, que me acaba de morder un arácnido venenoso de las islas Molokai!!!!

lunes, 18 de noviembre de 2013

Solucionado el problema de una infección de la web causada en los dos últimos días por unos enlaces a dos directorios de blogs

Hola a tod@s mis lectores y visitantes: En las últimas 48 horas si uno quería acceder a Escritos de Pesadilla, google impedía tal hecho por contener una posible infección hacker, derivado por dos directorios a los que hace años estaba el blog apuntado, como cincolinks y webtrafficgrill. La solución ha sido borrarlos para que de nuevo google ya de por bueno cualquier acceso a la web. 
Sentimos las molestias derivadas de este percance, ajeno a Escritos.
Un fuerte saludo.
Robert A. Larrainzar.
Administrador y escritor de Escritos de Pesadilla.

sábado, 16 de noviembre de 2013

Lucas, el tonto

Todos me consideran tonto. Mis papás siempre dicen, "Este hijo nuestro, de listo no tiene un pelo". Yo no les odio. Por algo son mis papás.
Cuando iba al colegio, todos se reían de mí. Me tenían aparte como si oliera mal. Siempre cantaban: "Lucas es tonto. Tonto de Lucas. No sabe escribir ni leer. Tonto de Lucas. ¿Para qué vienes al cole, si eres tan tonto?" Siempre lo mismo.
Era verdad. Yo nunca supe escribir como Dios manda. Ni recitar en voz alta.
Pero el dibujo sí que se me daba bien.
A veces, cuando un compañero de clase me llamaba tonto, yo por dentro, pero que muy dentro de mí, le odiaba. Si este compañero tenía un cachorrito que le habían regalado sus papás por su cumpleaños, y como yo le odiaba tanto, cogía un folio en blanco y con un rotulador de punta gorda dibujaba al cachorrito. Lo dibujaba muerto bajo las ruedas de un coche.
Al poco veía llorar a este compañero de clase. La profe lo tuvo que consolar. Acababa de enterarse que su perrito había muerto esa misma mañana. Qué pena. Y yo me dije, qué bien, lo había dibujado muerto, y ahora el animalito estaba muerto. Hay que ver que dibujo más lindo.
Tenía una prima unos cuantos años mayor que yo. Siempre que venía de visita, se burlaba de lo tonto que yo era y sigo siendo. Y mis tíos, sus papás, nunca le decían nada. Nada de "No le digas a Lucas lo tonto que es, Matilda. Pórtate bien con tu primo". Es más, hasta sonreían cuando ella me tomaba el pelo. Mis propios papás, a los que nunca he odiado ni odiaré, porque son mis papás, se lo tomaban con gusto porque de por sí ya sabían que yo jamás iba a escribir un libro de lo tonto que soy. Pero aunque a mis papás no les molestaba que mi prima dejara ver lo tonto que era, a mí si que me fastidiaba mucho. De tanto tomarla conmigo, la fui odiando. Durante un fin de semana que ella y sus papás nos vinieron a visitar, cogí otro folio en blanco y con trazos muy gordos dibujé a mi prima en la cama de un hospital con cara de muerta. A los pocos días, mamá le dijo a papá que Matilda estaba ingresada en una clínica, que le habían detectado un cáncer incurable y que iba a morir pronto. Aunque mis papás creían que yo no estaba escuchando lo que decían, me enteré de todo. De nuevo me dije, qué bien dibujas. Has dibujado a la prima con cara de muerta, y muerta va a estar. De veras que me puse muy feliz.
Yo era tonto, pero sabía dibujar.
Cuando dibujaba a perritos y gente muerta, los perritos y la gente moría.
Hay que ver lo bueno que era dibujando.
Mi mamá me ve tonto. Cuando papá viaja por el trabajo que tiene, que debe ser muy importante para tener que viajar tanto, a veces venía un hombre más joven que papá, invitado por mamá, y se quedaba a cenar y a dormir. Este hombre me quería mucho. Siempre que me veía, me decía "Hombre, si viene el tonto del culo de la familia". Me daba collejas. Pescozones. Patadas en el trasero. "Porque por algo eres tonto del culo". Mi mamá nunca le decía lo contrario. Porque yo era tonto para ella, claro. Pero yo me ponía triste. Porque ese hombre no era mi papá. Y como no era papá, empecé a odiarlo. De tanto odiarlo me puse un día a dibujar en la mesa de la cocina. Dibujé con ganas. No me fijé que el amigo de mamá estaba viéndome dibujar. "¿Qué dibujas, tonto del haba?", me preguntó. "A ti", le dije yo sin apartar mis ojos del folio que tenía ante mi nariz. "¿A mí? ¿Y de qué me estás dibujando?", preguntó con una sonrisa en su boca grande de payaso. "Te estoy dibujando sin ojos para que no me veas más y así al no verme no me puedas llamar tonto del culo".
El amigo de mi mamá se quedó tonto tonto de verdad, sin decir palabra, y yo seguí con mi dibujo.
El amigo de mamá trabajaba en una mina, y un día un compañero suyo hizo un trabajo muy malo y le dio al detonador de la dinamita sin darle tiempo a alejarse lo suficiente. El amigo de mamá estaba demasiado cerca de la explosión y perdió la vista. El amigo de mamá se quedó ciego para siempre y dejó de venir a cenar y a dormir en casa cuando papá estaba de viaje por el trabajo. Y yo me puse muy contento. Me dije muy complacido, hay que ver qué dibujo más bueno has hecho. Desde entonces mi mamá no ha vuelto a invitar a otro amigo a cenar y a pasar la noche en casa cuando falta papá.
Y yo dejé de dibujar por el momento...
Hasta que alguien que no sea papá y mamá me moleste mucho por lo tonto que soy.

jueves, 31 de octubre de 2013

ESPECIAL HALLOWEEN: "Mil escalones hacia el cielo..."

El sonido de un disparo, seguido de un fogonazo y el olor característico de la pólvora.
En qué pocos segundos la plenitud de una vida queda relegada al latido inconstante y débil que precede a la línea horizontal de la muerte testificada por el monitor del equipo de cardiología ubicado en la habitación de planta de una UVI de un hospital cualquiera.
Él no había estado preparado para una muerte tan prematura. Joder, si solamente tenía cuarenta años. Le quedaban unas cuantas décadas por disfrutar. Estaba soltero. Era mujeriego. Algo bebedor. Hijo único. Sus padres ni se preocupaban de su existencia, y él los repudiaba en secreto porque nunca le habían querido ni desde que el espermatozoide afortunado diera con el óvulo reproductor, fecundándolo de cara a su postrer nacimiento, del todo indeseado para ambos vista la indiferencia que habían demostrado por su crianza y posterior educación para la edad adulta. Así fue como siempre frecuentó compañías inadecuadas, bordeando la frontera cercana a la delincuencia, hasta cruzarla del todo.
A los veintitrés años había empezado a trabajar para un mafioso de origen ucraniano. Sus negocios principales eran el tráfico de armas, las drogas y la prostitución. Le enseñaron medidas de defensa personal, además de aprender a disparar con una puntería endemoniadamente certera armas trucadas reconvertidas en automáticas. A los veinticinco años se ganó completamente la confianza de Mykhaylo Kirichuk, y este lo consideró como uno de sus sicarios. A los veintisiete le encomendó que solventara todos los imprevistos que pudieran surgir en la organización. Se fue encargando de soplones, traidores, gente que debía dinero al no poder afrontar los altos intereses de los préstamos concedidos por Mykhaylo Kirichuk…
Era indudable que poco a poco, su gatillo fácil le reconfortaba. No le importaba ir solucionando los problemas finiquitando vidas ajenas a la suya. Es más, hasta se fue volviendo un sádico. Disfrutaba cuando encerraba a un pobre desgraciado en un cuarto de un edificio abandonado de las afueras de la ciudad. Manteniéndolo colgado cabeza abajo, atado por los tobillos por cadenas, miraba al desgraciado de turno y le susurraba:
“Reza fuerte, hijo. Y pide que Dios te libere de aquí a tres minutos. Porque cuando pasen ciento ochenta segundos, abriré la puerta, y como no te hayas fugado con la ayuda divina, seré yo quien entregue en bandeja tu alma a los ángeles caídos…”
Así fue creciendo en importancia dentro de la estructura criminal de la banda de Kirichuk. Para los cuarenta años, tenía un capital ahorrado importante, una buena casa dentro de una extensa propiedad en las afueras de la ciudad, tres coches de alta cilindrada, prostitutas de lujo que satisfacer su lujuria semanal…
Repentinamente, todo se fue al carajo cuando iba a ejecutar a un niñato que en su momento les estafó con una mala partida de cocaína. Sabía donde vivía. Acudió con algo de excesiva confianza. Cuando echó abajo la puerta de su miserable cuchitril donde se alojaba con el impulso de dos patadas, fue recibido por un certero balazo que atravesó su parietal por el sector derecho, atravesando su cerebro y con orificio de salida por el lado contrario, condenándole a una muerte fulminante. Aquella alimaña había recibido un chivatazo por parte de alguien, y cuando percibió la primera patada que se le dio a la puerta, se resguardó a un lado de la jamba. El resto es obvio. En cuanto atravesó el quicio, aquel cobarde le disparó con suma facilidad a la vez que le mandaba un recordatorio ingrato hacia la supuesta vida callejera de su madre.
Desde ese momento todo le resultó extraño.
Vio la oscuridad más pesada e ignota que jamás antes había percibido en su vida. Más allá de los rincones perdidos de su memoria antes de la conciencia al nacer.
Igualmente apreciaba una ligereza en los sentidos. Se sentía liviano, como si no pesara ni un mísero gramo.
Un hombre relleno de helio.  El hombre-globo del circo Popov. Eso era él ahora mismo. Aunque no flotaba, pues sentía los pies bien apoyados en el suelo. Debía ser que tenía un pequeño pinchazo por donde se escapaba el aire…
Quiso echarse a reír. Pero algo le decía que en el lugar que se encontraba raramente se prodigaban las risas.
Con este presentimiento, la negrura dejó paso a la luz.
(Empieza la función, muchacho)
Se encontró sumido bajo una intensa luz amarillenta que parecía proceder de un enorme proyector desde alguna parte ubicada encima de su cabeza. Y aquella luz remarcó el comienzo de una escalera. Se componía de escalones diminutos, de medio metro de ancho y sin barandilla que sirviera de apoyo. La escalera se perdía en las alturas…
- Mil escalones…
Aquella voz afilada y felina llegó procedente de alguna zona en concreto. Pero no pudo orientarse con ella debidamente. Parecía referirse al número de escalones que compondrían la escalera. Mecánicamente se acercó al inicio de la misma.
- Sube. Mil escalones y obtendrás tu recompensa…
Ahora parecía una voz femenina. Similar a la de su madre.
Quiso pensar en los motivos que tendría para que aquella persona desconocida y oculta en el anonimato de las sombras deseara que él ascendiera por la mencionada escalera de final interminable.
Pero su mente ya no regía sobre el control de los músculos de sus extremidades inferiores, y situó el pie derecho sobre el primer escalón. Avanzó sobre el segundo. A este le siguió el tercero. Y el cuarto…
Como si aquello fuera un juego infantil, se propuso llegar hasta el final. Estuvo contando los escalones que iba rebasando uno a uno, para así verificar si realmente aquella singular escalera se componía de mil peldaños…
75. 80. 90.
125. 164. 193.
Estaba subiendo a buen ritmo. Su respiración no se aceleraba. No tenía ningún problema, aún a pesar de tener un abundante sobrepeso ganado en los últimos años.
278. 341. 465.
515. 598. 647.
Se estaba acercando al objetivo que le marcaba la voz femenina. En ningún momento tuvo la tentación de detenerse en alguno de los escalones para mirar hacia atrás, afrontando su fóbico miedo a las alturas. Ni recapacitó en el tremendo riesgo que implicaba subir por una estructura tan estrecha y empinada sin la seguridad de poder aferrarse a un pasamano.
763. 813. 891.
907. 962. 997.
Ahí estaba. Cercano a los tres últimos escalones. La altura debía de ser tremenda, pero su vista estaba concentrada en sus pies, mientras su cabeza sumaba el número que debía concretarse en un millar.
- Mil escalones que te llevarán al lugar que te mereces, Simon Lorne.
La voz mencionó su nombre.
Se emocionó por ello. Enseguida supo que aquella escalera le conducía a un premio supremo.
El Cielo. A fin de cuentas el camino hacia donde se le conducía era del todo vertical. Y se sentía etéreo como un ángel.
Con anhelo, recorrió el corto trecho que le quedaba para llegar a lo alto de las escaleras.
998. 999.
1000.
En cuanto afianzó sus pies en el último escalón, una risa burlona resopló en su cara con desprecio. Le cubrió su rostro con escupitajos repulsivos conforme le decía:
- ¡Mira que eres presuntuoso, Simon Lorne! ¡Con todo el mal que has hecho a lo largo de tu vida, aún pensando en alcanzar la paz eterna entre los seres más justos y nobles de la historia del hombre!
“¡Pues va a ser que no! El haber subido una escalera tal alta y larga es para que así llegues al infierno de cabeza.
Inmediatamente, los escalones se recogieron, formando una rampa lisa e inclinada.
Sin tiempo de poder reaccionar, recibió un fuerte empujón en el pecho, y gritando de espanto, fue descendiendo por  el tobogán que iba a condenarle a formar parte del ejército de renegados de Satanás.

domingo, 27 de octubre de 2013

ESPECIAL HALLOWEEN: "Le foie spéciale"

                 
                  - Ya sabes, hijo. Estamos en una ciudad nueva. Tenemos que tener mucho tacto con la elección.
                  - Sí, papá.
                - Mañana empiezas en el colegio. Tómate tu tiempo. Fíjate en los compañeros, aunque no sean de tu mismo curso.
                - Claro, papá.
                - También entérate de la familia del chico. Que tenga pocos componentes, tampoco sean del lugar y sean pocos conocidos por el vecindario. Si son solitarios, mejor que mejor.
                - Enterado, papá.
                - Como mucho, que consigamos hacer los preparativos en menos de medio año.
                “El señor Rudsinki es un sibarita, y puede contenerse con los manjares exóticos, pero no puede pasar un año entero sin su ración de “le foie spéciale”.
                - Sí, papá.


                - Randolph, corre. Esta es la casa abandonada del que te hablé.
                - Jolines. Tiene muy mala pinta. Está para caerse si sopla una ventolera medio fuerte.
                - Ven. Vamos a rodearla por este lado. Detrás está el acceso exterior que conduce al sótano.
                “¿Ves? Este portón al nivel del suelo da a la parte inferior de la casa.
                - ¿Cómo es que está sin candado? Así puede entrar cualquiera. Puede haber drogadictos ahí abajo.
                - No hay nadie. Lo he comprobado las dos veces que he bajado. Para estar descuidado durante tanto tiempo, no está tan mal. Por eso te lo enseño. Será nuestro refugio donde nadie nos molestará.
                - Suena guay.
                - Habrá que limpiarlo un poco. Tiene polvo y telarañas, pero luego será un sitio de lo más chulo.
                - Ya tengo ganas de verlo.
                - Pues hala, ya te abro la puerta y bajas. Toma la linterna. Luego te acompaño.
                - Más te vale. Que no pienso explorarlo yo solito.
                “¡Ostras…! Es un sótano muy grande. Tiene un montón de cosas raras. Hay unas cadenas colgando de una viga. Y eso parece un cepo medieval…
                “Pero no me cierres las puertas de la entrada, que la linterna no ilumina mucho.
                “¿Me oyes? ¡Venga! ¡Abre las malditas puertas! ¿Qué estás haciendo ahí fuera? ¿Y ese ruido?
                - Te estoy colocando el candado que echabas en falta, Randolph.
                “Es para que no te escapes. Luego vendrá mi padre a verte…



                - Me parece muy mal que te niegues a comer las hamburguesas y las patatas fritas que te traigo, Randolph.
                - ¡No tengo hambre! ¡Quiero que me sueltes! ¡Estar con mis padres!
                - Eso que me pides es totalmente inviable, Randolph. Eres mi pieza más codiciada. Tienes que alimentarte para satisfacer mi ego. Por eso te he traído tanta comida.
                - ¡Veinticinco hamburguesas y dos platos llenos de patatas fritas! ¡Eso no me lo como ni en un mes!
                - Bueno. Hay una forma de convencerte.
                “Hijo, alcánzame el látigo. La piel del chico no me interesa.
                - ¡Nooo!
                - Tienes dos elecciones, Randolph. Comer como un cerdo hasta reventar, o que te despelleje la espalda. Tú mismo.



                - Sigue, muchacho. Así. Muy bien. Ya pesas sesenta kilos. En cuanto llegues a los ochenta, habrás cumplido con las expectativas depositadas en ti.
                - No… Me duele la barriga… Tengo dolor de cabeza…
                - Continúa masticando. Y no vomites, porque si lo haces, te inmovilizaré en el cepo y te arrancaré cada uña de los dedos de los pies. Te aseguro que es una tortura lo suficientemente dolorosa, como para seguir engullendo comida basura como si en ello te fuese la vida…



                - Hijo mío. Es el día. Randolph ya ha llegado al peso ideal. Su hígado debe de haber crecido lo esperado.
                - Sí, papá.
                - Ahora queda el tema menos grato de todos. El de su sacrificio.
                - A mí me continúa desagradando este tema, papá.
                - Es cierto. Pero tienes que empezar a aprender cómo hacerlo. Recuerda que dentro de unos años, tú serás mi sucesor.
                - Espero que eso ocurra muy tarde, papá.
                - Yo también lo deseo, hijo.
                “Ahora vayamos a ver a Randolph. Lo sujetaremos bien. De esta manera te enseñaré nuevamente la técnica del que hago uso para que el estrangulamiento sea eficaz del todo.



                - Lástima que todo lo demás tenga que ser desechado, papá.
                - Si. Es una pena. Pero recuerda que estamos preparando “le foie spéciale” para nuestro cliente.
                “Observa qué hígado más hermoso. La espera ha merecido la pena.
                - Sí, papá.
                - Ahora te voy a enseñar la preparación del manjar. Esta es la fase más divertida de todas. Presta atención, hijo.
                - Estoy atento, papá. Ya sabes que siempre te obedezco en todo lo que me digas.
                - Estoy orgulloso de ti. Si tu madre estuviera ahora presente, creo que aprobaría la versión que estamos haciendo de su receta original. ¡Ay, Marietta! ¡Cuánto se te echa de menos!
                - Pero mamá hacía la receta con gente mayor.
                - Así, es, hijo. Más que todos vagabundos. Por eso un día uno de ellos se las apañó para soltarse de las ataduras y matar a tu madre con el hacha.
                “Desde entonces tuve bien claro que la receta debía proseguirse en su elaboración con niños. Son fáciles de manejar, y encima el hígado es más delicioso y tierno que el de una persona adulta.
                “Pero todo esto nos está distrayendo de lo principal.
                ““Le foie spéciale” nos está esperando, niño. Con su elaboración, una buena suma de dinero que recibiremos de nuestro ilustre comensal.
                “Así que manos a la obra. Cíñete bien el delantal y colócate el gorro, hijo, que así nunca parecerás un cocinero como dios manda.
                - Vale, papá.

martes, 22 de octubre de 2013

ESPECIAL HALLOWEEN : "La Cosa del armario"

- ¡Déjalo sólo! Ya no podemos vivir con él.
- Es nuestro hijo. Es todo lo que tenemos, por Dios.
- Ya no. Esa cosa ya no forma parte de nuestra sangre.
- Le echaré de menos, Edmond.
- Estás casi tan enferma que él. Pero debemos marcharnos para siempre. Alejarnos de su lado. Cuando todo se descubra… Será su fin. Dios lo quiera. Por eso debemos irnos muy lejos. Nos va en ello nuestra propia libertad y la vida. Porque sus hechos traerán consecuencias. Y se nos marcará por ello. Somos sus padres. Lo hemos estado encubriendo. La sociedad nos odiará en la misma medida. No nos queda otra alternativa.


Todo comenzó una madrugada. Estaba espabilado. No sabía el motivo de su falta de sueño. Miraba fijamente los contornos de los objetos y de los muebles que quedaban ligeramente remarcados por la débil luz de la calle que se filtraba entre los intersticios de las láminas de la persiana veneciana de la única ventana de su dormitorio. Estaba nervioso. Se mordisqueaba las uñas sin parar. Al fondo, frente a los pies de la cama estaba el armario empotrado. La puerta corrediza estaba ligeramente entreabierta, dejando un resquicio de diez centímetros.
Entornó los párpados, apreciando cómo el hueco tendía poco a poco a extenderse, hasta que fueron surgiendo las prendas colgadas de las perchas.
Se subió la manta hasta el mentón, casi predispuesto a dejarse ocultar del todo por ella.
Frotó uno de los pies contra el tobillo del otro.
Entonces, repentinamente, la puerta del armario se cerró, haciéndole de resguardarse bajo la manta, deseando que amaneciese cuanto antes.


A la mañana siguiente se lo contó a sus padres. En el mismo desayuno.
- Hay algo en el armario ropero.
- No digas tonterías.
- Yo… Vi su aliento, como si hiciera frío ahí dentro.
- Es tu propia imaginación. ¡No te da vergüenza! ¡A estas edades!
- No pude pegar ojo.
- Déjalo, quieres. Tu madre y yo no estamos para escuchar estupideces a estas alturas de la vida.


Se sucedieron las noches, y la puerta del armario era abierta y cerrada de manera continua por el ente que en su interior se guarecía por motivos insondables.
Poco a poco fue venciendo sus temores iniciales. Se atrevió a salir de la cama, para acercarse al hueco. A través de él emergía la respiración del ser. Este, al apreciar la cercanía, no tardó en manifestarse.
- Douglas…
- ¿Qué eres? ¿Qué quieres?
- Soy tu amigo. No me temas.
- Si dices ser mi amigo, tendrías que darme menos miedo.
- Yo soy así. No pidas lo imposible, Douglas.
- Tienes muy mal aliento. ¿Por qué te ocultas entre la ropa del armario?
- Es preferible que no me veas. Mi voz es lo que menos temor inspira a los demás.
- Entonces quédate ahí escondido.
- Eso hago, Douglas. Pero necesito tu ayuda.
- ¿Qué me pides? No creo que pueda servirte de mucho.
- Estoy desfallecido. Sin fuerzas. Llevo un tiempo sin alimentarme.
- ¿Quieres que te traiga comida?
- Así es.
- Es muy tarde. Mi madre está durmiendo. No puedo despertarla para que te cocine algo.
- Me sirve cualquier tipo de sobras. Tú busca, que seguro que encontrarás algo para saciar mi apetito inmenso…
Bajó a la cocina y abrió la puerta del frigorífico. Había un plato recubierto con papel de aluminio. Regresó a su dormitorio, frente al hueco practicado en la puerta del armario ropero.
- No hay gran cosa. Simples albóndigas. Están frías. Si quieres, te las caliento un poco.
- No hace falte que lo hagas, Douglas.
El ente del armario alargó una zarpa monstruosa perlada de granos purulentos y recorrida por venas abultadas, recogió el plato y se dispuso al instante a ingerir las albóndigas.
Fue la primera cena que le facilitó. Luego seguirían muchas más.


Transcurrieron varias noches, de las cuales, casi siempre se hallaba en vela, tratando de cumplir con los deseos del ser que habitaba en su armario de la ropa.
En una de ellas, aquella cosa le dijo:
- Douglas. Ya estoy recuperando la energía perdida.
- Me alegro.
- A partir de ahora, necesito que me traigas cosas más sustanciales. Más nutritivas para mi organismo.
- No te entiendo.
- Necesito comida fresca. Y sin hacer. Carne cruda.
- No tenemos eso en el frigorífico. Tal vez cuando vayamos a la carnicería, pueda convencer a mis padres para que compren algún filete de buen tamaño.
- No, Douglas. Yo preciso ya algo más que un simple filete. La ternera entera es lo que quiero.


Al día siguiente, encontró un perro callejero. Lo estuvo siguiendo prudentemente, hasta tenerlo acorralado en un callejón sin salida. Utilizó la carabina de aire comprimido para lastimarlo. En cuanto lo tuvo medio tendido entre dos cubos de la basura, lamiéndose las heridas, lo remató con un ladrillo en la cabeza…


Aquella madrugada, la puerta del armario estaba abierta medio metro. El animal fue devorado en menos de media hora, quedando de él las vísceras y los huesos. Los ojos oblicuos ocultos entre las penumbras estaban irritados por la clase de cena que le había traído. Alargó la garra, cogiéndole firmemente por el cuello.
Notó la fetidez de su aliento.
- Esto no lo repitas. Es pura carroña. Lo que yo necesito es carne de primera categoría. Si para la siguiente noche no me consigues algo mucho más selecto, puede que te considere a ti como mi cena.
La voz gangosa era amenazante de veras. No bromeaba.
- Ahora llévate estos restos. No los quiero en mi estancia.
Diciendo esto, le arrojó las entrañas y los demás restos del animal.


Tenía mucha prisa, por eso le molestó que su padre le llamara la atención cuando iba a salir a la calle.
- ¡Eh! ¿A qué viene tanta prisa? ¿Y a dónde crees que vas? Puede que tengas deberes que hacer en la casa. Tu madre está fatigada por el turno de noche de esta semana y…
- Imposible. Voy a casa de los Tennant. Esta tarde estoy de canguro de su hijo Ricky.
- Vale. Si eso implica que vas a traer algo de dinero para la maltrecha economía familiar, te felicito.
- Casi lo hago gratis. Es algo que me urge.
- No te entiendo.
- Da igual que lo entiendas o no. El caso es que tengo que estar ahí ahora mismo.
- ¿Qué pinta esa bolsa de deportes que llevas?
- Dentro tengo bastantes juguetes míos para entretener al crío.


Los vocablos del ente brotaban de sus labios entremezclados con los fluidos y los mordiscos que infería a una de las extremidades del pequeño niño que él le había traído esa noche.
- Exquisito. Además está tan tierno. Rico. Ricoooo…
- Deseo que sea la suficiente carne como para que te repongas del todo y te marches de una vez de mi vida.
La criatura dejó de comer por un breve momento. Las ascuas infernales le consumieron con su penetrante mirada. Emitió una carcajada demencial.
- Ya te haré saber cuando esté completamente recuperado, en plena plenitud física. Hasta entonces, tendrás que contentarme todas las noches que sigan a la actual con carne tan sublime.
“Porque, acuérdate, puedo acabar contigo en un santiamén. Merendarte en tres bocados…


En las siguientes noches, desaparecieron más niños. El pánico se adueñó de los habitantes de la zona. Se establecieron patrullas diarias y de noche para intentar dar con el secuestrador. Se impedía que los más pequeños jugaran en las calles. Solo podían hacerlo en el colegio y en sus casas, siempre acompañados por personas mayores de confianza, aparte de los padres y los propios familiares.
Así que tuvo que cambiar de planes.
Decidió seleccionar a gente adulta. La carne sería más dura, pero igual de nutritiva.


Una madrugada, su padre fue desvelado a gritos por su propia esposa. Lo zarandeó en la cama, con fuerza, instándole a que la acompañara al dormitorio de su hijo. Estaba histérica. Fuera de sí.
- ¡Demonios de mujer! ¿A qué viene esta pérdida de papeles?
- ¡Nuestro hijo! ¡NUESTRO HIJO, DIOS MÍO!
- ¿Qué le pasa al muy infeliz?
Ella no pudo contestarle, pues se desmayó en sus brazos. La tuvo que acomodar sobre el lecho. Alterado, fue en pos de su hijo. Al acercarse al dormitorio, encontró la puerta cerrada. Quiso abrirla, pero estaba asegurada por dentro. Sus pies descalzos notaron la viscosidad de un líquido rojizo que se esparcía por el suelo del pasillo, partiendo de la entrada por la cocina, hasta derivar hacia el quicio del cuarto de su hijo.
Escuchaba unos sonidos muy extraños al otro lado. Con el añadido de una voz que parecía pertenecer a otra persona.
- ¿Qué significa todo esto? Hijo. Abre la condenada puerta. No sé lo que has hecho, pero no es nada bueno.
Ante la negativa, se apartó un poco y cogiendo impulso, arremetió contra la puerta con el hombro derecho. Esta cedió con cierta facilidad, y ante su terrible incomprensión, vio a su hijo sentado al lado del armario. Estaba desnudo, bañado en sangre, rodeado de los restos de una persona mayor troceada. Soportaba entre las manos una porción de pierna que comprendía el pie hasta la parte anterior a la rodilla, y con afán de caníbal, abría y cerraba las mandíbulas, arrancando porciones de la pantorrilla, masticando con deleite.
En cuanto vio irrumpir a su padre, se detuvo un segundo, observándole con los ojos desorbitados, propios de una persona trastornada. No le dijo nada. Al poco continuó devorando el cadáver fresco.
Su padre vomitó al ver la cabeza del hombre plantado encima de la cama de su hijo.
Inmediatamente abandonó la estancia, yendo a por su mujer.
Hizo lo posible por hacerla recuperar la conciencia. La llevó a la ducha, y con agua fría consiguió que volviese en sí. Ella se le quedó mirando acongojada. Rompió a llorar sobre su hombro.
- Nuestro hijo. Ha perdido la cabeza.
- El muy miserable. Tenemos que marcharnos, Mónica. He visto las calaveras asomando desde el interior del armario de la ropa. Eran pequeñas.
- ¡Los niños desaparecidos de la comarca!
- Vamos. Sécate y vístete. Cojamos lo más imprescindible. Tenemos que escapar de su locura.
- ¿Cómo ha podido ser? Con lo que le queremos.
Su esposo se enfureció con ella. La abofeteó con fuerza en la mejilla derecha para hacerle volver a la realidad.
- Somos responsables en parte de esta horrible tragedia, Mónica. Durante 38 años. Nuestro hijo ha estado toda su vida matando animales. Destripándolos. Lo sabes muy bien. La de veces que hemos tenido que enterrar los restos en el jardín, y de limpiar a fondo las dependencias de la casa. Pero ahora ha cruzado el umbral. Ahora es un psicópata. Un criminal. Ha asesinado a niños. Y a una persona mayor. Cuando todo esto se descubra, nuestra estirpe será maldita.
“Por eso sólo nos queda huir.
“Olvidar que hemos tenido alguna vez un hijo…

martes, 8 de octubre de 2013

Tus ojos en mi mano

La senda es larga y muy cansina. 
Persigo la vida verdadera de los demás.
Busco su felicidad para tornarla en tristeza.
Posteriormente, este estado de melancolía quedaría transformada en la más pura desesperación.
Guío mis pasos entre la bruma de mis pensamientos funestos.
Cuerdas, cadenas y dolor.
Mordazas, cinta aislante.
Herramientas punzantes y cortantes.
Gritos.
Súplicas agonizantes.
Corto, cerceno.
Extraigo. 
Restos enterrados en un camposanto anónimo.
Carne fresca convertida en corrupta.
Huesos con los huesos propios del lugar.
Observo la luna.
El halo de su fulgor enfermizo.
De vuelta, selecciono los órganos visuales 
(sensitivos y sensibles)
de aquel ser apartados sobre la mesa de operaciones.
Cierro los párpados, pongo la mente en blanco, concentrado en los recuerdos ajenos a mi mente.
Al poco, empiezo a visualizar las primeras imágenes.
El rostro de una mujer joven y bella se me ofrece como una dádiva de lo más excepcional.
Con el discurrir en la investigación de unos pocos minutos, consigo averiguar el emplazamiento de su morada.
Son las dos de la madrugada.
Sólo tardo hora y media en desplazarme hasta su casa.
Se que vive sola.
Hago sonar el timbre de la puerta.
Pasa minuto y medio. 
Insisto.
Las luces se encienden en la pequeña casa de planta baja.
Alguien se sitúa al otro lado de la puerta. 
Pregunta qué quiero.
Le digo que he llegado hasta ahí por intermediación de su novio.
La puerta se abre hasta ofrecer parte del rostro aún medio adormecido de la joven. Una cadena impide mi acceso al interior.
Da igual. El resquicio es lo suficientemente amplio como para rociarle la cara con el spray somnífero.
Mientras pierde la conciencia, introduzco la mano y retiro desde dentro la cadena, consiguiendo acceso libre al interior de la casa.
Sonrío.
Separo los párpados, vislumbrando el cuerpo caído de la muchacha con mi propia vista.
Río con ganas.
Entre los dedos de mi mano derecha porto los ojos de su novio.
Los estrujo con fruición, consiguiendo rezumar su contenido por la manga de mi camisa.
Una vez que me habían orientado hasta donde vivía su prometida, ya no me servían para nada más.
Miro a la chica. 
Sus ojos eran grandes y bellos.
Estaba seguro que una vez extraídos de sus cuencas, me mostrarían imágenes de lo más interesantes...

viernes, 27 de septiembre de 2013

El sonajero

Desmond Twitt era un empresario sin el menor de los escrúpulos. Ávido de crear ganancias, hacía y deshacía sus empresas en un abrir y cerrar de ojos. Poco le importaba si una de sus fábricas de componentes de vehículos le generaba beneficios aún a pesar de la crisis. Si surgía una oportunidad de trasladarla a un estado del tercer mundo, donde los obreros serían sometidos a extensos y agobiantes horarios sin descansos semanales, con un sueldo básico correspondiente a unos cincuenta dólares mensuales, no lo dudaba. Cerraba la fábrica y la creaba en el extranjero. Cuando heredó el pequeño imperio industrial de su padre Edeltore Twitt, tenía quince fábricas dispersas por los Estados Unidos. Ahora quedaban seis, mientras en el exterior tenía implantadas trece. La producción de automóviles, cuyos fabricantes principales eran abastecidos por los componentes de sus fábricas, habían reducido los pedidos por la menor venta en el período de la crisis financiera mundial, pero gracias a su intuición de ir trasladando Twitt´s Components por el continente africano y parte del asiático, estaba manteniendo una buena cifra de ingresos por ventas.
Aún así, Desmond Twitt no estaba conforme. Sus intenciones era la de cerrar a corto plazo las seis fábricas locales para reubicarlas entre Indonesia, Taiwán y algún país africano que tuviera gobernantes de lo más corruptos, donde casi ni habría que pagar a los empleados. Simplemente con darles su ración diaria y un catre, la producción en cadena no se detendría en las veinticuatro horas.
Su decisión de cerrar la fábrica de Nogales, en Arizona, fue tomada en la reunión quincenal del 12 de Agosto. Ya se había conseguido la aprobación por parte del ministro de industria albanés para su instalación en un polígono industrial de Tirana.
Las obras tardarían cuatro meses, al estar la nave ya edificada a medias por una anterior empresa que se había echado en el último momento para atrás.
En el mes de Noviembre, Desmond Twitt se trasladó en varias ocasiones a la fábrica de Nogales. Su intención era comunicar a los obreros el cierre de la fábrica para Diciembre, en plenas navidades. Quienes lo desearan, podrían continuar su labor en Tirana.
La ciudad de Nogales está ubicada lindando con la mexicana del estado de Sonora, llamada también Nogales. Al estar en la línea fronteriza, no era de extrañar que la mayoría de los obreros fuesen de origen mexicano.
Finalmente, el 23 de Diciembre, en el preludio del inicio de la Navidad, con todos los empleados congregados en la nave industrial, Desmond Twitt les hizo saber el cese de la producción de piezas y componentes del sector del automóvil en esa fábrica.
Las quejas fueron visibles. El desencanto, notorio. Desmond cedió la palabra al director de la planta de Nogales para que les informara de la manera en que iban a ser indemnizados en acorde a la antigüedad, además de la posibilidad de seguir trabajando para el grupo Twitt´s Components en Albania para quien se animase a ello.
Desmond Twitt se retiró al despacho del director, mientras este recibía el continuo abucheo por parte de los empleados, quienes le interrumpían constantemente sin apenas dejarle hablar.


Luis Reinaldo Renés ya era muy mayor para soportar sorpresas desagradables. De hecho, nunca había tenido una pizca de buen humor. De energía brusca, nunca aceptaba que alguien le jodiera la vida. En este caso, cuando aún le quedaban cinco años para jubilarse, el dueño de la fábrica les comunicaba el cierre en víspera de navidades.
“hijo de perra”.
Luis Reinaldo se dirigió a los vestuarios. A sus espaldas seguían las muestras de desaprobación de sus compañeros mientras el director trataba de calmarlos con argumentos vacíos de contenido y promesas de traslado a un país situado en dios sabía dónde, con un salario diez veces menor al que cobraban ahora, que de por sí tampoco era una cifra que te invitaba a bailar llevado por la alegría. Se trasladó por las taquillas hasta presentarse ante la suya. La número 117. Introdujo la llave en la cerradura y la abrió. Con decisión, rebuscó entre sus pertenencias, hasta encontrar lo que buscaba.


Desmond Twitt estaba sentado detrás de la mesa del director, observando la gráfica de pedidos para la primera quincena de Enero en la pantalla del ordenador portátil, cuando percibió por el rabillo del ojo izquierdo como la puerta del despacho era abierta. Pensando que se trataba de Fitzgimonds, se enderezó contra el respaldo de cuero negro de la silla.
Ante él estaba uno de los empleados de la fábrica. Lo sabía por el mono negro que llevaba por uniforme. De otra forma, la máscara enfurecida que le cubría el rostro y algo que portaba en la mano le hubiera hecho creer que se trataba de un chalado fugado de algún centro médico de salud mental.
- ¿Quién demonios es usted? ¿Y cómo se atreve a entrar sin permiso en este despacho?
- Señor Twitt. Oiga cómo suena el sonajero – le contestó el empleado enmascarado.
Desmond Twitt se fijó que la careta era un tipo de ornamento ritual indígena. Unos ojos enormes saltones, con una boca torcida que indicaba que estaba iracundo. Parecía hecha de piel  curtida de alguna clase de animal.
Entonces escuchó un sonido muy peculiar. Provenía de un extraño objeto que aquel sujeto sostenía entre los dedos de su mano derecha.
- Fíjese cómo suena el sonajero – repitió con voz maliciosa el empleado cuya identidad permanecía oculta detrás de la horrenda máscara.
- ¡Qué diablos! ¡Deje usted de hacer el tonto y márchese a trabajar! Que aún le quedan algunas horas de productividad antes de quedar desvinculado de la empresa.
El empleado agitó el objeto. El sonido era repetitivo. Constante.
- Mire cómo suena el sonajero.
Parecía estar hecho de arcilla. Con algo en su interior, como pepitas o pequeñas piedras que producían el ruido al ser agitado con brusquedad.
Desmond Twitt estaba harto. Se incorporó de pie desde detrás de la mesa del escritorio, dispuesto a sacarlo a empujones del despacho a aquel payaso si acaso fuese necesario.
Fue alzarse, y no poder moverse. Se quedó petrificado. Se esforzó por salir de su inmovilidad, pero no pudo.
- ¡Socorro! ¡Me he quedado paralítico! – chilló, fuera de sí.
No sentía su propio cuerpo. Pero tampoco perdía la estabilidad. Continuaba erguido. Paralizado en esa posición.
El sonajero continuaba sonando, con el empleado repitiendo una y otra vez las mismas palabras:
- Escuche cómo suena el sonajero.
Desmond Twitt notó un escozor procedente de los ojos. Sin poder hacer nada, empezó a lagrimear de manera intensa. Igualmente un picor surgía del interior de los oídos y de las fosas nasales. Cuando se dio cuenta, gritó aterrado. Estaba sangrando por los ojos, los oídos y la nariz. Al poco su grito quedó medio ahogado por la sangre que emergía de su boca hacia el exterior.
El ordenador portátil y luego la mesa quedó cubierta por la sangre que surgía de los orificios faciales de Desmond Twitt.
El empleado continuaba con su letanía.
- Oiga cómo suena el sonajero.
La sangre ya llegaba a empapar la alfombra del suelo del despacho. Desmond ya no podía articular ninguna palabra. Sólo barbotaba sonidos ininteligibles al estar manando constantemente sangre procedente de su garganta hacia el exterior. Sintió la ropa interior húmeda y pegajosa. También estaba desangrándose por el recto.
El sonajero era sacudido por la mano diestra del empleado con más vigor, sin decaer en la insistencia, hasta que finalmente, Desmond Twitt perdió por fin su verticalidad, desplomándose sobre la alfombra, rodeado de su propia sangre. Una sangre que representaba toda la que podía circular dentro del organismo de una persona, pues había sido expulsada hasta la última gota.
Luis Reinaldo dejó de agitar el sonajero. Se quitó la máscara, y con rostro serio, abandonó la estancia.
Su venganza había sido consumada.
Si él perdía su puesto de trabajo, qué menos que el causante directo del cierre de la fábrica, Desmond Twitt, a la sazón propietario de la misma, perdiera su vida miserable.

martes, 17 de septiembre de 2013

El cliente inquieto

             

 Cleo Martin ejercía su fatigoso trabajo como camarero con buen empeño y con una paciencia superior a la recomendable. Debido a ello, su listón para la irritación lo tenía tan alto que ni midiendo la altura de Shaquille O´neal llegaría a poder rozarlo con la punta de los dedos ni aún estando de puntillas encima de un tomo de la enciclopedia americana.
                Una buena mañana llegó un hombre de edad mediana, delgado, con bigote de otra época pasada más propio de los años treinta del siglo XX. Se sentó en la terraza aún a pesar de que estuviera nublado y con riesgo de lluvia. Cleo Martin salió dispuesto en atenderle al instante. Eran las nueve de la mañana y aquel era el primer cliente en el orden de solicitar la atención del camarero de la cafetería. Cleo se situó a su lado ofreciendo la mejor de las sonrisas.
                - Buenos días, caballero.
                Aquel hombre permaneció mirando lo que ocurría en alguna parte al otro lado de la calle. Se rascó la coronilla y soltó una risita.
                - Ji, ji. Qué bien. Nos atiende este negrito. Debe de pertenecer a una tribu africana de lo más belicosa.
                Cleo se quedó mudo por el sarcasmo lleno de racismo.
                - ¿Decía? – dijo para intentar salir de su asombro.
                El hombre se volvió, con el mentón apoyado sobre la palma de una mano. Miró de arriba abajo al camarero con enorme curiosidad. Enseñó los dientes.
                - Diantres. Qué tenemos aquí. Un empleado de hostelería, ja, ja.
                Cleo sonrió forzadamente, olvidando la grosería inicial del cliente.
                - Tengo que indicarle, señor, que si le sirvo en la terraza, se le añadirá a la cuenta un dólar y medio por servicio en la misma. Es por si prefiere entrar en el local, donde dicho servicio especial no existe.
                El hombre se atusó el bigotillo.
                - Qué lástima que no sea atendido por una buena chica de lo más agradable – comentó, adoptando su rostro un visible desprecio por el género varonil del camarero.
                - Ya lo siento, caballero, pero en esta cafetería todo el personal es masculino.
                - No seréis misóginos, machistas o mariquitas, ja. A lo mejor sois las tres cosas a la vez.
                - En absoluto, señor.
                - Vale, vale. Olvidémoslo – siguió el hombre del bigote con voz chillona. – Traiga algo para despejar mi mente endemoniada, ja. Que sea lo más dulce posible.
                - ¿Le apetece un chocolate con leche cremosa?
                - Si. Y bien recubierto con nata montada. ¡Y si tienen una cereza, mucho mejor! Para colocarla sobre la nata, eh, no para que te la comas, que por cierto, te sobran unos cuantos michelines, ja.
                - Muy bien, señor.
                Cuando Cleo se daba la vuelta, le llegó la voz del cliente. Este empleó un tono lastimoso y de urgencia, que le llegó en un susurro al oído.
                - Por favor. Necesito su ayuda. Llevo sufriendo mucho durante semanas. No me deja en paz. Sabe que detesto los dulces. Es más, soy diabético.
                Cleo se volvió, encontrándose con el semblante arrogante del hombre del bigote.
                - ¡Venga, muchacho! – le urgió. - ¡Tráeme el puñetero chocolate! ¡Tengo ganas de reventar de satisfacción saboreándolo y acumulando a la vez un montón de calorías de sopetón!
                Golpeó con el puño derecho sobre la mesita de la terraza.
                Cleo entró en el local y fue preparando el chocolate con leche cremosa.
                Conforme lo hacía, se le acercó el dueño de la cafetería. Le señaló al cliente de la terraza.
                - Es un tío bastante raro, ¿no?
                - Bueno. Me parece que está medio majareta. Cambia las voces y hace como si tuviera más de una personalidad a la vez.
                - Si te da problemas, me avisas y llamo a la policía.
                - Espero que no. Creo que es una persona más de las muchas chifladas que andan libres por las calles de la ciudad. Se tomará el chocolate y se irá sin más.
                - Vale, pero te reitero que si te crea problemas, me lo hagas saber, Cleo.
                - Como no, jefe.
                A través del escaparate podían observar cómo el extraño cliente estaba ahora de pie, pateando el suelo con fuerza. De vez en cuando giraba el cuello hacia el interior de la cafetería, buscando con una mirada desesperada alguien que le hiciera caso.
                - Está para que lo encierren, Cleo.
                - Bueno, a ver si se calma con el chocolate.
                - Aparte de tranquilizarse, habrá que esperar que también pueda asumir el pago del mismo.
                Cleo se encogió de hombros ante su jefe y se dirigió hacia la terraza con el chocolate.
                - Aquí tiene su chocolate. Espero que lo disfrute – le dijo conforme lo depositaba sobre la mesita.
                El hombre del bigote estaba nuevamente sentado. Miró la taza de chocolate decorada con la nata y la cereza coronándola. Torció el gesto espantosamente, se puso de pie, tirando la silla sobre las losetas de la acera donde estaba emplazada la terraza y se golpeó el pecho con furia. Miró al camarero con los ojos fuera de sí.
                - ¡Idiota! ¡No puedo tomarme esto! ¡Soy diabético, le digo!
                - Oiga. Usted pidió el chocolate. No se ponga a malas, o llamamos a la policía.
                El hombre se detuvo en su histeria. Miró la taza ahora con rostro desolado. Luego hizo lo propio  con Cleo.
                Sorpresivamente para este último, el hombre se posó sobre sus rodillas, adoptando gesto suplicante.
                - Le ruego que me ayude. ¡La necesito! Estoy dominado por algo desde hace tres semanas. Controla mi cuerpo y mi mente. Asume diversas personalidades. No sé qué hacer para volver a la normalidad.
                Cleo estaba a punto de marcharse hacia el interior de la cafetería, ciertamente preocupado por el estado mental del cliente.
                - Bueno, caballero. Tómese el chocolate. Es gratis. Cuenta de la casa. Y luego márchese, por favor.
                - ¡NO ME GUSTA EL CHOCOLATE, NEGRO DE LOS COJONES! ¡TÓMATELO TÚ! – le gritó el hombre del bigote, erguido del todo, con un rostro agresivo y de locura.
                Cleo se marchó corriendo al interior de la cafetería, mientras el cliente perturbado arrojaba la taza del chocolate contra el cristal del escaparate.
                - Ya estoy llamando a la policía – le advirtió su jefe nada más verle entrar. - ¡Cierra la puerta! Y pon el cerrojo por si acaso. Los clientes que quieran salir, serán acompañados por la puerta de emergencia. Mientras ese loco esté ahí fuera, es preferible que nadie corra ningún riesgo saliendo por ahí.
                Cleo retrocedió para asegurar la entrada al local. Entonces, desde el cristal de la puerta comprobó con evidente asombro que el hombre del bigote, que era físicamente muy endeble, había conseguido de alguna manera hacerse con la tapa de alcantarilla que había cerca de la terraza y estaba cogiendo impulso para lanzarla contra el escaparate.
                Cerró la puerta, indicando de inmediato a los pocos clientes sentados cerca del escaparate frontal que abandonaran su sitio para protegerse del impacto.
                La tapa de alcantarilla alcanzó de lleno la luna del escaparate, destrozándola por el centro dejando puntas afiladas y cortantes de lo más peligroso partiendo desde el marco hacia el interior. Desde la terraza el hombre enloquecido saltaba y brincaba, gritando sin cesar.
                - ¡Eres un debilucho, Lewis! ¡UN PUÑETERO LLORICA DIABÉTICO! ¡YA NO ME SIRVES NI COMO MERO PASATIEMPO! – decía, echando espumarajos por la boca.
                Su vista se trasladó por el interior de la cafetería. Parecía fijarse de nuevo en Cleo. Fueron unos breves instantes.
                Repentinamente, miró hacia el suelo, y dando tres zancadas, se arrojó de cabeza por la abertura de la alcantarilla.
                Los clientes y los empleados de la cafetería vivieron esa escena aterrorizados.
                - ¡Ese hombre se ha matado! ¡Se ha quitado la vida!
                Justo en ese momento llegó una unidad de la policía. Los curiosos, además de la clientela del local y los empleados se apiñaban cerca de la alcantarilla. Uno de los agentes les rogaba que se mantuvieran dos metros apartados del escenario del incidente.
                El otro policía estaba atisbando con una linterna hacia el fondo de la entrada a la alcantarilla. Señaló negativamente con la cabeza.
                - Ahí lo veo. Está con la cabeza reventada. Más tieso que el cemento. Hay que llamar al forense, además de la ambulancia.
                Cleo, al igual que el resto de la gente interesada en el triste suceso, pudo escuchar por parte de uno de los agentes que el hombre estaba muerto.
                - Por favor. Les ruego que se dispersen. El hombre se ha suicidado. Ya nada se puede hacer por él. Así que vuelvan a sus ocupaciones.
                El dueño de la cafetería se puso a examinar el destrozo de la luna del escaparate. Cuando entraba Cleo, le pidió que trajera un martillo para destrozar las puntas que eran un peligro notorio.
                Cleo no se movió de donde estaba. Simplemente se estaba sacando un moco de la nariz. Algo inhabitual en las buenas maneras del camarero.
                - ¿No me has oído, Cleo? Necesito un martillo para quitar los restos de cristal del marco, mientras encargo una luna nueva.
                Su empleado se le quedó mirando con cierta fijeza. Sonrió sin gracia.
                - Oye, blanquito, ¿por qué no retiras los trozos que te quedan con los dientes? – le dijo con una voz ajena a la personalidad de Cleo, chillona y fuera de sí.

jueves, 1 de agosto de 2013

La prueba del afecto

A continuación reedito uno de los relatos más exitosos en Escritos de Pesadilla durante su primera edición en el blog. 

Una persona enferma y cruel…
- ¡Noo! ¿Qué pretende hacerme?
La angustia de sus víctimas…
El sufrimiento.
El dolor.
La tortura.
La lucha por la supervivencia.
- Tengo que desfigurarte por completo. Hacerte irreconocible. De esta manera serás sometido a la prueba final del afecto. Si la superas, vivirás y retornarás con tus seres queridos.
“Si sale fallida, yo mismo te quitaré la vida, porque una vez seas rechazado, no aportarías nada a la humanidad nuestra tan perfeccionista.
Semanas y meses de seguimiento de cada futura víctima. Siempre la persona elegida era el novio o el marido. A ser posible sin hijos.
En el instante más propicio, llegaba el secuestro.
Su confinamiento durante semanas en su calabozo secreto.
- ¡Por amor de Dios! ¡Libéreme de esta penitencia!


Se consideraba un genio en transformar el aspecto físico externo de las personas. No era ningún cirujano plástico. Pero bien pensado, los médicos nazis no tenían bases científicas sólidas en sus crueles experimentos con seres humanos durante el holocausto de la segunda guerra mundial.
Su mentalidad era fría y certera. Empleaba con precisión el escalpelo y demás instrumentos quirúrgicos para sajar y deteriorar la piel de sus víctimas. También se servía de ácidos, de agua y aceite hirviendo.
Su presión psicológica sobre sus particulares cobayas era extrema. Les ponía a veces música altisonante las veinticuatro horas del día. La comida que les proporcionaba era escasa y magra, con el fin de ocasionar una pérdida de peso, falta de nutrientes, vitaminas, minerales y proteínas esenciales que ocasionaban la caída incipiente del cabello y las uñas.
Los ruegos de cada hombre torturado eran continuos. Sus gritos y aullidos eran tan tremendos conforme les infligía el castigo corporal que le hacían de tener que operar con tapones para los oídos.
El tiempo se eternizaba. Siempre permanecía atento a cuanto se emitiese por los noticiarios de la televisión y la radio, se informara en la prensa escrita y por las webs oficiales periodísticas de internet.
A veces se precisaba el reconocimiento público de la ausencia o desaparición de alguna de las víctimas. Otras veces se obviaba por causas desconocidas.
Lo que ignoraban los familiares de las personas desaparecidas era que, aparte de ejercer los cambios externos en la anatomía de estas, continuaba un seguimiento casi a diario de las novias y esposas.
Conseguida la información precisa, se la transmitía al prometido, amante o marido.
- Te sigue echando de menos. Está claro que será difícil que te olvide.
- Maldito… Pagarás por esto… Por todo lo que me estás haciendo…
- Te queda poco tiempo ya para afrontar la prueba. Deberías de estar ansioso por la cercanía de esa fecha, donde se demostrará que Eloísa te seguirá queriendo aún a pesar de tu aspecto.
Cerraba la puerta de acero a cal y canto.
La prueba del afecto.
La proporción entre el éxito y el fracaso de la misma se inclinaba manifiestamente por lo segundo.
Donald. Reginald. Samuel. Ethan.
Todos fueron incapaces de superarla.
¿Acaso lo lograría Eddie Williams?
Su joven esposa lo adoraba. Suspiraba por él.
Ahora esta estaba sumida en una profunda depresión desde que Eddie desapareciera hacía casi dos meses. La policía dio por archivado el caso, haciéndole ver que su marido se había marchado por iniciativa propia, motivado por las deudas de su empresa de hosting de páginas webs.
Conocedor de que Eloísa permanecía encerrada en su propia casa, dejándose marchitar por la inmensa pena que la afligía, no tuvo la menor duda de que ese sería el escenario ideal para llevar a cabo la prueba del afecto.
Con el táser inmovilizó a Eddie. Cuando este despertó, estaba sentado al lado de su captor, quien conducía el furgón.
- Vamos camino a casa, Eddie. Vas a ver a Eloísa. Y estoy seguro que aún a pesar de todo, ella te reconocerá  fácilmente.
- Eso espero…- dijo en un hilo de voz ronco Eddie.
Sumiso. A merced suya.
A eso conduce el deterioro de la mente tras un continuado daño físico y psicológico.


Eloísa estaba sumida por el efecto adormecedor del prozac entre las sábanas de su cama.
Percibió el sonido del timbre de la puerta. En un principio no le prestó gran atención. Ante la persistencia, se incorporó, recorriendo el camino hasta la entrada con paso cansino.
Quiso mirar por la mirilla, pero la persona que llamaba estaba situada fuera del alcance de la lente  de aumento.
En ese instante de inseguridad ante qué hacer, si abrir o no, una voz maltrecha y grave la llamó por su nombre de pila.
- Eloísa. Soy yo. Eddie. Por fin he regresado.
¡Eddie! Era su marido. ¡Estaba vivo!
Pero ese tono de voz no se correspondía con el de su marido.
Sin quitar la cadena, abrió la puerta hasta el límite permitido.
- Eddie. Si eres tú, muéstrate, y te abriré al instante. No sabes cuánto te he echado de menos.
Eloísa estaba anhelante. Impaciente por quitar la cadena. De abrir la puerta del todo para arrojarse en los brazos amorosos de su Eddie…
Sus expectativas de esperanza cumplida se desvanecieron al asomarse en el hueco de la puerta con el quicio un rostro esquelético y horrendo, surcado de profundas cicatrices. Llevaba puesta la capucha de una sucia sudadera deportiva para ocultar su calvicie extrema.
- Mi Eloísa. Déjame pasar. Estoy extenuado y necesito cuidados médicos urgentemente.
¡Tú no eres Eddie!
Aquella boca que le hablaba tenía los labios resecos y partidos, carecía de dentadura y supuraba por las encías sangrantes grumos de tono escarlata.
Era irreconocible. Su marido pesaba ochenta y cinco kilos. La criatura demencial presente en el quicio no llegaría ni a los cincuenta.
Eloísa estaba desquiciada por la presencia. Cerró la puerta de golpe y se apresuró a correr hacia el teléfono para alertar a la policía de la amenaza de un desconocido que la estaba acosando.
- Eloísa. Soy yo. No me hagas esto…
La voz de Eddie era llorosa.
Una mano se aferró a su hombro derecho.
Eddie se volvió para encontrarse con su captor.
- No has superado la prueba del afecto, Eddie. Ella no te ha reconocido.
Eddie no tenía fuerzas para resistirse. Lo acompañó hasta la furgoneta, desapareciendo de la vida de su mujer para siempre.


Un nuevo fracaso.
Tanto esfuerzo dedicado en la transformación de la víctima para nada.
La chispa del amor que debía de haber quedado entre marido y mujer no prendió al no reconocer Eloísa al monstruoso ser que la visitó como la identidad verdadera de Eddie Williams.
Eddie estaba colocado de rodillas sobre bolsas de plásticos esparcidos por el suelo de su celda.
De pie, detrás de él, estaba su creador.
Este mantenía la boca del cañón de la pistola apretada contra su nuca.
- Siento que no hayas superado la prueba, Eddie.
No le contestó. Ni rogó ya por su vida.
Todo era llanto entre gimoteos de pura desilusión.
Aquel disparo certero iba a rematar su terrible e infame calvario.
El dedo índice apretó el gatillo.
Un fogonazo y el estallido de la bala.
Seguido de un cerebro destrozado.
Un cuerpo que se derrumba, inerte.
Más tarde recogió el cadáver y limpió la estancia.
Llegada la noche se deshizo del quinto ejemplar que tampoco había superado la prueba del afecto.