miércoles, 17 de junio de 2015

Inductores de la maldad

Aquellas dos figuras se mostraron ante los habitantes de aquella localidad en semejanza física a ellos.
Desde el primer momento, murmuraciones sin sentido surgieron conforme intentaban implicarse en la vida diaria del lugar elegido por un designio superior a sus verdaderos anhelos de antaño.
Ambos fueron estigmatizados por los lugareños. Las burlas soterradas dejaron de ser tan evidentes hasta resurgir con breve pero infausta brutalidad.
Una noche, cuando estos dos seres se hallaban en un intervalo distendido en un local de ocio, donde se prodigaba la bebida, el juego y la lascivia, tratando de asumir como la raza humana volvía a tropezar en la misma piedra un millar de veces, siglo tras siglo de existencia, sin esforzarse en enderezar su rumbo desorientado por la estela de la  estrella equivocada y moribunda de una enana blanca, fueron apuntados por los cañones de diversos revólveres.
Forzados a salir del salón, iluminados por antorchas, aquellos hombres despiadados armados hasta los dientes les conminaron por la fuerza a desprenderse de sus ropas. Vieron como un enorme puchero de alquitrán había sido retirado del fuego de una hoguera formada en el centro de la calle principal del pueblo. Frases soeces, risas procaces, surgieron de las gargantas ebrias conforme inmovilizaron a los dos recién llegados con recias cuerdas alrededor de las muñecas y los tobillos. Acallaron las posibles súplicas de la pareja con trapos sucios humedecidos en rancio vinagre a modo de mordaza. Sin mayor dilación, con los dos cuerpos tendidos sobre el polvoriento suelo, los fueron cubriendo con el alquitrán, embardunando su piel hasta conseguir ennegrecer sus anatomías por completo. Carcajadas insanas, deseos infames, insultos improcedentes llegados de la inmensa mayoría de los residentes del pueblo se fueron diseminando en las cercanías de los dos infortunados. No solo los brutos formaban parte del salvajismo primigenio inherente a la conciencia humana. También se sumaban las mujeres, los niños, los ancianos...
Sin duda, tiempos difíciles en esa tierra de promisión que debiera de ser bendita por su juventud, pero cuyos colonizadores estaban mancillándola con su condición de usurpadores sin escrúpulos, arrebatándosela a las ancestrales tribus nativas amerindias, esquilmando sus riquezas y exterminando su medio de alimentación más natural como lo era la de su sagrada caza de bisontes.
Asentamientos creados desde la nada por el hombre blanco como ese insignificante pueblo, donde se estaba acometiendo una horrible tortura en contra de los dos forasteros de procedencia desconocida.
Al amparo de la displicencia de la máxima autoridad defensora de la supuesta aplicación de la ley, la turba recubrió los cuerpos doloridos, maltrechos y humillados con plumas de gallina. Satisfechos con la lección dada a sendos infelices, quien nadie había invitado a formar parte de la comunidad, montaron sus cuerpos en una carreta, decididos a llevarlos a una distancia considerable para dejarles claro el mensaje que su presencia allí no era grata.
La carreta fue alejándose entre los vítores de la gran mayoría.
Acabada la diversión, el grupo se disgregó.
Los restos de la hoguera fueron perdiendo viveza e intensidad, hasta sumir la calle en la penumbra inherente a la noche avanzada.
Los rescoldos chispearon. Una ráfaga de aire disipó el humo.
En la lejanía emergió un estruendoso trueno.
El horizonte estaba despejado, con ausencia de cualquier contorno volátil en forma de nube que pudiera implicar la llegada de una repentina tormenta.
Aún así, decenas de rayos iluminaron el cielo con intermitencia.
Poco más tarde de su partida, no se habría superado ni la media hora, la carreta retornó. Llegó sin conductor, con el caballo desbocado y nervioso. El alboroto que armó consiguió que varios de los vaqueros presentes en la taberna salieran al porche. El animal recorrió la calle del pueblo hasta finalmente detenerse, cayendo fulminado. Sus relinchos finales helaron la sangre de quienes pudieron presenciar su muerte.
Llevados por la intriga y la curiosidad, una buena representación de la localidad rodeó el carro. En el interior del cuerpo de la carga figuraba un cadáver despedazado, con las entrañas extraídas y dispuestas sobre las tablas de la carreta. Los restos de la ropa desgarrada pertenecían al voluntario que había insistido en conducir la carreta hasta unas treinta millas de distancia, donde dejaría abandonados los cuerpos emplumados de los dos forasteros.
El nerviosismo se asentó entre los habitantes de la pequeña población.
En la bóveda celeste un trueno destacó sonoramente, hasta resultar ensordecedor para sus simples oídos.
En ese instante, uno de los ayudantes del comisario advirtió a los presentes de la aproximación de la silueta de dos personas hacia la entrada sur del pueblo.
Todos concentraron su mirada en la llegada de las figuras.
La no muy distante lejanía era acortada, tanto por sus pasos, que eran firmes, como por sus zancadas, que eran largas.
Con horror se pudo comprobar que eran los dos forasteros torturados y humillados por el castigo del alquitrán y de las plumas.
Una voz ronca y desafiante llegó procedente desde los labios de uno de ellos.
- Sois obra de un ser supremo. Fuisteis creados por sus manos. Desgraciadamente, proseguís en el empeño de contradecirle. Esta persistencia vuestra nos favorece. Os habéis demostrado, como seres descarriados que sois, que os corresponde ocupar un sitio destacado en el Abismo.
En aquel momento, los dos desconocidos se mostraron como Representantes Celestiales Caídos. Dos emisarios enviados en búsqueda de Almas Condenadas al Castigo Eterno.
Al alcanzar el centro del pueblo, las plumas que los cubrían se disolvieron y la capa de alquitrán que los envolvía se escurrió hasta desaparecer en el polvo del camino. Sus ojos abultados enfurecidos y llameantes fueron carbonizando a las personas más cercanas. Sus lenguas enormes viperinas diseminaron gotas de ácido sobre el siguiente grupo. Los hombres armados se resguardaron detrás de barriles, carretas, columnas de los porches, en el interior de la taberna, disparando sin parar a los cuerpos de esos dos seres demoníacos.
Las entidades infernales rieron con agrado. Las balas rebotaban en sus pechos acorazados recubiertos de pinchos. De la nada hicieron surgir lanzas y flechas flamígeras, apuntando con pleno acierto en quienes intentaban detener su marcha.
Llegado este punto, las dos figuras eran dos colosos ígneos. La fuerza de sus pisadas hizo temblar la tierra. Las débiles estructuras de las casas y resto de edificios colapsaron, sepultando a quienes se habían mantenido refugiados bajo sus techos.
Los embajadores de Lucifer  incrementaban su poderío con cada muerte. De cada fallecido la esencia incorpórea de su alma fue engullida por las fauces de los demonios.
No se tuvo piedad con ninguno de los habitantes de la nefanda población.
Varones, mujeres, ancianos, niños, inválidos.
Todos fueron masacrados en pocos minutos, el pueblo fue arrasado y borrado del mapa.
Cuando cumplieron con su cometido, se alejaron de las ruinas de lo que había sido un simple tosco esbozo de la brillante Gomorra antes de haber recibido el castigo divino por sus innumerables pecados.

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